Pedro Sánchez dudaba en su despacho de Moncloa entre dejar correr el apagón hasta que al pueblo llano y soberano se le olvidara en unos días que hizo cola en las ferreterías para comprar linternas, o buscar en el diccionario cómo unir un prefijo y un adjetivo para encontrar un culpable etéreo y distraer al personal (spoiler: ganó ‘ultrarricos’). Unos días después, el tuitero reconvertido a ministro, Óscar Puente, se encontró con otra polémica a cuenta de las horas que pasaron miles de españoles encerrados en trenes de alta velocidad. A diferencia del apagón, donde los fieles votantes socialistas y de Sumar nos intentaron convencer entrañablemente de que la vida seguía igual porque la gente se divertía en las terrazas —la medida del progreso en España se cuenta por botellines—, en el caos de los trenes nadie dio palmas salvo el bajito de los Morancos.
Una vez formada la competición entre los asesores de Sánchez y de Puente para dirimir quién de sus jefes sería capaz de reírse más del contribuyente, se pactaron dos normas de partida para el presidente y el ministro: poner cara seria en la rueda de prensa y lavarse las manos con bien de jabón. La incompetencia de un gobierno se mide por los minutos en los que evita dar explicaciones y a cambio habla de la oposición, de los ultrarricos, los bancos, las élites, los socios de las casetas de la Feria de Sevilla, la ultraderecha, la ultraderecha a la derecha de la ultraderecha… Y en el caso concreto de Óscar Puente se mide en la cantidad de tuits que publica con eso que llaman ‘zascas’, cual adolescente enrabietado. Fue curioso que sin que hubiera empezado la investigación de la Guardia Civil, el vallisoletano fuera el único en saber que había sido un sabotaje. En ningún ingenioso tuit planteó por qué si los robos de cobre en las vías han aumentado un 87% en los últimos cinco años, los recursos para evitarlos siguen siendo los mismos.
Todos estos malabares verbales se hacen porque funcionan, porque doman al que esté tentado de convertirse en un díscolo en su entorno ideológico. No hay más misterio. El gobierno habla de lo público como si fuera una propiedad suya que proteger en Ferraz y el bastión sobre el que asienta su programa electoral, o lo que sería su programa si no llevara siete años haciendo lo contrario, noqueado por lo que le ordenan Junts, ERC y el PNV, que como bien saben ustedes están muy preocupados por el bienestar común español. Pero es precisamente lo público lo que está en peligro si el liderazgo depende de fieles del partido que se reparten cargos institucionales de mucha importancia sin que haya ninguna relación con sus conocimientos ni con su experiencia laboral.
En algún punto de los últimos años se comenzó a exigir al político más palabras y menos hechos, estos han quedado enterrados entre un montón de basura propagandística. La pregunta, reclamar datos objetivos, dudar, quejarse de una promesa incumplida… no tienen ningún valor en la actualidad y ponen bajo sospecha al que los plantea, no al que falla en su trabajo como gobernante. El perjudicado seguirá siendo el propio ciudadano, que si no se muestra incisivo a la hora de exigir que se le gobierne con eficacia, tendrá lo que se merece: la mediocridad gubernativa y el continuo derroche del dinero que sale del bolsillo de cada trabajador y pensionista.
No se me enfaden, queridos lectores/as, hoy tocaba hablar de política. Feliz domingo.












Últimos comentarios