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Rambla arriba, Rambla abajo

Hay calles expansivas y otras que se te echan encima, inhóspitas como polígonos industriales en Nochebuena. En las primeras frenas el paso, en las segundas aceleras. Nadie sabe muy bien porqué pero la Rambla de Barcelona es una de las calles más expansivas del mundo. Aquitectónicamente tiene la gracia de carecer de gracia; excluyendo la entrada a la Boqueria, el semioculto acceso a la Plaça Real, o el Liceu, que tampoco dan para mucho, la verdad. Una fuente modernista aquí, un Sant Jordi en forja por allá. Casas tirando a cutres. Las tiendas guais, las fascinantes casas de los burgueses están arriba en el Passeig de Gràcia, la Barcelona medieval a la derecha.  Probablemente, cualquier itinerario que se elija, ya por el Raval, ya por el Gòtic, desde Catalunya al mar tenga más interés artístico. Pero no. Vas por la Rambla. Siempre.

Ya de muy crío sentías esa expansión vital en la Rambla de las Flores y sus quioscos cargados de diarios de todos los países; luego venía la dels Ocells (o mixons, como le llámabamos los paletos del Oeste) con sus pajarerías, la última de las cuales cerró hace cuatro años. Más allá del Liceu y el café de la Òpera empezaba la Barcelona portuaria, con aquel mostrador abierto en medio de una pared y flanqueado por ruinas humanas, “absenta” se leía en un cartelucho hecho a mano. Seguías hacia Colón, a ver un trocito de mar de chocolate batido por las golondrinas, pasando por delante de turbias y estrechas bocacalles. En las cercanías del café Ambos Mundos los paisanos te enseñaban los huecos esculpidos en el suelo de mármol de un portal. Las huellas que dejaron décadas de putas distrayendo el frío húmedo a taconazos. De Canaletas al Port Vell, en los laterales, no hace tanto se amontonaban los peores restaurante para guiris que yo haya visto jamás. Tortillas de patatas con lágrimas de salmonelosis. pizzas de Tranchetes y gazpacho de tomate frito. En las casas, desvencijados letreros de negocios improbables. Los chiringuitos de recuerdos eran un batiburrillo de muñequitas andaluzas, toreros de terciopelo, espadas del Cid y, no se sabe porqué, sombreros mejicanos. Hoy la Rambla es ya otra cosa; franquicias de alimentación con carta en mil idiomas, elegantes tiendas de souvenirs con gadgets gaudinianos, dragones y Barça Corner por doquier: Mesís a cien pavos. Los hombres estatua de los 90, yonkis tembloros con una sábana y la cara pintada con ceras Dacs, han dado paso a artistas de la inmovilidad que cotizan como Autónomos. Lo cutre del siglo XX es en el XXI un cutrelux para cruceristas, que no sé si es peor, pero es desde luego mucho más limpio.

Es igual. No hay nada digno de verse en la Rambla pero aquello estaba, está y estará cargado de inexplicable fuerza vital. Rambla munt, rambla avall, rambling, rambleando.

 

En los 90 estudie en la vieja escuela de idiomas, trabaje un tiempo en Pelai. Al salir del curro me iba derecho al Glaciar, a la Òpera, contento como un cascabel y fascinado por la maraña humana. Senyeres revueltas con capotes de lidia, Aromes de Montserrat y Jerez Osborne. Cuponeros de la ONCE y vendedores de todo lo demás escondidos en los portales. Rambleaba atento al nota de turno, al guiri borracho montando el pollo, a los moros mirándole la cartera asomada al bolsillo del pantalón. Guitarristas ingleses berreando a lo punk, viejos alimentando palomas. Boixos Nois de resaca tras celebrar un triunfo del Barça. Gente normal, miles. Y los que forman parte del paisaje, Jaumes Sisas saliendo de un tugurio de spanish croquets al empezar o al acabar de una de sus interminables farras. Periodistas de La Vanguardia. Gitanos del Raval, “pakis” de la calle Hospital. Hoy ha cambiado, claro. Pero el espíritu ahí está. Se huele. Los visitantes no van de Cataluña a Colón por el Gótic, y mira que es más bonito. Siempre por la Rambla.

Es lo que tiene ser una arteria cargada de oxígeno urbano. No sé que será eso pero queda bien. Es una calle especial, expansiva, vitalista. Del mundo y para el mundo. Es como la vitamina D.

La sangre ya ha corrido por ahí varias veces y a chorro vivo. 1893, en pleno Guillermo Tell dos orsinis estallan en la platea del Liceu, 20 muertos (la víspera, al segoviano Martínez Campos le echaron otras dos bombas; un tipo duro, heridas leves). En la Semana Trágica, 1909, 80 muertos y otros tantos conventos ardiendo de la puerta a las tejas. 18 de julio del 36, por arriba y por el metro  (la actual línea 3, la verde) subían las columnas de milicianos para parar los regimientos de sublevados en la plaza Catalunya, 500 muertos (tirando bajo). Mayo de 1937, la CNT se atrinchera en Teléfonica; más abajo, en el número 138, Hotel Continental, Orwell resiste con sus colegas del POUM, otros 500 cadáveres. Marzo de 1938, la aviación franquista suelta 44 toneladas de bombas básicamente sobre la Rambla y la plaça Catalunya, mil muertos en números redondos.

Se limpia la sangre, se levantan las chapas de los negocis. La vida vuelve a fluir. Nadie pasa por la calle del Pí o de la Palla si vas del Zurich a Colón. Esto es así: ya puedes ser un lerdo cagacoranes que no puedes con tanta vida. No puedes cerrar las Ramblas.

Se intenta; siempre hay un resentido social, fanático más malo que el tifus, que envidia la felicidad del prójimo. Envidia la expansión, la vida, la luz. Pero esta calle tiene magia, nadie sabe porqué si es fea como un pecado. Será el feng-shui, será el Mediterráneo o el culo de Colón que te mira desde Capitanía… No se sabe. Pero es lo que hay. No se puede con ella. Abierta siempre. No conozco a nadie que no quiera volver algún día.

 

 

 

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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2 Comments

  1. Me ha recordado mi pueblín, que también es un poco suyo. Al final, pese a sus cambios, y salvando las distancias, grandes distancias: calle Real arriba, calle Real abajo. Gracias.

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  2. Sí, seguiremos yendo y paseando nuestras vidas por las ramblas, las calles reales y todas las calles expansivas! Me gusta, Luis! Un abrazo

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