5 de abril de 1976. Hace 50 años que 29 presos se largaron de una cárcel por las cloacas. Y lo gordo no es que se fueran, sino cómo se fueron.
Vamos a ver si nos situamos. España, abril de 1976. Franco llevaba muerto cinco meses, el país estaba en ese limbo raro entre la dictadura y lo que fuera que viniese después, y en la cárcel de Segovia había 53 presos políticos hacinados con ganas de irse a casa. De esos 53, 29 decidieron que no iban a esperar a que ningún político les abriera la puerta. Se la abrieron ellos. Por las alcantarillas. Literalmente, por donde van las aguas fecales. Que luego hay quien romantiza las fugas de prisión.
El primer intento: cuando un topo lo arruina todo
Porque esta historia no empieza el 5 de abril de 1976. Empieza un año antes, en 1975, cuando los presos ya tenían un plan de fuga preparado con sus planos, sus fotos del alcantarillado y todo listo para salir zumbando. El problema fue que entre la gente de fuera que colaboraba con la organización había un tipo llamado Mikel Lejarza, alias “El Lobo”, que resultó ser un infiltrado de los servicios secretos españoles. Ahí es nada.
El Lobo, que se las daba de militante comprometido mientras pasaba información al SECED —los servicios de inteligencia de la época—, entregó los planos de la fuga a la policía. Resultado: primer túnel descubierto, plan abortado y un buen susto. A uno de los miembros del comando exterior de apoyo, Josu Mujika, de 24 años, lo mataron a tiros por la espalda en una calle de Madrid mientras intentaba huir de la policía que los había localizado gracias a la información del Lobo.
Pero aquí viene lo bueno: los presos no se vinieron abajo. Al contrario. Mientras las autoridades tapaban el túnel descubierto, unos operarios de Telefónica entraron en la cárcel a instalar tubos nuevos. Y los presos, que tenían más vista que un águila, pensaron: “Pues si por las duchas no, por los lavabos.” Y vuelta a empezar.
Seis meses cavando (y disimulando como campeones)
El segundo túnel se empezó a excavar en otoño de 1975, aprovechando que los lavabos tenían una doble pared muy oportuna. La entrada se tapaba con una pieza hecha de baldosas que imitaba el suelo. Si no sabías que estaba ahí, no la veías ni buscándola con lupa.
Ahora imagínate la escena: decenas de presos turnándose para picar, sacar tierra, hacer ruido para disimular los golpes… Un preso arreglaba una banqueta a martillazos —casualmente siempre que alguien estaba picando al otro lado de la pared— y los funcionarios se quedaban tan tranquilos. Una vez, un funcionario empezó a sospechar y mandó un recuento una hora antes de lo normal. Todos corrieron a sus puestos y no faltaba nadie. Eso sí, a uno de los excavadores se le olvidó lavarse las manos y tuvo que esconderlas durante todo el recuento para que no vieran que las tenía negras de tierra. Thriller puro.
Para el 27 de febrero de 1976 el túnel estaba terminado. Varios presos hicieron el recorrido completo, salieron al exterior para comprobar que funcionaba y volvieron tranquilamente a sus celdas. A ver quién tiene esa sangre fría.
El día D: 5 de abril de 1976
Ahora viene el despliegue logístico. Desde fuera, ETA político-militar organizó un comando de apoyo formado por cuatro personas. En Madrid, dos etarras contrataron a un transportista en el mercado de Legazpi para que los llevara a Segovia con la excusa de recoger unos muebles. Por el camino recogieron a un “compañero de trabajo” que llevaba unas bolsas sospechosas. El transportista no tardó en enterarse de que aquello no eran muebles cuando le apuntaron con una pistola y le explicaron amablemente que iba a colaborar quisiera o no.
Dentro de la cárcel, los presos recibieron instrucciones claras: ropa limpia pero fina, que iba a haber que arrastrarse por las cloacas y de poco servía ir elegante. El plan era salir en grupos de cinco. Uno de ellos botaría un balón en el patio como señal de que no había peligro.
Y así, después de comer, 29 presos se colaron por el agujero de los lavabos, reptaron por el túnel hasta el colector de aguas fecales y recorrieron unos 800 metros por las entrañas de Segovia hasta salir al polígono El Cerro donde los esperaba el camión con doble fondo.
Dentro del penal quedaron los otros 24 presos políticos haciendo como que no pasaba nada. Que el recuento cuadrara. Que nadie notara que faltaba más de la mitad de la población reclusa. Una actuación digna de un Oscar.
La chapuza de la frontera (porque algo tenía que salir mal)
Si la fuga dentro de la cárcel fue un reloj suizo, lo de fuera fue borroka. El camión llegó de noche a Aurizberri, en Navarra, ya cerca de la frontera francesa. Llovía, había niebla espesa y los fugados apenas llevaban ropa. El contacto que debía guiarlos hasta Francia, el mugalari, malinterpretó la contraseña y no apareció. Así que 29 personas recién salidas de la cárcel, empapadas, muertas de frío y oliendo a alcantarilla, se quedaron tiradas en medio de un monte navarro sin saber hacia dónde ir.
