Pensamos como sentimos, votamos como pensamos, o sea, sin pensar y resentidos. Lo que los neuropsicólogos llaman el cerebro político no es más que nuestro cerebro biológico de serie, identitario, profundamente emocional. Un sistema lleno de complejidades, pero también limitaciones que los científicos llaman sesgos. Son desajustes, vicios, holguras del sistema que siempre se equivocan en la misma dirección, como “miniTezanos” soberbios y sectarios que cocinan la realidad hasta que nos represente. Se abre el portal y el ojo izquierdo ve un desahucio y el ojo derecho una ocupación. Atajamos para tener paz y razón.
Estos tribalismos nos hacen odiar al del pueblo de al lado por paleto y nos llevan a informarnos para reforzarnos por nuestros propios medios. Los del medio son cobardes y los del del otro lado, pseudomedios. Nosotros vemos la realidad tal cual, no como esos mal formados, malinformados, mal paridos o mal follados del otro lado del muro.
Lo más parecido a un cerebro de izquierdas es uno de derechas. Activa un poco menos la amígdala ante las amenazas porque tolera mejor el cambio y la ambigüedad. La izquierda es más inclusiva, aunque menos cohesionada. Vamos, que te dejan entrar en su casa rápido para echarte antes. Cuanto más a la izquierda y a la derecha, más sesgos. El centro no existe para los extremos. La izquierda tiene marcadores menos claros de pertenencia e identidad, porque hay más formas de ser de izquierdas y solo una de pensar a derechas, por eso hay más izquierdas que derechas deseando unirse. Por eso, por cada cerebro de derechas que se convierte en izquierdas, hay casi dos que hacen el viaje contrario. Y últimamente más. Y como el centro no existe, se van circunvalando por las periferias.
Uno sólo se cambia de barrio cerebral por repetición del mensaje o por un hecho traumático. Vox lo sabe y pesca en las redes con estrés “pretraumático. Y ahí aparece Rufián saliendo al escenario recitando los nombres de los barrios como un Bad Bunny poligonal: Algeciras, Santa Coloooooma…Sólo cuando el barrio se le queda pequeño a un político es cuando puede representarlo y se juega su chándal de marca personal a liderar la resistencia. Confrontar sólo contra Vox es la mejor garantía para que el PP acabe colándose en el poder. Su izquierda y la de Delgado son de barrio, no del Liceo como los de SUMAR, ni de la “complu” como Podemos. Los barrios han desaparecido de la política. Ni gobernantes ni gobernados. La España vaciada de política. Sabe que sus vecinos están hartos del plastismo esencialista trasnochado de Iglesias y Montero, que es como de los heavies de la Gran Vía muerta. La guerra cultural siempre pelea por quedarse con el sentido común. En las redes lo llaman las cosas de comer, la España que madruga, la que paga las facturas. En el café del trabajo no se habla de la Ley trans sino del transporte.
Hay un punto de final de izquierda woke. Delgado y Rufian tratan de desmarcarse de los discursos de tribu posmo y de las banderas que Podemos y Sumar han agarrado sin matices: los colectivos, las identidades, el feminismo, la inmigración…porque tener que remover malas estructuras discriminantes no convierte a los discriminados en buenos. Sufrir oscuridad no te convierte en un ser de luz. Miren si no a Vini.Jr. Hay mujeres, gays e inmigrantes tan buenos y malos como cualquiera. Capaces de lo mejor y lo peor dependiendo de las circunstancias, y esto pasa desde que no había ni política ni dioses.
Rufián habló de inmigración en su presentación: no digo que sea un problema, pero es un reto. Y tenemos que hablar de derechos, pero también de obligaciones y lo del burka no es un signo de multiculturalidad, es una salvajada. Hay toda una corriente de izquierdistas corrientes que siempre han pensado que la inmigración sólo beneficia a los de arriba de verdad, a los que salen de casa sin abrigo, porque los inmigrantes son más baratos y silenciosos, y perjudica a los de abajo, porque viven en sus barrios, bajan a sus parques y bajan sus salarios.
Y luego está la disonancia audiovisual que no hay sesgo que la ataje. La izquierda desunida que habla de unidad desde el separatismo, de los barrios desde los chalés, de la humildad desde los egos, la que habla con el neutro pero llama maricones a los votantes de Vox, la que pide trabajo, pero llama “ser despreciable” al de Mercadona.
Anteayer Rufian, ayer Yolanda, mañana IU, siempre iglesias, siempre fieles a la izquierda, pero infieles a sus partidos. El cerebro político de la izquierda no socialdemócrata, descabezado por su mala cabeza.















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