¡Bueno majo! La que se ha preparado.
La retirada –con nocturnidad y alevosía, como bien pone Acueducto2 en la información que destapó el asunto– de la bandera de los artilleros que cubre a la Virgen del Carmen en el Acueducto se ha convertido en el tema del mes.
Las redes arden. En general, predomina el sentimiento de Luquero como traidora a los colores, carne de paredón virtual, no falta tampoco el típico chorras para quien bandera española igual a facha igual a retirada obligatoria. Por no hablar del burro que habla de quitar ya que estamos la estatua de la Virgen porque “el acueducto es laico”.
Lo peor de todo es siempre la torpeza. Cuando un político genera un conflicto donde no lo hay. Entiendo que se pueda debatir si gusta o disgusta una bandera artillera pintada en plan peña “Turégano con el Real Madrid”. Bueno, miremos pros y contras. Debatamos.
Pero quien debate debe ser capaz de aceptar la discrepancia, de replantear sus argumentos. De aprender. Y no nos engañemos, tras la decisión de Luquero no hay más que tontería y prejuicio, ignorancia, paletismo. ¡Oh, una bandera pintarrajeada, que fea y que franquista! En la iconografía luqueriana, esa luz civilizadora que es la Segovia Machadiana, la de las tres culturas, la fuerza de las mujeres y del microteatro y la microteatra, eso sobra. Así que la manda quitar y a los pobrecitos oligofrénicos de la prensa se les dirá que es porque rasca la piedra, distorsiona la vista o porque un turista chino se quejó, o ya Claudia inventará algo (que no se le da mal literaturizar, menuda la que nos ha calzado con el jardín de Felipe II)
Paletismo luqueril, pues esto no es la bandera de la peña “Turégano con el Real Madrid”. Esto es una de las tradiciones con más solera de la ciudad. Una tradición que no molesta a nadie fuera de aquellos que sienten lo militar y lo español como un insulto. Y que es la verdadera razón de todo este asunto. Reminiscencias del franquismo. En la progresía segoviana persiste ese pathos paleto, absurdo, maniqueo. ¡Hablas de una bandera del siglo XVIII, de las más antiguas del mundo! Un trapo sí, un trapo que ha marcado nuestra historia y nuestro tiempo.
La verdad es que la bandera no solo no molesta, sino que a muchos les gusta. Empezando por los turistas chinos, que como todo turista gustan de fotografiar este tipo de motivos. Pero es que además, parte importante de la ciudadanía lo considera un orgullo. Lleva ahí desde que me acuerdo. Es la bandera de mi país. Y luego estamos los que, además de además, pensamos que es útil.
Nadie sabe a ciencia cierta cómo empezó esto. Acaso una apuesta de valentones de cantina. Todo apunta a que la tradición cuajó en los 60. De 1966 data un tarjeta postal en la que ya se observa la bandera envolviendo a la Virgen. Probablemente, para entonces los cadetes ya habían convertido la machada en tradición castrense.
Las tradiciones -cosa que tanto cuesta entender a las Claras Colaus de la vida- lo son por algo. No hay que ser antropólogo para saber qué quiere decir que un colectivo exhiba su bandera en el punto más visible de la ciudad ¡y que se le permita! Quiere decir que los artilleros hacen suya la ciudad. Somos de aquí, viene a decir la bandera que cada promoción cuelga del Acueducto. Una identificación ciudad-colectivo de la que Segovia ha obtenido mucho y gratis.
Soy de la opinión que con 300 años en la ciudad, los artilleros se han ganado a pulso el privilegio. Que es bueno que se sientan queridos y respetados. Y eso supone el lugar y la bandera.
Si miro más allá, son tradiciones estudiantiles que “hacen ciudad”, que confieren alma a las cosas. Que inyectan historias personales en el paisaje urbano. Que molan. Y que por supuesto entrañan más sustancia que la estereotipada visión “franquista” con la que un caprichines sin mayor conocimiento se permite imponernos sus prejuicios vestidos encima de milongas como las quejas, las lijas y las distorsiones visuales.
Distorsión visual son aquellas farolas que, siendo Luquero concejala de cultura, erizaron Padre Claret de manera que para ver el acueducto se jugaba uno un esguince. Y ella bien calladita, no le fuera a reñir el jefe. Distorsión visual son los escenarios que se montan día sí y día también y las banderolas de propaganda de estos luqueriles eventos a 20.000€ la gracia. O llevar diez años pendientes de un plan de gestión del principal monumento de la ciudad mientras en las junturas de granito florecen jaramagos y margaritas.
Aquí está pasando lo que sigue. Cierta izquierda juega a ser Ada Colau. Políticos que desplazan la compleja gestión de lo real hacia las facilonas y mediáticas batallas culturales de alto rendimiento electoral. Política simbólica basada en un relato monolítico, cultura de oídas hecha de maniqueísmo, anti-historia hija del sectarismo, el adoctrinamiento y la ignorancia. Relato monocapa incapaz de abarcar las contradicciones de la realidad. Filosóficamente atontecedor, socialmente explosivo.
Y desde el otro lado también. Vean el populismo de barato que se traen en Madrid a cuenta de la estelada. Rentabilizo discursos y me inhibo de las consecuencias. O la embestida de Nuevas Generaciones, entrando al trapo (y nunca mejor dicho) cual tiburones que huelen carnaza electoral, y con reparto hoy de rojigualdas en el acueducto a modo de “desagravio”.
No es sensato atizar ni nacionalismo ni antinacionalismo. No son buenos los políticos ni las políticas generadores de problemas, rara vez de soluciones.














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