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Yihad y libertad ‘cautelar’

Los dos detenidos el 25 de abril en El Espinar, un español y un marroquí, vinculados empresarialmente con un egipcio presunto financiador de la Yihad reclamado desde Alemania, ya están en casa. No hay cargos contra ellos aunque sí medidas cautelares. Deberán presentarse semanalmente ante la Guardia Civil y se les ha retirado el pasaporte, no pueden viajar al extranjero según confirman fuentes de la subdelegación de Gobierno en Segovia.

Quiere decirse que no hay nada contra ellos, aunque se sigue investigando. Tras pasar la mañana declarando en la Audiencia Nacional, estaba previsto ponerles en libertad la tarde del jueves 27 de abril.

Es probable que todo se deba a un malentendido. Un tipo buscado por financiar la Yihad, Hakem Mohktar, con peligrosos antecedentes de hace doce años, recala en El Espinar. Resulta que el tipo trabaja/trapichea con material informático, sospechándose que parte de sus beneficios se derivan a movidas de radicales islámicos. Resulta que entre sus clientes o proveedores hay dos socios de El Espinar, personas normales y corrientes, bien integrados en el pueblo. Parece del todo sensato que el juez quiera hablar con ellos, ¿oigan, qué tipo de negocios se traían entre manos con Hakem Mohktar Abdallah? Más discutible es que una gestión de esta naturaleza se desarrolle con tropecientos guardias civiles armados hasta los dientes, con calles acordonadas y una movilización propia de ir a por el hijo de Osama Bin Laden, que en paz descanse (bueno, en el fondo del mar). También es fácil opinar por opinar, supongo que tal despliegue responde a que los protocolos policiales son así. ¿Es un presunto yihadista? Pues no nos andemos con chiquitas. No será la primera vez que un comando de detención vuela en pedazos en operativos similares.

Hay también un regusto teatral en tales despliegues. Se trata de aparecer en los telediarios como unos verdaderos linces en la guerra contra el terror. Se trata de trasladar a los malos el mensaje de “nos lo tomamos totalmente en serio”. Que en Barcelona los Mossos trincan a nueve de un comando, nosotros no vamos a ser menos. Hasta ahí, poco que objetar.

El problema es que a veces, con la colaboración de los medios, señalamos ante la opinión pública a tipos que, simplemente, pasaban por ahí. En esto hay también un doble lenguaje en los comunicados oficiales. Primero no dicen nada, luego, cuando la cosa es evidente, largan una nota… Hemos detenido a dos, a cuatro, a veintidós… Cuando finalmente el supuesto terrorista ultra-peligroso es puesto en la calle porque no se ha encontrado nada de nada, silencio.

Así pasó con el anterior “yihadista” segoviano, un tronao ex del GAL. Se le vinculaba vagamente con un vecino de La Granja de pasado tortuoso, así que los dos a la Audiencia Nacional. Según informan los vecinos, el granjeño volvió a su casa al poco, libre de polvo y paja (del otro no se sabe mucho más, cabe suponerle en algún manicomio). La supuesta droga encontrada en una casa de Valsaín, productos químicos. No hay confirmación alguna sobre eso.

Pero algo queda. Por más que resulten exonerados, en el pueblo quedarán ya retratados como “el yihadista”. Y una sombra de duda les acompañará durante años. Eso en el mejor de los casos.

En vivo, mientras se desarrollaba la operación en la calle Primo Gila de El Espinar, las redes ardían. De todo, desde vecinos lógicamente alarmados “porque estas cosas pasen en el pueblo”, al que aprovecha que el Pisuerga pasa por Valladolid para largar diatribas racistas. Generalizaciones del tipo “es que son lo peor”. “Son”, plural, extrapolando una supuesta conducta a un colectivo completo.

Tengo buenos amigos árabes. Tienen por defecto que no comen chorizo ni beben alcohol, me miran con ironía cuando intento ayudar a las mujeres a retirar la mesa. Defectos que compensan con muchas otras virtudes. Algunos han pasado por la cárcel. No me extraña, porque ser árabe, hoy (y ayer), en Europa, es como cargarse de magnetismo policial. Un día me tocó llevar a un colega árabe en el coche a buscar a su hija a una estación de autobuses en Madrid. “¿No has bebido nada? ¿Llevas los papeles? Porque te pararán”, me previno. Y vaya si nos pararon. Dos veces, una en el peaje de San Rafael y otra según bajé del coche en Madrid. Tener antecedentes es fácil cuando tienes permanentemente un policía detrás.

Vale. Lo entiendo. Están en la diana. A veces discuto con ellos, les digo que los principales baluartes contra todos estos pervertidos que se van a Siria a matar por Allah son precisamente ellos. Son ellos los que están en mejor situación para detectar comportamientos radicalizados. No me hacen mucho caso. Les digo que los malos juegan con ellos. Que con esto de la yihad lo único que se pretende es abrir grietas convivenciales, rellenarlas de odio, y generar bandos. Aislarlos. Aislarnos. Deben reaccionar antes que nadie.

Y muchos cristianos, también gente de bien aunque coman chorizo y beban cerveza, caen en el juego. Acumulan temor, y el miedo fragua en odio. Más cuando hay evidentes distancias culturales, no siempre fáciles de salvar. Por eso es de ley reconocer el testimonio de otros bastantes vecinos, que en las redes y en las calles apelaban ese mismo día a la prudencia. A no extrapolar, a dejar abierta la puerta de la buena fe. A no caer en la xenofobia a las primeras de cambio. Mientras gente así se mantenga firme, los yihadistas no tienen nada, pero nada, que hacer.

 

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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