Pretender acompasar el planeta a un mismo ritmo horario productivo no es ni racional ni eficiente, es simplemente copiar usos sin atender a las razones de fondo que explican las diferencias entre culturas. En los horarios laborales pesan esencialmente factores como las horas solares, la temperatura y las costumbres de alimentación.
Así, en países calurosos el celebrar una comida copiosa tiene su explicación porque se trata de evitar trabajar en las franjas del día más calurosas parando la actividad entre, aproximadamente, las 14 y las 17 horas. Esto traslada la hora de cierre sobre las 20 horas, por lo que pasan bastantes horas entre la comida y la cena. En un país frío, por contra, la actividad debe acompasarse a las horas cálidas con lo que es comprensible que no haya actividad lúdica, comercial o de calle más allá de las 20 horas. No es así en España, donde el buen tiempo permite prolongar la vida social hasta entrada la noche. En consecuencia, nuestros hábitos nutricionales se han estructurado sobre estas pautas; un desayuno ligero, una comida copiosa y seis o siete horas hasta la cena con picoteo o merienda de por medio.
Supóngase que se adapta un horario más septentrinal, con jornada más o menos intensiva y regreso a casa a las 17-18 horas. ¿Se hace entonces una cena y se sale a “tomar cañas”? No tiene sentido. ¿Se queda uno en casa viendo la tele hasta las 11 para levantarse a las 7 horas?
Los partidarios de la racionalización de horarios pasan por alta las ideosincracias locales. Los países mediterráneos, por su buen clima, inducen a sociabilizar, a “hacer más calle”, a alargar las noches, generando estos hábitos todo una economía secundaria y una gastronomía específica. Lejos de verse elllo como una desventaja tiene que percibirse como una peculiaridad de nuestra cultura y, en consecuencia, fomentarse.
Por otro lado, en un país tan estructurado en los servicios, un horario intensivo sería en la práctica solo aprovechable para una parte de la ciudadanía. Para la otra, del sector comercial, de la hostelería, del entretenimiento, lo que se hace es comprimir el horario útil, concentrar en menos horas los momentos de compra o de ocio, lo que supondría un abaratamiento acaso de la mano de obra pero una reducción del negocio, incentivando más si cabe la compra no presencial o la concentración de la demanda sobre grandes superficies alejadas del centro. Sería, por tanto, un factor de desvitalización de los centros urbanos y de anglosajonización de nuestros hábitos, que dicho sea de paso es otra diferencia cultural que juega a favor de España, el diseño de centros urbanos no solo para trabajar, sino para vivir, más vertical y eficiente, frente al modelo anglosajón de urbanismo horizontal, con centros desiertos fuera del horario laboral y largos desplazamientos hacia las residencias en la periferia.
Frente a la jornada intensiva existente en otros países, el horario español permite una vida más relajada, más social, más humana y divertida. Hace de la ciudad no un entorno hostil, sino cultural y vivencial.
Hay que partir de la base que los horarios españoles son una excepción en toda Europa. Hay que irse a África para encontrar algo similar. En Grecia, en Italia, no existen los horarios tan dilatados en el tiempo, ni una dicotomía tan rotunda entre mañana y tarde. Ello no ha supuesto cambios en sus hábitos gastronómicos ni culturales.
Queda claro que interrumpir la jornada laboral durante dos o tres horas es un despilfarro. Hay que gastar más en transportes, se corta el ritmo de trabajo, por no hablar de incoherencias como la consolidación de la jornada intensiva en ámbitos como la función pública o la educación, en claro contraste con la jornada laboral estándar de mañana y tarde.
La jornada intensiva se ajusta más a la realidad actual, donde las personas, además de una realización laboral, tienen una realización vital en el ocio, con aficiones, prácticas deportivas, culturales… Para ello se requiere tiempo, un tiempo que resta el desarrollar jornadas laborales prolongadas a lo largo del día.
Permite también una mayor conciliación de la vida laboral con la familiar. Al concentrar las horas de trabajo los padres pasan menos tiempo fuera de casa y pueden estar más tiempo con sus hijos.
Pero básicamente, racinalizar los horarios españoles es ponerlos en sintonía con la realidad europea que es nuestro contexto económico. Si tenemos que trabajar en consonancia con los ritmos laborales europeos, mantenernos en nuestros peculiares horarios es una desventaja y un factor de aislamiento que tarde o temprano acabaremos pagando. Un lujo, un despilfarro que no nos podemos permitir.















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