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Bajo la tiranía de la audiencia

En los últimos meses Podemos se está luciendo de todo lucimiento. La negativa a pactar un gobierno con el PSOE, el permanente desgarro interno, el ocaso de un líder… Curiosamente, los líderes y simpatizantes suelen coincidir en que «hay cosas que se han hecho mal», aunque rara vez entran al trapo, prefiriendo detallar las que ha hecho mal la otra parte (que tampoco serán pocas), y algo que me irrita especialmente, culpando a los medios de distorsionar sistemáticamente la imagen de Podemos.

Vaya por delante que es algo común. Cuando el PP se pega el garrotazo electoral, cuando se lo pega el PSOE, los derrotados emplazan a un gran auto de fe en el que se hará la oportuna «autocrítica«. Que termina por «reconocer graves errores de comunicación». «No hemos comunicado bien, lo que aunado a la manía que nos tienen los diferentes medios…» Hala, un periodista a la calle.

Y me pregunto qué será eso del cuarto poder y la cacareada capacidad de hacer y deshacer de los pobrecitos de los periodistas. Desde sus orígenes el socialismo se enfrentó a una cuestión. Siendo tan evidente  y científico aquello del materialismo dialéctico, ¿por qué demonios parte de la sociedad ponía tantos reparos a la liberación revolucionaria? No solo eso, a veces eran los propios oprimidos los que corrían a defender a sus supuestos opresores. Karl Marx lo explicó apelando, además de a los mecanismos de represión del Estado, al concepto de alienación. El capital se asocia con ámbitos de consolidación ideológica (arte, iglesia) para alienar a la masa.

Pero ni por esas. En 1919 Alemania ofrecía toda la sintomatología desarrollada en El capital para caracterizar un proceso revolucionario arrollador. Pero tampoco. Los espartaquistas fracasaron. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknech fueron asesinados. Entonces surgió la Escuela de Frankfurt, influyente corriente  marxista, que alumbró la teoría de las «industrias culturales«. Es la cultura popular, el cine, la publicidad, los nuevos formatos comunicativos los que proyectan sobre el proletariado expectativas vitales irreales (ellos -Habermas, Adorno, Horkheimer- se apoyaban mucho en el entonces en boga y hoy totalmente desprestigiado Freud). Las aspiraciones de los trabajadores no son La Justicia Social, la fraternidad obrera, sino, más bien, sublimar su sexualidad conduciendo un Mercedes y simbolizando sus anhelos de poder emulando hábitos de los ricos.

Lo que sitúa a la Cultura, así en mayúsculas, como el verdadero factor alienante de las sociedades actuales, teniendo los medios de comunicación el papel de lacayos en todo esto.

Despliegue mediático para una ministra.

Pero no es así. Nuestro dictador particular es el mercado sí, pero uno mucho más caótico y refractario al control: la audiencia. No grandes corporaciones que nos pagan para silenciar esto o amplificar lo otro. Si publicamos bobadas es por mera subsistencia. Algunos medios, pequeñitos, especializados y residuales, aún podemos abstraernos de esa tendencia porque parasitamos un nicho informativo muy concreto (por ejemplo, lo local). Pero cómo pueden ustedes comprobar en la portada de todo digital «grande», no falta la sección de bobadas, culos y tetas, el último grito en estofar kiwis para adelgazar o el vídeo escabroso de la jornada. En la prensa papel aún se podía soslayar algo el tema, pero en la digital, en que un marcador me dice cuántas entradas exactamente recibió el culo de Belén Esteban y cuántas el último avance en teoría de cuerdas, el impacto es demoledor. Tanto que en las grandes plataformas televisivas imperan hoy unos noticiarios chillones a más no poder. Tele 5 se plantea, directamente, suprimir los boletines informativos. Antena 3, que debería, se jacta de ser líder de audiencia con esa sección de «deportes» basada en las hazañas de paracaidistas sordociegos, mientras desde la «calcinada Sierra de Madrid«, la periodista pide paso para desinformarnos a lo grande. «El incendio de naturaleza provocada en los montes de Valsaín avanza imparable»… Así estamos de bien.

Y esto tiene una razón de ser. Hoy un algoritmo, en función de las visitas más recurrentes desde su móvil, le ofrece al consumidor un surtido menú de «noticias personalizadas». De manera que impera lo chillón, porque es lo chillón lo primero que acapara nuestra atención de primates. Les aseguro que el impacto en las analíticas de audiencias es brutal. De modo que si usted se enoja porque Alexandra, Cortana o la fulana que tenga usted instalada en su barra de navegación, no le sirve más que noticias chorras es porque en los últimos días usted no ha parado de deleitarse con noticias chorras. Que si se adentra usted en las novedades sobre matemática del spin, mesones y quarks, verá como su móvil se puebla de los últimos avances del CERN.

En realidad, tampoco estamos tan mal. El algoritmo suele poner un poco de todo y a la audiencia media le gustan los chismes y las noticias luctuosas, pero también información solvente del frente político o cultural o social. En el fondo, y esta es la moraleja del asunto, a Google le importa un pimiento alienarle a usted con fotos de culos o fotos de partículas. A Google solo le interesa ordeñar pautas de consumo de datos de una IP (ni siquiera necesita saber si varón o hembra, si niño o viejo) para optimizar sus anuncios de comercio on line y ganar más dinero.

Llegados aquí el compañero marxista suelta un «hmmm, ¿lo ves? Ganar dinero… Es la necesidad de multiplicar la plusvalia lo que, hoy como ayer, condiciona la información». Empeñado en minusvalorar la otra lectura posible del argumento: es la audiencia la que dicta dónde está el dinero. El dinero solo intenta correr en la dirección oportuna, y siempre habrá alguno que se lleve el gato al agua, mande Pablo o mande Pedro.

Desengáñense, señores de Podemos, de Ciudadanos, del PP, del PSOE. Si se les da tralla no es porque oscuros poderes en la sombra dicten políticas de comunicación, ni porque «el poder» nos dé más o menos anuncios (ergo dinero) si decimos esto o lo otro. Si se les da tralla es porque se la merecen.

 

 

 

 

 

 

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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2 Comments

  1. Una audiencia de 8 millones de personas viendo a la Pantoja tirarse de un helicóptero, creo que lo dice todo, o casi todo.

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