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Debate: ¿es bueno el proteccionismo?

El sorprendente triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos trae a colación las propuestas del futuro presidente en lo tocante a un neo proteccionismo nacional como mecanismo de blindaje de la industria americana frente a la globalización. Entre las medidas estrella, implantar un arancel de 35% que grave a todos aquellos productos de empresas americanas pero producidos en terceros países.

en-contra¿Cuántas vueltas tiene que dar la historia para reconocer que no, que los aranceles y el proteccionismo no mejoran las cosas? ¿Hay que recordar la historia de Castilla? ¿Cuando las protecciones gremiales y los monopolios reales, en lugar de generar riqueza empobrecían al país? Pero sí, reconozcámoslo, imponer aranceles a la producción exterior es muy bueno para la industria nacional (europea en nuestro caso).

El problema son los aranceles que, por las mismas razones que sirven para ponerlos, te son impuestos por terceros países. En la práctica eso supone cerrarse las puertas del mercado global. ¿Qué le interesa más a la SEAT? ¿Ser fuerte en un mercado de 500 millones o serlo, además, en el de 1.350 de China, 310 de los USA, 200 del Brásil o 1.200 de la India? Los tratados de libre comercio permiten a nuestros productos competir en un mercado global, no de unos millones de personas sino de miles de millones. Con una ventaja, mientras en la UE el mercado está saturado, en otros países es una realidad en auge.

Suponer que las empresas europeas podrían sobrevivir compitiendo entre ellas en un mercado cerrado es no ver la realidad. Hasta empresas de mediano tamaño precisan hoy el mercado global para sobrevivir, no digamos para crecer.

Incluso en el sector agrario, a priori el menos afectado por la globalización, los aranceles pueden tener efectos terribles en tanto que precisan materias primas (fosfatos, hidrocarburos, semillas, plaguicidas) que encarecerían notablemente los costes productivos.

No. No se pueden poner puertas al campo. Es cierto que la globalización tiene su lado negativo en la necesidad de competir -especialmente en los segmentos de consumo- con empresas y países donde la mano de obra, los condicionantes ambientales, la fiscalidad, es mucho menor, pero estos problemas del siglo XXI deben afrontarse desde soluciones del siglo XXI, y no desde el Colbertismo de la Francia de Luis XIV.

Vencer los desequilibrios que apareja la globalización, y otros problemas aún mayores como la sostenibilidad o la robotización, no pasa por los aranceles. Pasa por alternativas que hoy ni siquiera están en la agenda política, como la sensibilización social del poder del mercado para primar producciones buenas y no las más baratas. Por legislaciones internacionales que impidan producciones atentatorias contra la dignidad humana y el medio ambiente. Por la terciarización de la economía, con un mayor énfasis en la sostenibilidad y la eficiencia sobre el mero consumismo. Los aranceles no son la solución. Solo son la vuelta a un nacionalismo económico empobrecedor y desestabilizador.


AfavorEstamos haciendo el tonto. Estamos abriendo los mercados nacionales a productores que compiten con nosotros pero sin pagar impuestos, sin pagar estados del bienestar, sin cortapisas ambientales. ¿Cómo puede competir un productor de maíz castellano contra uno de Indiana que paga una tercera parte de impuestos por carburante y optimiza sus cosechas con transgénicos?

El discurso del neo-liberalismo dice que en un mercado global todo es cuestión de competitividad. Unos compiten con mano de obra barata, otros con tecnología. En la práctica esto es una falacia. Los países emergente no respetan los políticas de copy-right, tampoco las restricciones ambientales. Copian la misma tecnología y la producen más barata porque los costes salariales y sociales son mucho más bajos. Consecuentemente, la única competitividad posible pasa por bajar salarios o, directamente, producir en terceros países. En otras palabras, la globalización nos arroja a igualar por abajo, no por arriba, al tiempo que empobrece a las clases medias y a los estados que tienen un mayor gasto social.

Compartir mercados está muy bien siempre que se haga en situaciones de una igualdad razonable entre las partes. Cuando Inglaterra propiciaba el liberalismo comercial, a golpe de imponer tratados avalados en fragatas, lo que hacía era simplemente asegurarse un precio barato de las materias primas. Y si no preguntémonos quién salió más beneficiado del imperialismo inglés, ¿India o Gran Bretaña? Sin unas condiciones equiparables el único beneficiado del comercio internacional es el capital, al tiempo que se destruye a la clase media resultante de la mejora de los derechos sociales de los trabajadores industriales.

No podemos ser tan ingenuos de pensar que esta igualdad en los procesos productivos llega por ósmosis. Llega con aranceles y otros mecanismos discriminadores de producciones injustas socialmente.

Tampoco es cierto que la globalización suponga para las empresas de la Unión Europea una apertura de mercado. En la práctica, nuestros productos no pueden competir en precios con el de países como China. Ni tampoco en calidad en la medida que no se protege los copy-rights. Por no hablar de la proliferación de “restricciones legales” que obligan a un productor europeo a buscar “socios” locales.  Así pues aducir que los aranceles suponen la pérdida de mercados no es real. Esos mercados son un cuento chino.

 

Author: Opinion

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