No tenemos memoria climática, así que durante muchos años se pensó que el clima era inmutable: siempre el mismo.
La cosa cambia con un leñador, que en 1821 explicó al naturalista Jean de Charpentier que el glaciar de Grimselpass mermaba. Junto a otros naturalistas, Charpentier va dando forma a la idea de que el clima oscilaba entre periodos glaciales hasta su conceptualización por Louis Agassiz en 1850. Periodos de enfriamiento con descensos del nivel del mar (en el último máximo glacial podría estar 120 metros por debajo del actual) alternados con niveles de calor y subida de la altura media de las aguas.
Agassiz no sabía la causa. Bueno, la atribuía a la mano de Dios, que para la mejor gestión del planeta alternaba cataclismos (frío) con periodos afortunados (calor). Hubo que esperar a 1920, cuando el ingeniero serbio Milutin Milankovic publica su trabajo sobre la incidencia del eje de la tierra en el clima. Durante años se pensó que los cambios climáticos respondían a variaciones orbitales planetarias.
Y de hecho este sigue siendo el paradigma. Pero el estudio de un fenómeno caótico como el clima no ha hecho más que empezar. Hoy sabemos que, además de las variaciones de Milankovic influyen las técnicas de placas, la vulcanología, actividad solar, las corrientes termohalinas (a mayor o menor salinidad del agua se alteran las corrientes oceánicas y en consecuencia los flujos de agua caliente y fría). Y desde los años 70 los científicos añaden a este grupo causal la composición atmosférica.
Todo lo caliente tiende a enfriarse. Los cuerpos calientes desprenden energía en forma de radiación electromagnética (la luz, por ejemplo). A mayor temperatura menos longitud de onda. Escribe Lous Cosin en el blog Crashoil. “Muchas moléculas pequeñas gaseosas, presentes en la atmósfera en cantidades apreciables, como el vapor de agua (H2O) y el dióxido de carbono (CO2) captan energía justamente a esas frecuencias y la transforman en calor (es decir, en agitación molecular). De esta manera, captan el calor que la superficie emite e impiden que escape al espacio. Como la radiación solar se mantiene aproximadamente constante, el balance energético resultante hace que la temperatura de la superficie aumente. Esto es lo que se conoce como efecto invernadero“.
Por tanto, al grupo de teorías geológicas y astronómicas ya constrastadas en su incidencia climática hay que añadir el efecto invernadero.
Hoy la comunidad científica tiende a pensar que en mayor o menor medida las actividades humanas, sobre todo la ganadería (metano) y la producción de energía fósil (dióxido de carbono, CO2) interactúan con las otras variables para acortar sustancialmente el dinamismo climático “normal”. ¿Qué quiere decir eso? Que la actividad humana hace que cambios climáticos que sin en el condicionante humano se desarrollarían en ciclos de miles de años repercuten en mucho menos tiempo. Un impacto muy ilustrativo es la subida del nivel del mar, no es lo mismo que el agua suba 0,7 milímetros año que 3,1. No es lo mismo que una especie cuente con varios milenios para aclimatarse a un cambio que un par de siglos o un par de décadas.
Naturalmente, todos estos aspectos son muy discutidos por la comunidad científica. Pero como me dice un amigo que investiga estas cosas, “que la cosa se calienta, se calienta, y rápido”.
¿Qué podemos hacer?
¿Se puede hacer algo? Consideren bien esa pregunta, muchos científicos piensan que es preferible esforzarse en mitigar los efectos del calentamiento que en intentar combatir la causa. Si piensan, por contra, que sí podemos “hacer algo”, el siguiente paso es penalizar la ganadería y restringir las emisiones de CO2, paralelamente a acciones de retención de C02 (plantar árboles, sumideros de CO2). Pero claro, lo que haya que hacer tendrá sentido
si se acomete desde una perspectiva global. No tiene sentido que Andorra impoga un impuesto a las vacas y Francia lo quite.
Por ejemplo China. El país más poblado del mundo tiene en el carbón su principal fuente de energía, y necesita mucha energía y muy barata para conseguir una producción eficiente. No es lo mismo para los europeos, para quienes el carbón no es una energía barata y la podemos sustituir por energía renovable. No es lo mismo para América del Sur, que tiene en la ganadería un importante nicho económico y que se nutre de energía hidroeléctrica sin excesivos problemas.
Para mí hay demasiados intereses contrapuestos para una acción global efectiva. Creo que la cumbre de París, como la de Kyoto antes, es un mero brindis al sol. 180 discursos en un día se llegaron a a proferir para alcanzar un acuerdo basado en un decepcionante condicional: “los países deberían”.
Perder el tiempo y el dinero. Más nos vale ponernos las pilas y operar desde una perspectiva regional. ¿Cómo? Por supuesto a Europa le interesan económicamente las renovables y cortar su dependencia con el petróleo. Más coches eléctricos es más industria, más empleo y más inversión tecnológica. Al tiempo, debemos ensayar una ganadería más sostenible.
Hay dos problemas gordos en este planteamiento. Se dice poco pero la energía y agricultura sostenible precisan también materias primas escasas, no sostenibles (sobre todo, en lo tocante a baterías y acumuladores). Esto hace que actualmente el desarrollo del coche eléctrico y la acumulación energética siga siendo bastante insatisfactorio (solo hay que subir -o empujar- al autobús eléctrico de Urbanos de Segovia para comprobarlo), y más si estamos pensando en una sustitución masiva y en el medio plazo.
El otro problema es que es suicida penalizar la ganadería o la producción sostenible abriendo mercados a la no-sostenible. Tarde o temprano, en Europa deberemos recuperar los aranceles, penalizar fiscalmente importaciones “no sostenibles” y lo que eso significa, pérdida de mercados (si nosotros ponemos aranceles ellos también nos los ponen). Pero entiendo que esto puede suavizarse acometiéndose no desde un punto de vista “nacionalista”, de mera protección de la producción interna. Creo firmemente en que los aranceles deben servir para ser reinvertidos íntegramente en China y países emergentes en sostenibilidad. Visto así, el cambio climático es una oportunidad económica para todos, no una amenaza.
Total: el cambio climático es uno más de los problemas ambientales a que nos enfrentamos. Y todos pasan por la misma solución: sostenibilidad.











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