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Prohibido encender la tele

Como un tren de borrascas atlánticas, el relato va calando y permeando capas y más capas de la opinión pública. Emerge en la cola del súper, en el bar… en las aulas. Hablo del discurso contra la inmigración.

En la clase de filosofía toca antropología, problemas sociales, entre ellos la inmigración. Tengo claro que lo último que debe hacer un profesor de filosofía es adoctrinar; nos pagan para que los chavales argumenten, piensen mejor su realidad y no como el profesor quiere que la piensen. Así que si el chaval o chavala, por otro lado alumno brillante, cordial y amable, me escribe que es un “gran problema porque [los de fuera] quitan trabajos a los nativos, masifican los servicios públicos y encarecen la vivienda”, tengo que darlo por válido; hay argumentos en su planteamiento.

Cierto, podría enseñarles (lo hago) la pirámide demográfica española, en plena sustitución de nietos por caniches (y perdonen la malevolencia). Cómo esos servicios públicos “masificados” dependen desesperadamente de la aportación inmigrante para viabilizarse. Evidentemente, cuando se da el caso, me cargo la asimilación inmigración delincuencia en un tris tras (por más que algún lector, al parece inmune a todo intento de comprensión de los datos, me siga soltando en los comentarios enlaces a noticias sesgadas del nosecuantos por ciento de robos los cometen inmigrantes. Amigo, los delitos los cometen los pobres, inmigrantes o no. No insista, no expanda su tontería a los demás).

Pero el relato aumenta. ¿Qué hacer entonces? No lo sé. Pero la respuesta correcta pasa por conocer las causas y la historia: esto ya  ha pasado antes.Parece conveniente ir revisando qué se ha dicho antes acerca de este tema.

Paro en la escuela de Frankfurt, neomarxistas, en Adorno, que explica el antisemitismo de la Alemania de su época como (entre otras cosas) una salida al malestar social, que el filósofo achaca a un exceso de coerción social. ¿Qué quiere decir? Para Adorno la coerción va mucho más allá de la pura represión mediante la fuerza del Estado. Sería el modo en que la sociedad obliga a las personas a conformarse (y respetar por tanto el statu-quo) haciendo que ellas mismas acepten y reproduzcan esas normas. Ejemplo: la industrias del ocio (culturales) o la interiorización de que las cosas no es que te vengan impuestas desde el poder, es que son así y no hay vuelta de hoja.

La coerción social produce malestar social. Frustración ¿es que no podemos reaccionar, cambiar las cosas? Y es ahí donde los sesgos actúan y el malestar social se vuelca en el chivo expiatorio. Un subgrupo social (inmigrantes, estudiantes de IE University, musulmanes…) al que achacaremos la raíz de los males (reales o imaginarios). En una democracia esto termina sustanciándose en el auge de “líder”, Trump, el jeta que nos dirá que lo que aquí falta es “mano dura”. Ya está, problema arreglado. Solo que normalmente esta clase de hiperliderazgos son un tiro saliendo por la culata. No arreglan nada, y muy a menudo empeoran la situación: el clima social se tensa, la división aumenta, el sistema se desestabiliza. Miren Minneapolis.

Sé que es imposible convencer a nadie con tan alambicados argumentos. Hay que ejemplificar.

¿Cómo generar malestar social? Vean esta estupidez de Sánchez y no solo Sánchez (hay otros países) de prohibir las redes sociales a menores de 16 años. ¿Funcionará? ¿Dejarán los adolescentes  de perder las horas en Whatsapp y Tik Tok? Pues claro que no. Habrá, eso sí, más protocolos, más papeleo y más burocracia absurda. Más reglas, más zarandajas, más complicaciones. Más coerción social. Y es solo un ejemplo de las muchas reglas que atestan nuestra vida y nos alienan con la finalidad (deliberada o no) de convertir personas en administrados.

Somos los padres y los maestros los primeros responsables de que los niños moderen su uso del móvil. Y no es tan sencillo. Pertenezco a la primera generación española crecida delante de una tele. Amigos, para mí no había sábado mejor: por la mañana el programa infantil, con dibujos animados y series americanas de niños ejemplares amigos de un canguro, de un oso, de un delfín, del perro Rintintín o del caballo Furia. Luego Bonanza, palabras mayores. Por la tarde peli de aventuras y un largo espacio musical con las novedades del momento. A la noche, Informe Semanal (yo era un niño altamente politizado) y película que en caso de no  mostrar rombos me tragaba hasta la medianoche. A mis padres les costaba Dios y ayuda arrancarme de allí. A veces lo conseguían y entonces salía a la calle con mis amigos o me ponía a leer. Otras, sus propios quehaceres, el cansancio, les podía. “Bah, deja que el niño mire la tele que al menos se está quietecito”.

De aquellos adolescentes australianos o de Florida con mascotas absurdas no me acuerdo más que vagamente y con nostalgia simpática (aunque no me extrañaría que acabaran con alguna preocupante desviación sexual por salir con osos y canguros en lugar de con gente normal). Lo que leí y  los amigos, en cambio, me mejoraron. Moraleja: educar no es hacer ni lo que quiere el niño ni una ocurrencia surgida en La Moncloa. Es trabajoso y cansa. Y es que ser persona cansa.


 

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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3 Comments

  1. Usted censura no tanto las opiniones sino los datos estadísticos que no le bailan el agua en materia de inmigración porque se piensa que las estadísticas son racistas.

    Pues los datos son los datos, y si no le gustan ajos y agua.

    El que no debe dejar que se expanda la tontería y la intolerancia por el mundo es usted señor Besa.

    A ver cuánto dura mi comentario señor censor.

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  2. Vive en la inopia señor Besa. Le conviene estudiar un poco más el tema de la delincuencia en España a ver si se entera de dónde le viene el aire.

    Ahora censúreme, al más puro estilo Franco.

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  3. No se moleste en responderme. Me paso a los periódicos digitales Segovia al Día y Segoviaudaz. Son bastante más interesantes y objetivos que Acueducto2.

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