Todo tiene un rango. Un orden de importancia respecto a una situación y un tiempo. Hasta el fango. Hay un fango real que sepulta vidas y hay un fango ficticio, que entierra políticos. Si no se respetan los tiempos y los materiales y se mezclan ambos ingredientes, el resultado es siempre el mismo. Todavía con las calles como ríos, con personas luchando por no convertirse en cuerpos, con residencias inundadas, ya había gente de corazón seco pensando en el relato de la culpa.
Quien primero pide culpables suele ser quien ha sido más irresponsable. Los justicieros suelen ser perezosos atajadores de la Ley, cazadores furtivos de chivos expiatorios que no saben que, al final, la verdad flota por muy hundida que parezca. Ya vivimos esta vergüenza el 11 de marzo de 2004 y no hemos aprendido. Políticos que ensucian los despachos e instituciones de enfrente en lugar de ponerse a gestionar la limpieza de las calles.
Las catástrofes no conocen fronteras ni protocolos. Las riadas convierten las competencias en papel mojado, pero hay que saberlas, aunque sea para saltárselas poniendo todos los recursos y acelerando los plazos. “Si el conocimiento del funcionamiento del Estado te parece lento, prueba con la ignorancia”. La consejera valenciana responsable de Emergencias no sabía que había un sistema de avisos que hubiera alertado a sus ciudadanos, el presidente valenciano estaba en una sobremesa de móvil apagado mientras los vecinos bajaban a salvar sus coches y condenar sus vidas en un garaje. Lógico que Mazón, descompuesto, buscara culpables para taparse, aprovechándose del odio que despierta el presidente Sánchez entre buena parte de España. En esta ocasión, a fecha de hoy, el único reproche probado fue decir “si necesitan más recursos, que los pidan” en lugar de decir “pondremos todos los recursos, aunque no lo pidan”. También se quejaba el Gobierno Valenciano de que el Congreso votara a los consejeros de RTVE, (por supuesto acto insensible e inoportuno), para tapar que Mazón le ofrecía la dirección de la tele pública a una periodista amiga cuando la gente tenía el agua al cuello. O quizá eso era también una nueva versión que manda por Amazon a ver si gusta o la devuelven. Los menos partidarios le achacan cobardía por no asumir la posibilidad de un linchamiento que habían convocado en redes mientras el Rey, seguramente el mejor “político” de su generación, decía un par de verdades a la cara de barro: vivimos en una democracia donde los presidentes se cambian en las urnas y no hay que creer en los bulos interesados. También pudo ahorrase el entorno de Sánchez reducir a ultraderecha o marginales a desesperados violentos. La ultraderecha no es tan elástica.
Más interesante me parece el debate, después de ver la incompetencia del gobierno valenciano, de si hubiera sido oportuno asumir un Estado de Alarma que facilitara un mando único, pero eso ya lo dirán los profesionales. No todos servimos para todo, aunque nos guste servir. Si me atrevo a decir que debería haberse montado una portavocía de un mando público técnico informando de la situación a tiempo real desde allí, en lugar de políticos de visita. Aprender es lo único que nos queda cuando nos ponen a perder.
El resultado de todo esto es siempre el mismo con distinta apariencia. Hoy bajo el lema: “solo el pueblo salva al pueblo”. Me gustaría pensar que es el pueblo del que escribía Machado desde la calle Desamparados: “en los trances duros, hay quienes invocan la patria para venderla, y solo el pueblo, que no la nombra si quiera, la compra con su sangre y la salva” pero me temo que hay gente que la entiende más bien como una patada a las instituciones, un puñetazo a los partidos, a la transición ecológica, a la globalización, a la diversidad, a las autonomías y, en definitiva, a que se metan la ortodoxia por el “orto”. Hablan incluso de que sería mejor centralizar las decisiones en una sola persona sin aparente ideología que haga “lo que tenga que hacer”. Todo suena más bien a lo que escribía Hernández: “nunca medraron los bueyes en los páramos de España”. Militares, pero no Ministerio de Defensa; bomberos sin autonomías; médicos, pero no impuestos; recursos, pero no Estado.
Esto es el caldo de cultivo para el populismo. El mecanismo es muy sencillo: convertir al miedo en odio y al pueblo en Gobierno. Porque las preguntas desesperadas son comprensibles pero irresolubles y cuando nadie contesta, siempre hay alguien que da una respuesta parecida a que él es el verdadero pueblo, olvidando que solo el pueblo puede esconder al populismo y que solo el pueblo puede condenar al pueblo. Ojo que Maduro se cree también el pueblo. Putin se cree el pueblo. Y ya sabemos lo que hacen con los “enemigos del pueblo”. Luego no nos pongamos dignos preguntándonos por qué gana Trump.
Antes de poner al dirigente de enfrente en su sitio hay que ponerse en el lugar de las víctimas. Por rango.













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