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Contra la democracia participativa

Es como un virus. Cada cuando (especialmente cuando los grupos políticos se quedan in albis en la pseudociencia de lo mocionciología) sale el concejal X a reclamar “fiestas participativas”, “presupuestos de inversión participativos”… A falta de otra razón, ¡participación!

Hay que hilar más fino, una cosa es escuchar a las partes, generar plataformas donde si uno va a abordar políticas de agua se consideren los usos agrarios, urbanísticos, industriales, ecológicos… Otra cosa es pretender dar a esa decisión un aire asambleario. Y para eso se invita a tal sindicato, a tal organización vecinal, al colectivo de mujeres, a la junta de cofradías… Tras muchas idas y venidas, al final, lo que tal simposium encubre no es otra cosa que un desplazamiento de la responsabilidad. “No he sido yo el que ha decidido, han sido los ciudadanos”. O mejor, “como no hay acuerdo, no se hace”.

El político olvida así que el representante de los ciudadanos es él. Una organización vecinal está para velar por los intereses de ese vecindario. Una organización feminista, vegana o de lo que fuera, está para -legitimamente- reclamar políticas de igualdad, contra el maltrato animal, o contra el machismo. Pero no me representan. A efectos decisiorios tienen la misma relevancia que Unión Fenosa o la compañía del gas.

Por no hablar de que, en el fondo, delegar la participación política en un “colectivo” es quitarse a uno mismo jurisdicción. Yo voto en la elecciones de mi pueblo, pero no en las de la asociación de peñistas.

En el fondo es el concepto de democracia representativa contra democracia participativa. En el primer caso votamos a un representante para que gestione “el común”, la res publica. Si no nos gusta como lo hace, al cabo de un tiempo le echamos. El segundo caso pretende ser un paso más allá. Una evolución. Determinadas decisiones, las más trascendentales, son sometidas a la decisión del ciudadano. Y el que más chifla, capador (curioso proverbio castellano que nunca terminé de entender o no quiero terminar de entender).

Teóricamente más perfecta, en la práctica, la democracia participativa ha devenido históricamente coartada de las dictaduras. Democracias participativas se pretendían la España de Franco y su “democracia órganica”, los soviets o la Al-Yamahira de Gadafi. Con el cuento de que el ciudadano ya puede participar directamente en la res publica se prescribe el partido único y a otra cosa.

Otro riesgo es la burla de la ley por la vía del plebiscito. A lo Erdogan o a lo Puigdemont. Como la ley me impide hacer tal, convoco una referendum en el que mi acción ilegal queda legitimada por el respaldo popular. Eso es la dictadura de la mayoría más uno sobre la mayoría menos uno.

Me da la impresión de que algunos partidos, sustancialmente los nacionalistas y Podemos (y tiene su aquel en este caso, viniendo de una criatura de supuestos expertos en teoría política) absolutizan la democracia. Es más importante la democracia que el Estado de Derecho. Es más importante que la acción de gobierno descanse en una mayoría más uno que acomodar tal acción de gobierno a las leyes imperantes. Y no. Tan malo es absolutizar la democracia como el Estado de Derecho. Por eso una cosa no puede ir sin la otra. La ley debe establecer cauces para su enmienda, la democracia no puede pasar sobre las leyes sin cambiar antes esas mismas leyes. Son dos caras de la misma moneda. Y en el punto de inflexión está la representatividad ciudadana en ayuntamientos, parlamentos regionales y cortes. Saltar por encima de su jurisdicción apelando al pueblo es trampa. ¿Que tiene sus inconvenientes la representatividad (hay que pechar con aparatos partitocráticos, lobbys, abogados)? Todo lo tiene, pero del mal el menos.

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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