La consigna fue épica en su sencillez: “Subir hacia arriba.” El pueblo más cercano al otro lado de la frontera estaba a 15 kilómetros en línea recta. De noche, con niebla, sin mapa y sin guía.
La Guardia Civil no tardó en localizarlos. Empezaron los disparos. El grupo se dispersó en la oscuridad. En el bosque de Sorogain, Oriol Solé Sugranyes —un preso catalán del MIL que se había unido a la fuga apenas horas antes de que se ejecutara— cayó muerto por los disparos de la Guardia Civil. Tenía una condena larguísima y su única obsesión era escapar. No lo logró.
De los 29, a 24 los pillaron en las horas siguientes. Un grupo de 21, al ver que la cosa se ponía fea, decidió bajar al pueblo, tirar las armas y entregarse.
Los cuatro magníficos (y la isla de la que también se fugaron)
Pero cuatro consiguieron lo imposible. Carles García Solé, Mikel Laskurain, Koldo Aizpurua y Jesús María Muñoa se escondieron en un chalet vacío de una urbanización de fin de semana cerca de Aurizberri. Estuvieron allí una semana entera, comiéndose todo lo que había en la despensa. Cuando llegó el hijo del dueño a pasar unos días, se lo encontró todo patas arriba y a cuatro desconocidos dentro. Los fugados lo ataron, pero con cuidado —que pudiera desatarse solo—, le dejaron 30.000 pesetas por las molestias y la comida, y se largaron con su coche hasta Pamplona. De allí, a Francia.
Se presentaron en la Oficina para la Protección de Refugiados y Apátridas de París. Pero el gobierno francés, que tampoco quería líos con España, los confinó en la isla de Yeu, en el Atlántico. ¿Y qué hicieron? Pues fugarse otra vez. El 9 de junio de 1976, apenas dos meses después, se escaparon también de allí. Porque cuando uno le coge el gusto a fugarse, ya no para.
No regresaron a España hasta que se decretó la amnistía de 1977.
Le Monde y La gran evasión
La fuga dio la vuelta al mundo. El diario francés Le Monde la publicó en portada con un titular cinematográfico: «La Grande Évasion», el mismo nombre que la mítica película de Steve McQueen. Y no era para menos: la mayor fuga de una prisión española desde la Guerra Civil, ejecutada con un túnel excavado a mano durante meses bajo las narices de los funcionarios.
Para el régimen fue una bofetada de las que escuecen. Franco llevaba muerto cinco meses y su aparato represivo no fue capaz de evitar que 29 presos se esfumaran por las cloacas.
La película: cuando los fugados se interpretan a sí mismos
En 1981, Imanol Uribe rodó La fuga de Segovia, basada en el libro Operación Poncho de Ángel Amigo, que era uno de los fugados y que en la película ejerció de productor y coguionista. Varios de los participantes en la fuga real actuaron en el rodaje. Patxi Bisquert, que había sido uno de los organizadores de la evasión, descubrió que se le daba bien eso de actuar y acabó siendo actor profesional. Imanol Gaztelumendi, otro exmilitante, se dedicó a discutir con el equipo de producción si las gorras de los guardias civiles que aparecían en la película eran del modelo correcto, porque en esos años habían cambiado de diseño. Los uniformes, por cierto, eran auténticos: los había prestado la propia Guardia Civil con el permiso del ministro del Interior, Juan José Rosón. Surrealismo español en estado puro.
La película se rodó en un colegio de Escolapios de Tolosa transformado en cárcel. La recreación fue tan precisa que Ángel Amigo contaría después que parecía que habían vuelto a la prisión de verdad. Y el día que pidieron el permiso de rodaje resultó ser el 23 de febrero de 1981, la mañana del golpe de Estado de Tejero. Como para no creer en las casualidades.
El resultado: la película arrasó en Euskadi, superando en taquilla a Superman y La guerra de las galaxias, y ganó el Premio de la Crítica Internacional en el Festival de San Sebastián.
Medio siglo después
Cincuenta años dan para mucha perspectiva. La fuga de Segovia fue muchas cosas a la vez: una operación meticulosa, una chapuza monumental en su tramo final, una tragedia etarra con la muerte de Oriol Solé, un espectáculo de ingenio carcelario y un episodio que dejó en evidencia a un sistema que se desmoronaba. Fue la historia de 29 personas que decidieron que la libertad se la iban a buscar ellos, aunque fuera reptando entre su propia mierda. Y si algo demuestra esta historia es que la realidad, cuando se pone, supera con creces a cualquier película de Hollywood. Aunque en este caso era un camión con doble fondo que olía a lo que olía.












5 abril, 2026
Patxi Bisquert, protagonista de “Tasio”. Gran película.
Interesantes los detalles de la fuga. Gracias por escribir el artículo.