La prensa nos recuerda día tras día la progresiva destrucción y exterminio de la Franja de Gaza. La calificación de masacre, exterminio o genocidio, por utilizar un término con precisión jurídica, es lo de menos. La realidad es que, desde el 7 de octubre de 2023 —fecha en la que Hamás lanzó el ataque sorpresa contra el sur de Israel, matando a 1.200 personas y tomando 251 rehenes—, en el pequeño territorio de la franja han muerto 65.000 palestinos, 14.500 han desaparecido y 165.000 han resultado heridos. Una barbaridad que refleja el más absoluto desprecio al ser humano y cuya autoría es más propia de mentes enfermas, como las que día a día muestran los dirigentes de Hamás, el presidente de Israel y su cómplice estadounidense.
Esta tragedia que sufre el pueblo palestino pone de manifiesto la sinrazón humana. Primero, con el ataque indiscriminado de Hamás contra los ciudadanos israelíes, fundamentado en el odio y la venganza, cuyas causas tienen profundas raíces y no son fáciles de discernir; y después, con la actuación desproporcionada y cruel del Gobierno de Israel, de todos conocida, a la que se suma el gran fiasco de la diplomacia internacional, con las Naciones Unidas al frente, y la impotencia de Europa.
En nuestro país se ha generado una gran controversia a raíz de las protestas propalestinas que obligaron a cancelar la última etapa de la Vuelta Ciclista a España. Una vez más, la polarización ha hecho mella, clasificando a los españoles en buenos o malos según su posicionamiento —más formal que de fondo—: entre quienes apoyaron las protestas y quienes las consideraron desproporcionadas; entre los que se alinean con el Gobierno del PSOE o con la oposición del PP… Un juego perverso que se aleja del problema esencial y que divide emocionalmente a los españoles mediante mensajes populistas. Más de lo mismo, aunque evidencia, por parte de quienes lo promueven y practican, una falta de respeto al pueblo palestino y a quienes aspiramos a tener criterio propio. Porque la mejor manera de responder a los problemas es analizar cada situación de forma objetiva, desde distintos prismas, y rechazar la utilización instrumental de la causa con fines espurios y partidistas.
Las hipérboles de los políticos en torno a este asunto son muy reveladoras, porque muestran cómo un tema de política exterior y de derechos humanos se transforma en materia de confrontación partidista interna. Varios dirigentes han recurrido a expresiones grandilocuentes —“Somos el único Gobierno valiente de Europa” o “Se ha vendido España a Hamás”—, entre otras muchas. Con este lenguaje se distorsiona la realidad, buscando movilizar emocionalmente al electorado interno y captar titulares, pero a costa de empobrecer el debate. El resultado es que la ciudadanía percibe más ruido que soluciones, y la política exterior se convierte en un teatro interno. Este tipo de actuaciones repercute también de forma negativa en el ámbito institucional.
Un Gobierno, por su posición, no puede exagerar como lo hace un partido en la oposición: la palabra gubernamental genera compromisos diplomáticos. Es una cuestión de responsabilidad institucional consustancial al Ejecutivo. “No se puede a la vez ser ladrón y vigilante”, en términos populares. Cuando se lanzan hipérboles que no se materializan —por ejemplo, anunciar un embargo de armas que en realidad se limita a suspender licencias futuras, o que no se corresponden con las actuaciones presentes, o incluso que, por razones estratégicas de Estado, no pueden llevarse a cabo—, se erosiona la confianza tanto dentro como fuera del país. La oposición, por su parte, tampoco está exenta de riesgos: su abuso de hipérboles puede alejarla del debate real y, como ya ocurre, hacerle perder credibilidad ante la ciudadanía.
Lo que algunos no quieren entender en su afán de desplegar una estrategia de polarización es que la tragedia de Gaza nada tiene que ver con la Vuelta Ciclista a España ni con el Festival de Eurovisión. Mi paisano Pedro Delgado está siendo demonizado estos días, hasta el punto de amenazar veladamente su continuidad como comentarista experto en ciclismo en RTVE, simplemente por pedir respeto hacia los corredores y recordar que la práctica del deporte es compatible con el derecho a la manifestación pacífica, como demócrata, deportista y hombre de orden que es.
No se pueden justificar actuaciones vandálicas fuera del marco institucional solo porque se alinean con determinados objetivos políticos. Solo respetando las normas puede garantizarse la convivencia, como ha recordado estos días la primera ministra danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen. Quienes en algún momento hemos tenido responsabilidades sobre las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado sabemos que traspasar esa frontera resulta inaceptable y muy peligroso, porque a partir de ahí se puede justificar todo —lo bueno y lo malo—, lo que implica la quiebra del Estado de Derecho.
Poner fin al conflicto de Gaza solo es posible, como afirmó Borrell en la conferencia inaugural del Hay Festival de este año en Segovia, mediante la actuación concertada de la comunidad internacional. Solo así se podrá frenar a los promotores de esta locura con trazas de lesa humanidad. Los quijotes en este escenario están condenados al fracaso y al desprestigio, y lo que es peor, a provocar daños colaterales de gran alcance en el plano social. No hay peor lastre para la convivencia que una sociedad dividida. Confiemos en que el buen hacer y el sentido común de los pueblos y sus dirigentes permitan acabar con la masacre de Gaza lo antes posible.













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