Escribo estas líneas cuando la actualidad política española parece girar exclusivamente en torno a investigaciones judiciales, filtraciones, autos y escándalos. Cada día surge una nueva noticia. Cada semana aparece un nuevo episodio inesperado. Y, sin embargo, existe el riesgo de que el ruido nos impida comprender el verdadero problema de fondo: la gobernabilidad del Estado.
Durante esta legislatura no se ha presentado un solo proyecto de Presupuestos Generales del Estado; el sistema de bloques ha destruido la posibilidad de alcanzar consensos para abordar los grandes problemas del país y, poco a poco, se deteriora el orden institucional y se resquebraja el Estado de derecho. Los ciudadanos pierden día a día la confianza en la política y el presidente del Gobierno —como comenté en mi anterior artículo— parece incapaz de asumir su responsabilidad política. Su visión personalista, expresada en su autodenominado Manual de resistencia, le ha permitido gobernar al margen del Parlamento, manteniendo un enfrentamiento abierto con el Poder Judicial, mientras ministros y presidente intentan cohesionar a sus seguidores en un marco de polarización, populismo y posverdad, como el que describe Moisés Naím en La revancha de los poderosos.
En la etapa democrática más reciente de nuestro país, el bipartidismo moderado nos ha permitido alcanzar los mayores avances económicos y sociales de nuestra historia. La cuestión decisiva para España ya no es únicamente qué ocurrirá en los tribunales, sino cómo recuperar la confianza social y evitar una creciente fragmentación política.
Para ello, España necesita que las dos grandes tradiciones políticas que han vertebrado las democracias occidentales estén representadas con solidez, sentido de Estado y vocación mayoritaria. No es bueno para nuestro país que la socialdemocracia —más allá del fetichismo de las siglas— sufra una creciente desconexión con una parte significativa de la ciudadanía; del mismo modo que tampoco sería deseable que el espacio conservador o liberal perdiera su fortaleza. El exceso de fragmentación y el predominio de los extremos generan siempre inestabilidad.
El PSOE de Felipe González logró sus mayores éxitos cuando renunció al marxismo y fue capaz de construir un proyecto reformista, integrador y de vocación mayoritaria. Aquel socialismo no triunfaba porque movilizara a una minoría ideológica especialmente activa. Triunfaba porque convencía a trabajadores, clases medias, jóvenes, profesionales, pensionistas y ciudadanos de distintas sensibilidades políticas de que existía un proyecto común para España. Su fortaleza residía precisamente en ocupar el espacio central de la política española y no en someterse a los marcos ideológicos de la nueva izquierda surgida durante la última década.
Un repaso a la evolución de la socialdemocracia europea permite observar que solo ha gobernado de forma estable cuando ha actuado como una fuerza transversal. Cuando se ha refugiado en posiciones identitarias o ha sido arrastrada hacia posiciones ideológicas más extremas, ha perdido capacidad de influencia.
Una parte creciente de la sociedad española percibe que eso es exactamente lo que está ocurriendo hoy. No porque el PSOE haya renunciado a defender la igualdad, la justicia social o los servicios públicos, sino porque ha subordinado el interés general a la necesidad permanente de mantener una mayoría parlamentaria cada vez más frágil.
La dependencia de fuerzas independentistas y nacionalistas, las concesiones territoriales percibidas como privilegios, la política de bloques y la estrategia de confrontación permanente han contribuido a erosionar la imagen de un partido que durante décadas fue considerado una referencia de estabilidad institucional y sentido de Estado. Se trata, en definitiva, de una pérdida de confianza —fundamento de cualquier proyecto político duradero— que el presidente del Gobierno parece negarse a reconocer y afrontar.
Las investigaciones judiciales que afectan a personas que han ocupado puestos relevantes en el partido y en el Gobierno, las polémicas que rodean a miembros del entorno presidencial y las informaciones que se suceden día tras día han generado una profunda inquietud entre votantes y simpatizantes. No solo entre los adversarios políticos del PSOE, sino también entre quienes durante años depositaron en él su confianza y hoy comienzan a sentirse decepcionados.
Cuando una legislatura se desarrolla sin Presupuestos Generales del Estado, cuando se acumulan derrotas electorales, cuando la polarización sustituye al consenso y cuando la confianza institucional se deteriora de manera visible, la convicción democrática exige devolver la palabra a los ciudadanos.
España necesita recuperar espacios de encuentro, reconstruir consensos básicos y volver a situar el interés general por encima de las estrategias de supervivencia partidista. Y para ello resulta imprescindible conocer qué piensa realmente la ciudadanía.
La sociedad española necesita un partido de izquierdas con visión reformista y capacidad transformadora, capaz de consensuar las grandes reformas que nuestro país necesita para garantizar su gobernabilidad. Si el PSOE quiere desempeñar ese papel y volver a ser una alternativa de gobierno en el futuro, deberá emprender una profunda reflexión sobre su orientación política actual.
Necesita una dirección renovada, en el sentido más amplio del término, que impulse una nueva cultura política capaz de sustituir el relato y los golpes de efecto mediáticos por políticas reales orientadas a mejorar el bienestar de los españoles. Solo así podrá presentarse nuevamente ante la ciudadanía como una opción de gobierno creíble y recuperar la confianza de quienes hoy contemplan con preocupación y desánimo la evolución de la socialdemocracia española.












Últimos comentarios