Algo estamos haciendo fatal en la universidad. No es ya que un grupo de adolescentes, algunos universitarios, otros no, se plante ante un debate en el que deben intervenir Juan Luis Cebrián y Felipe González en la Autónoma de Madrid e impidan su celebración. No es solo la confusión mental de ver a colectivos libertarios actuando contra la libertad (ya dice Dostoievsky que cuanto más se ama a la humanidad, menos al hombre, cuanto más dices amar la libertad, menos la defiendes). No es el insulto a la ciencia y a la racionalidad que supone ver un intercambio de ideas abortado unilateralmente… ¡en una universidad!
Es más grave. Resulta que soy profesor asociado de la UVa. Tengo que decir que en siete años allí nunca jamás he visto algo semejante. He visto algún conato de trifulca en algún instituto de parte del típico niñato fascista que dice combatir el fascismo solo porque se maquilla con algún símbolo antifascista. Cosa menor. Chiquilladas.
El problema es que comentando en las redes la salvajada de la Autónoma, para mi sorpresa, ex-alumnos por lo demás razonables, cultos, dialogantes, defendían el boicot. Usaban todo tipo de triquiñuelas verbales para “positivizar” la gamberrada y contextualizarla en una “legitima oposición” a la presencia en el Aula Magna de un tipo -para ellos- criminal. Con las “manos manchadas de cal”, decían.
Eso me escandalizó. No eran uno ni dos. Eran bastantes.
La situación no es nueva para mí. En Cataluña, he visto y vivido como casi toda presencia del PP en la universidad (y en casi todo sitio) era y es descaradamente reventada por la típica bandita de “agit-prop” nacionalistas. Eso no me importa -o me importa menos- que la inhibición cuando no justificación por parte de compañeros universitarios de estos aberrantes escraches. “Es que van provocando”, parecen decir, y se encogen de hombros. Eso sí que duele. El estruendo, los insultos, no.
Los mismos compañeros profesores de ERC que esperaban participar en el acto, visto que no hay tal, se te acercan y te dan una palmadita. “Oh que pena, ya sabes cómo son la chiquillada”. La misma palmadita cordial que le dan a su hijo, sobrino o alumnos que está en el escrache “cómo os habéis pasado con estos, eh, que cabroncetes sois”.
En el trasfondo está una estrategia de anulación de la visibilidad del otro. Dificultando al “rival” la exhibición de sus ideas le anulas la visibilidad social. Le apartas del escenario, que queda monotematicamente inmunizado a la visibilización de las ideas ajenas.
Y esto, en un profesor universitario, es repugnante, señor Iglesias. Sí, usted, el que no hace tanto fanatizaba chavalines en la Autónoma montándole pollos a Rosa Díez. Puede que haya gente con las manos manchadas de cal, pero no es muy distinto tenerlas manchadas de tinta para la censura.
En el ejercicio de su trabajo, un profesor universitario está en primer lugar comprometido con la ciencia, luego con su ideología (que nunca deberían ser antagónicas, la racionalidad es todo lo que tenemos). Inherente a nuestro oficio es respetar la voz contraria. Porque de la voz contraria surge el contraste de ideas, y del debate, la buena ciencia. No otra es nuestra función. Y es nuestro deber trasladar ese mandamiento al alumnado.
Y no lo estamos haciendo correctamente. El respeto a la voz del que no piensa como tú no solo es una obligación moral, es una vía hacia el conocimiento. Un profesor no puede ignorar eso. No puede condenar al alumnado al fanatismo y la ignorancia. Debemos reaccionar.
¿Cómo? Redoblando esfuerzos en ese sentido. Del mismo modo que hoy podemos presumir que nuestros universitarios, por lo general, son respetuosos con la identidad de género, que se implican en la lucha por la igualdad, que reprueban las manifestaciones racistas de un profesor o de otro alumno cuando se producen. Del mismo modo que se ha conseguido esa complicidad, hay que conseguirla en el respeto a la voz del otro. Es el ADN de la ciencia.
Podemos discutir si el fin justifica los medios. Lo que está fuera de discusión en la universidad es que la finalidad es el conocimiento. Si fracasamos en inculcar eso, más vale seguir el ejemplo del compañero Iglesias y buscarse las habichuelas en un parlamento cualquiera. Pagan mejor. Eso seguro.











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