Básicamente, al cumplirse 38 años de la entrada en vigor de la Constitución Española las posiciones son las siguientes. El PP no quiere abrir ese melón, todo lo más, parecen dispuestos a lavarle la carita y aplicar un poco de botox. El PSOE da la impresión de que quiere cambiarla para que las cosas sigan como hasta ahora, “adaptarla a los nuevos tiempos”; Podemos e IU consideran que ya toca una reforma en profundidad, por no decir un nuevo marco jurídico.
En consonancia con lo anterior, en Segovia el PP movilizó a sus Nuevas Generaciones para repartir constituciones entre grandes banderas rojigualdas; leer manifiestos en los que se recuerda que “la soberanía es del pueblo”. El PSOE, sin bandera pero con logo, se pasó por Santa Columba para, por boca del secretario general de JSE, Sergio Iglesias, manifestar que “es necesaria la modificación de la Constitución, ya que cada vez más gente siente que no le representa por estar anticuada y por no recoger
muchas de las inquietudes y demandas de la sociedad moderna”.
En su Facebook, Daniel López Vela, viene a decir que la Constitución del 78 está agotada. “La Constitución de 1978 nació en un momento muy difícil de la historia de nuestro país; sin duda, se consiguieron avances plausibles para avanzar en democracia. Sin embargo, es un texto que sirvió para “blanquear” elementos del franquismo”. El de Podemos asume, por así decir, el discurso de IU, que en los últimos años se ha cansado de “deslegitimizar” la Carta Magna atendiendo a un pecado original: los que la votaron estaban chantajeados por el miedo.
No es verdad. Pero tampoco es mentira del todo; lo único importante de la Constitución es el modelo territorial, y ya como cosa más simbólica, pero de gran calado, la jefatura del Estado, si corona o república. Luego hay tecnicismos (independencia del poder judicial y tres o cuatro cosinas más).
Hubo líneas rojas, siempre las hay. Una la fijó Suárez: la corona, innegociable (más que nada porque necesitaba el apoyo del entonces rey) . Otra la pusieron las minorías vascas y catalanas (los vascos, finalmente, se abstuvieron por la cosa de Navarra, pero fue una abstención cómplice). No había nadie más detrás, ni menos los militares. No es verdad que hubiera un “poder fáctico militar” en la sombra. No es verdad que fuera lentejas. Simplemente eran las condiciones de posibilidad del consenso.
La teoría del golpe de Estado, como toda teoría de la conspiración, no es cierta, como se comprobó posteriormente en 1981, en un golpe esperpéntico que se sospecha iba más contra Suárez -con la ambivalencia nunca bien aclarada del propio rey Juan Carlos– que por la restauración del franquismo). Y no es cierta por tres factores. El franquismo sociológico se había pasado en masa a la democracia (como lo prueba el exiguo resultado de Fuerza Nueva y La Falange). La capacidad operativa del ejército español dependía, en su totalidad, de los Estados Unidos, que no quería saber nada del franquismo (en la Casa Blanca estaba Jimmy Carter, un plácido demócrata, posiblemente el presidente más pacifista que han visto los tiempos). Y por último, durante décadas el propio Franco había diseñado un demencial ordenamiento militar al único fin de evitar cuartelazos contra su persona (le funcionó de maravilla).
Al PSOE le costó asumir el autonomismo (y aún le cuesta), pero bastante menos la monarquía. De hecho, ya en Suresnes (1974) Felipe González aparece con la rojigualda de fondo, no con la tricolor (no estoy seguro, ojo, agradecería que alguien confirmara ese dato). El PCE, en cambio, con su rama catalana el PSUC muy activa, entró en el autonomismo sin problemas; el trago duro fue renunciar a la tricolor. Pero sí renunciaron a eso no fue tanto por “miedo” o “chantaje”.
Renunciaron porque a resultas de una operación de imagen sostenida en el tiempo la gente era enormemente Juancarlista. El entonces rey suscitaba pasiones. Así de claro. Anécdota. Yo tenía 11 años en 1976 cuando el profe (escuela nacional masculina) nos dijo, “a formar que viene el rey a la ciudad. Aquí tenéis una banderita y para allá que nos vamos”. Yo y otros cuatro o cinco dijimos que no íbamos, el profe amenazó con deberes y con quitarnos la pelota, pero sabíamos donde había escondida otra bola. El profe nos miró con simpatía, no nos quitó la pelota ni nos puso deberes. “¿Alguno más se queda con estos?”, preguntó el profe. Nadie más. Recuerdo una larga ristra de chavales con batas de rayas marchando festivos camino del Gobierno Civil. Nosotros “los opositores”, mirándoles con un poco de envidia desde las rejas del patio.
Digo que el rey suscitaba pasiones. Digo más, la bandera tricolor era repelente electoral. La España de aquella época no quería saber nada de la retórica del 36. Quería pasar página. Así que quienes concurrieron a las elecciones con la tricolor o con las siglas republicanas, ERC, se pegaron la gran torta en el 79.
Que la “demonización” de la República fuera una cuestión más de imagen que real, décadas y más décadas culpando a los políticos republicanos de incapacidad para atajar la guerra, sin duda. Pero es que exactamente lo mismo pasó con las banderas rojas de la hoz y el martillo, con las rojas y negras de los falangistas y cenetistas o las aspas de San Andrés de los Carlistas. El electorado asociaba aquello al pasado. Prefirieron la flor en un puño y el donut bicolor centrista que las hoces y los martillos. ¿Manipulados? Acaso (nuestros padres no eran idiotas) menos de lo que la gente se piensa.
La cuestión es que se pactó una Constitución de acero galvanizado. Tal como está redactada, la Constitución Española en sus aspectos más fundamentales está hecha para desafiar el tiempo. Precisa 3/5 partes de Las Cortes para tocar una coma en aquellos aspectos más técnicos (solo ha pasado dos veces). En cuanto a lo gordo, exige 3/5 partes, referendum y disolución de la Cámara. Palabras mayores.
En 1978 votaron a favor desde el nacionalismo catalán al Partido Comunista. Solo el PNV se abstuvo (y el que calla otorga), así como un par de tránsfugas de AP y los 2 independentistas de ERC. Votaron en contra otros 6 tránsfugas de Alianza Popular, y el representante de Euzkadiko Ezkerra.
Y aquí viene la gran cuestión. Lo que nos legaron aquellos hombres es que, como poco, “para cambiar la Constitución vais a necesitar un consenso similar al que nosotros hemos llegado”. Una previsión sensata.
¿Hemos llegado a ese consenso? ¿Qué nos impide llegar a él? Las cosas, a veces, hay que merecerlas.











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