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El feminismo fingido

Esto es un ejemplo de sociología de columna, esa disciplina que usa cuatro datos redondos sin fuentes para dar apariencia científica a una intuición. La nariz dice que hay una fuga de votos femeninos desde el PSOE a otros partidos. Algunas encuestas lo apuntan con la misma seguridad que una declaración de Luis Enrique, pero con la misma inconsistencia que otra de Yamal. Lo cierto es que si hacemos un perfil histórico del votante arquetipo socialista sería una mujer de entre 50 y 70, zona rural y sin estudios superiores. No quiere decir que no tenga otros votos, quiere decir que dos de cada tres de esas mujeres votan PSOE. El del PP sería un urbanita de entre 40 y 60, con estudios medios (2 de cada 3). Las chicas de ciudad a Sumar-Podemos (casi la mitad) y la muchachada rural, a VOX (más de un tercio). Me guardo los decimales, las evoluciones y las comparativas, donde vive el infierno de la academia y del que huyen Twitter, chatGPT y Tezanos como del demonio.

Lo única certeza sin incertidumbre es que el feminismo ha sido una bandera del PSOE y su “Banco de Terranova” para pescar votos. Grandes mujeres como Cambrils, Bustelo o Alborch han generado un vínculo tan íntimo que hizo que Carmen Calvo estallara con aquello de “no bonita, no, el feminismo nos lo hemos currado las socialistas”. Y tenía razón. Mientras el PSOE proponía avances en igualdad, el PP arrastraba los náuticos. Ese era el feminismo de la igualdad. Lo entendía hasta la derecha, que se resistía a entregar sus privilegios de copa balón llamándolas “Charos” de pelo morado o solteras de gato.

Pero todo se jodió con la llegada de Podemos y sus prédicas de piedra de mujeres de 30 con eslóganes de camiseta y profesores universitarios que mezclaban Gramsci con Viagra. Sánchez cometió el error de dejarles el timón y encalló en las turbulentas aguas del feminismo abstracto. El que decía que las mujeres eran seres de luz incapaces de mentir, las prostitutas trabajadoras realizadas, el sexo una percepción cultural no biológica, y el mundo trans el gran reto en los tiempos de la violencia machista. Claro que sí. Como preocuparse de las canas al entrar en el quirófano. Ese fue un “niñe” que nació muerto y que incomodaba, le confesó Sánchez a Alsina, a sus amigos de 40 y 50. A mí también. Lo confieso.

El Capitán Sánchez, ante el motín feminista, se quitó de encima a esa tripulación. Prescindió de Calvo. Soltó la Lastra equivocada y envalentonó a los marineros de puerto (Hurraco). Aquellos Ábalos y Koldos que fingían feminismo a cambio de que les fingieran orgasmos. Esas mujeres socialistas habían advertido de la deriva machista del barco y apuntado que tener cargo no se hace cargo de la cultura machista instalada en los cojones del PSOE. Que el “transpodemismo” hacía pinza con el machismo sociológico de la derecha y desvirtuaba el hiperrealismo del feminismo clásico. Y las votantes socialistas oyeron cómo compañeros decían que una se enrolla que te cagas y que mejor dos que una, y que un puestito público para otra porque no solo hay que valer para follar. Afortunadamente, la fortaleza del socialfeminismo construido en años no se destruye por el momento de la debilidad de la carne, pero el carné ya no da presunción de veracidad. Antes, Errejón le confesó al juez que eso de que las mujeres nunca mienten era mentira.

Ahora todo lo que no sea poner al mando al feminismo echado, comprensible, el que busca la igualdad sin revancha, parecerá oportunista, ventajista, impostado como un falsete de Barry Gibb. Será otra vez el PSOE de la POSE. Hace poco, la última gran teórica del feminismo, Amelia Valcárcel, ha pedido el voto para Feijóo. No es más que una persona, pero no es cualquiera. Ya son muchos compañeros, algunos muy queridos, los que han dado ese paso tan personal de irse. Por este y por otros desengaños. Tan respetable como quedarse. Para estar enamorado de un partido es preciso no saberlo, y para militar en él, es preciso no tener que explicarlo.

No provoque, Presidente Capitán, con coñas marineras, que son fentanilo para columnistas. Hace que se estiren hasta perder el equilibrio. Rumbo al feminismo otra vez. Hay que botar el falso feminismo para conseguir votos o citas, y fuera para siempre los intrusos navales de nabo en mano. No hay otro puerto ni otra aventura inventada. Lo escribió Joseph Conrad en un libro delicioso: El espejo del mar. Lo tiene traducido Javier Marías, con prólogo de Benet. Nada menos. Dice: Un capitán corre el riesgo de estar demasiado absorto en la contemplación de su sino y ver enemigos entre la tripulación que anhela otros rumbos. Un barco no es tan esclavo para ser forzado en la mar gruesa por un solo hombre. A nadie, por muy capitán que sea, se le ha presentado nunca una aventura solo por invocarla. Los marineros, sean ingenieros o carboneros, lo saben y aunque tienen tendencia a prestarse al engaño de la aventura, el mar es demasiado grande para mantener ficciones, no tiene compasión ni memoria y si la aventura no llega al prometido puerto desconocido, atracarán en los conocidos y estos harán el resto: pudrirán la madera del barco y la dignidad de los marineros. Habrá fugas de agua y de talento. Unos se entregarán al Capitán, pero otros al diablo o al enemigo. Tatúense alguna de esas frases y no un ancla. Pudiendo elegir, digo.

El feminismo le hizo y puede deshacerle. No sea cobarde, gallina, Capitán, o solo le quedarán sardinas a bordo.


 

Author: Redacción

Acueducto2. Noticias y actualidad de Segovia.

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