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Cataluña, empieza el cacao

Empieza el cacao, sí. El médico me ha dicho que una de dos, o dejo de fumar compulsivamente o me quito de TV3. Las dos cosas a la vez no. Que me marque una inversión en el euromillón del viernes, a ver si hay suerte y me piro al Nepal hasta Reyes Magos. O más. Porque va para largo.

No por anunciado el choque de trenes deja de asustar. Acostumbrado a ganar sin moverse del sitio todo indica que Rajoy mantendrá su apuesta. No hay conejos en su chistera. El primer paso estaba cantado, incautar las cuentas. Lo siguiente es enviar guardiaciviles tantos puedas (la delgada línea verde) A2 arriba a ver si por saturación logra aplazar el referéndum en alguna capital ni que sea un día. Al final de su hoja de ruta está, ya lo dije, la disolución del Parlament, elecciones y vuelta a empezar. Quien firme el decreto, si él o Puigdemont, matices.

¿Qué puede hacer Puigdemont? Pues lo que hace, elevar la presión emocional en la calle hasta lo insoportable. Un registro se convierte en un golpe de Estado. Una detención ordenada por el juez equivale a desapariciones de políticos a lo dictadura Pinochet. Él, que se ciscó del Estatut, la Constitución Dios y su madre, acusa al Gobierno de saltarse la legalidad (¿cuál? cabe preguntar).

La palabra clave es “presión emocional”. Llevar el clima político al paroxismo de manera que Rajoy se vaya quedando solo con su fiel Rivera y un gobierno a seis diputados de la mayoría. Y no le va mal. A las primeras de cambio ya ha saltado de bando Ada Colau, arrastrando a todo Podemos detrás en una defección difícil de olvidar e imperdonable. No creo que el PNV aguante mucho más, y el PSOE… bueno, ahí está el punto de inflexión. De momento, de 248 alcaldes “leales”, el 90% son del PSC, y creánme, lo que aguantan no está pagado.

Arriba, un agente custodia la consejería de Economía en Barcelona. Sobre estas líneas, mapa de los municipios que avalan el referéndum y los que no (en azul).

Para Puigdemont el objetivo es forzar una negociación, que en sus improbables máximos sea la secesión de Cataluña arbitrada por la UE y en sus mínimos un referéndum de verdad. En cualquier caso, la renuncia del pueblo español a la soberanía sobre Cataluña. Menos no aceptarán. Lo tienen superclaro.

Pero sin apoyo internacional, con una minoría silenciosa en la retaguardia (los pueblos en azul del mapa, los más grandes del Principado)  y la ley en contra,  Puigdemont precisa imponerse por la vía del pressing sentimental. Cuenta con no menos de 600.000 catalanes “patriotas” movilizados 24 horas sobre 24. “Estoy aquí por mi hija, que no se merece una dictadura”, explica un pelanas en TV3.

Frente a ellos la delgada línea verde. 2.000 guardias civiles a 1.450€ al mes más variables y los antidisturbios de la nacional. Dios los proteja. Sin poder enseñar ni las porras, porque claro, con tanta presión y rodeados de gasolina cualquier chispa será un incendio que no hay agua en España para poderlo apagar. Si hay mártires (y es duro decirlo), que sean de los nuestros.

Así que la cosa está clara. A cada intervención miles de “patriotas” interponiéndose ante el Estado;  todos los medios afines en modo tensión dramática. Cagando banderas desde el principio al final de emisión. Se acabaron los chistes. Y la prensa opuesta -¡cuerpo a tierra que vienen los nuestros!- reclamando sangre y fuego como si ametrallar paisanos fuera a mejorar las cosas. Ya se sabe, en este país de cada 10 cabezas una piensa y 9 embisten.

Y esto no se va acabar el 2 de octubre, ni el 22. Hasta que el cuerpo aguante. Con suerte, de esta salimos con unas elecciones para seguir en el mismo lugar (no creo que cambiar la Constitución sirva para nada, pero bueno, por probar). Sin suerte, y aunque nadie nos ha pedido la opinión, nuestro país ya no volverá a ser lo que ustedes y yo hemos conocido y fijo que mejor no será. De pena.

Entre tanto ruido les recomiendo un ensayo genial. Reinos Desaparecidos, de Norman Davies. Habla de la historia de las naciones de Europa que se perdieron por el camino. Saboya, Aragón, la República de Venecia, el gran Ducado de Lituania, Galitzia, la URSS… Una maravilla. Termina así:

“El éxito en la constitución de un Estado es, de hecho, una rara bendición. Requiere prosperidad y vigor, buena suerte, vecinos benévolos y cierto rumbo que le ayude a medrar y alcanzar la madurez. Todas las entidades políticas famosas de la historia han pasado por este examen de infancia, y muchas han vivido hasta edades avanzadas. Las que fallaron la prueba han expirado sin dejar huella. En las crónicas de los Estados, como en la condición humana en general, esta ha sido la forma en que ha funcionado el mundo desde tiempos inmemoriales”.

Hay que jugar el partido. No dejarse impresionar.

 

 

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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