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Una valla que no se cruzó

Le puede parecer que soy recalcitrante. Y tiene razón, que ando siempre cabreado por el concepto “información” de las administraciones locales, así en general, por no profundizar ahora, que me voy del tema.

Tras encontrarse los restos que los familiares consideran probado que son de Fernando París, aunque aún falta certificado del juez, me picaba este miércoles la curiosidad por ver qué respuesta podría ofrecer la subdelegada, Pilar Sanz, ante la pregunta simple, sin malicia, curiosona: “¿Cómo es posible que se le pasara por alto al personal que el hombre que buscaban estaba prácticamente junto al patín del helicóptero?”.

Bueno, pues resulta que la representante del Gobierno en Segovia no estaba por la labor de hacer valoraciones. Qué ya si eso cuando el forense confirme… (dicen que la cosa puede prolongarse dos o tres semanas).

Pues qué bien. ¿Ve lo que le decía? Recuerdo aquellos días de junio en los que no rehuía un solo micrófono para recitar la retahíla de efectivos, perros y máquinas que peinaban el campo —la zona acotada no era demasiado extensa— todos muy coordinados desde su despacho de la plaza del Seminario.

Espere, que le refresco la memoria basándome en una publicitada reunión: La Brigada de Seguridad Ciudadana, Policía Nacional, Guardia Civil, Policía Local, Protección Civil de la subdelegación y de la Junta, la Secretaría General y el Servicio de Medio Ambiente de la Delegación Territorial de la Junta y agentes medioambientales de la Administración autonómica además de requerir los perros de la Unidad Militar de Emergencias (UME) y de la Unidad Canina de la Guardia Civil de Zamora…

Lo cierto es que en aquel momento, la vistosa puesta en escena causó el efecto deseado de que se estaba dando una respuesta eficaz a un problema concreto. No nos engañemos, que además, los ciudadanos pedíamos eso, por lo menos, y asistimos entre curiosos y circunspectos al trasiego en los campos.

Fíjese, tanto fue así que el hecho de no encontrar al hombre tras muchos días de búsqueda quedó adscrito exclusivamente a “la mala suerte” y tanto que, nadie, en ningún momento, preguntó por los costes de semejante operación, que los hubo.

Claro, que con la perspectiva que dan los casi siete meses que han pasado y concluyendo que para encontrar los restos del malogrado “Pichón” bastaba una pelota, unos chavales y la casualidad, pues me pica la curiosidad por saber si alguien es responsable —busco algo de honestidad, sólo eso— de que no se encontrara el cuerpo que se buscaba cuando éste estaba en la trasera del “cuartel general” de los buscadores y por qué no, las cifras del fallido operativo. Perseveraré en el intento, que soy inquieto.

Mientras, sin lograrlo, trato de ponerme en la piel de la familia del hombre, aliviados sin duda todos sus miembros por poder poner fin a la extenuante búsqueda, primero, y la tensa espera, después, pero temo que también contrariados por el frustrante desenlace. Estaba ahí, al lado de todos, desde el primer día.

La versión oficial que repetía un emocionado Roberto París sobre el hecho de que no se hubiera entrado a buscar a su padre en la finca de la trasera de Lago por “ser una zona vallada”  no termina de ser convincente.

Al menos, no del todo. Cualquiera que se asomara aquellos días a la zona pudo ver en multitud de ocasiones a los agentes saltar vallas y alambradas durante el proceso de búsqueda. Esta, por lo que fuera, quizá por estar demasiado cerca, no se cruzó nunca.

Author: Fernando Sanjosé

Segovia (1967). Periodista.

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