Podemos surge como un proyecto político desarrollado por un grupo de intelectuales de segunda procedentes de la izquierda anticapitalista y que, a la estela de la movilización del 15M de 2011, quiso articular “la indignación” como gasolina ideológica para presentar ante el electorado una alternativa de izquierda. Desde su nacimiento Podemos aspira a gestionar el espacio político del PSOE como plataforma de acceso al poder.
Lo hizo en un momento en que la socialdemocracia europea había perdido su identidad, atrapada en los estrechos márgenes que deja el euro. Un momento de cuestionamiento y envejecimiento de la política tradicional, devenida “casta” por obra y gracia de las partitocracias y las políticas de austeridad que dicta Bruselas.
Un mediático líder y una juventud, principal pagana de la crisis y que percibe al PSOE como “stablishment”, huérfana de referentes políticos, dieron alas al naciente partido. Parece que llevan ahí desde siempre, pero fue en 2014 que empezó su andadura con unas europeas que les encumbraron al estellato político y no solo nacional. Un año después, demasiado pronto para un partido aún sin aparato, se las vieron con las primeras elecciones municipales, que refrendaron la validez del invento, llevándoles a la antesala del poder en muchas autonomías. Pero conviene recordar que hace apenas un año de aquello. En diciembre de 2015, con 61 diputados, eran ya una seria alternativa al PSOE.
Pablo Iglesias sobreactúa. Dejó pasar la oportunidad de pactar un gobierno por dos razones. Una interna; Podemos es especialmente fuerte en País Vasco y Cataluña, donde o bien defiendes la autodeterminación o estás fuera de juego (que es lo que le pasa en las dos comunidades al PSOE y al PP, están fuera), pactar con Sánchez (¡y Rivera!) le hubiera situado ante una tensión interna insoportable con sus socios vasco-catalanes, que le aportan la mitad del electorado. En segundo lugar, una razón estratégica; consideraban que una “segunda vuelta” podía darle más escaños y llevarle al “sorpasso” si conseguía pactar con una desdibujada IU.
No solo lo creía Podemos. También las encuestas y la mayoría de los analistas.
Para mí ha sido una enorme sorpresa su derrota sin paliativos el 15J, sinceramente, pensaba que desbancarían al PSOE. Y no solo yo, está claro que también los grandes grupos de comunicación, que temerosos de haber creado un monstruo, pasaron de celebrar cada gracia de Iglesias a silenciarle, amplificando cualquier salida de tono del concejal del más recóndito pueblo. Explicar que es lo que ha pasado con Unidos Podemos es la pregunta clave que deja el domingo.
Una primera respuesta es que a los politólogos no les falta razón cuando explican que el éxito electoral está en el centro político. Irse con IU, con la que comparten tantas cosas, les dará muchas banderas, pero apenas votos. El radicalismo ahuyenta al electorado.
Una segunda causa es la juventud. Para mí, lo mejor de Podemos es que ha sabido politizar a una parte importante de la juventud española. Pero dudo de que ese capacidad de conexión se establezca también con los cuarentones o cincuentones. A mí alma punk, por ejemplo, ver a la cúpula del partido puño en alto coreando a Quilapayún -esos tics de partido bolivariano- y encoméndandose a San Salvador Allende, me provoca entre flatos de risa y vergüenza ajena. Me recuerda a aquellos entrañables profes de la EGB, tan Viva la Gente con sus pantalones acampanados. Ver a un partido que acaba de perder, y de bastante, diciendo que ellos son la verídica voz del pueblo, cuando el PP les saca varios millones de votos, me parece no querer ver la realidad (que por otra parte, es lo que le pasaba a Allende). Cagarla de lleno.
Pero eso son manías de quien esto escribe, conservador y cincuentón. Más me preocupa ver las redes sociales encendidas dando pábulo a estúpidas conspiraciones de “pucherazo”; memes compartidos hasta la extenuación aplaudiendo al que da por sentado que 7,3 millones de votantes del PP son o corruptos, o estómagos agradecidos, o ricachones con cuentas en Panamá o son un montón de idiotas con el cerebro senil arrasado por la propaganda. Ellos son guapos, jóvenes, listos; los demás somos cera de la oreja.
Son políticos adolescentes. Imprevisibles y temperamentales, tan engañadizos como cualquier otro, tan de barro como cualquier otro, tan maniqueos como cualquier otro. Y esta vez se han equivocado.
Veo al PSOE y al PP incapaces de conectar con las nuevas generaciones, los que están pagando la crisis (¡ojo!, también los proletas de cincuenta las estamos pasando canutas). Pero igualmente veo a Podemos encerrado en su discurso 2.0 solo para público juvenil, cargado de retórica facilona y sectaria. Me pregunto si el mundo terminará por seccionarse entre viejos demagogos y jóvenes demagogos.
El domingo me tocó madrugar. Estaba de suplente en la mesa. Puntual y aseada llegó una niña, no tendría 20 años, la interventora de Podemos. Para ella era un día muy especial. El día de tomar partido, de mojarse por unas ideas y un proyecto. En su manera de “ser en el mundo” se la veía con la ilusión de estar participando en algo grande. “Vamos a hacer historia”, proclamaba el sacerdote Iglesias. Era algo especial, y ella se interesaba de verdad por las instrucciones que daba el secretario del pueblo. Ponía atención y entrega en detalles para los demás rutinarios, cansinos, como las instrucciones que da la azafata en el avión. Para ella el día mágico terminó siendo un mazazo de decepción.
Pero a golpes se aprende. Es así cuando tienes el futuro por delante. La letra con sangre entra, y cuanto mejor preparados estén, mejor para todos. Primera lección: cuando alguien dice “voy a hacer historia” exagera.










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