Lo ha dicho por activa y por pasiva y su escudera Gamarra asiente junto a él con firmeza. Y puede que tengan razón, pero ya tenía que haber aprendido que primero debería desprenderse de VOX, o integrarlo en sus filas, como antaño, para tener una mayoría conservadora. A lo mejor así, jugando al despiste, conseguiría mantener el voto de los conservadores civilizados y añadir los de los ultras. Pero ¿qué partido democrático va a apoyar un Gobierno con la participación de VOX? Así no se le arregla.
Debe de ser frustrante estar a punto de alcanzar la zanahoria de la Presidencia y ver como se le escapa en el último momento. Ya le ocurrió en julio pasado y se repite ahora, encandilado por la posibilidad de que su deseado Sánchez tirase la toalla. Confieso que, aunque parezca una frivolidad, cuando me imagino la cara que se les debe de haber quedado, tras conocer la decisión del Presidente de mantenerse en su puesto, como deseábamos los llamados progresistas, me entra la risa.
Ahora, es importante que, después de la angustia que reconozco que hemos pasado estos días de incertidumbre, pensando que Sánchez desfallecía, es que esto sea realmente útil para mejorar nuestra democracia. Empezando por las formas usadas en los debates parlamentarios. Sería ingenuo pensar que, de pronto, Feijóo deje de utilizar, impertérrito, la mentira como herramienta habitual de su discurso, ni que Gamarra y Tellado (al que no puedo evitar, lo siento, imaginármelo con sotana en un pulpito de aldea gallega) moderen su agresividad escénica, pero sí que exigiría a los diputados que apoyan al Gobierno que se alejen del “y tú más” y se limiten, para dar ejemplo, a mantener el debate con argumentos claros y fundamentados, como nos tiene acostumbrados la vicepresidenta Yolanda Díaz. Eso es educación parlamentaria.
Pero lo fundamental es que se utilice el apoyo manifestado por los demócratas progresistas al Gobierno de coalición, para encarar con absoluta firmeza el gravísimo problema de la evidente utilización política de la Justicia. Y no por el caso de Manos Limpias y sus jueces facilitadores, que, aunque pueda haber sido la gota que colmó el vaso del Presidente, no va a ninguna parte, a mi juicio. Ha habido casos de acoso a la izquierda, o de protección a la derecha, muchísimo más graves, propiciados por el juez García Castellón, por ejemplo, sin que se haya reaccionado tan aparatosamente. Miedo me da, por el prestigio de la Justicia española, lo que puedan decidir los Tribunales europeos sobre sentencias relacionadas con el “Procés,” sobre las que plantean muchas dudas prestigiosos juristas.
Sin duda la separación de poderes es fundamental en un Estado de Derecho y debe estar plenamente garantizada pero, no nos engañemos, la objetividad de los jueces no es absoluta y a veces se ve influida por ideologías políticas que degradan su ejercicio y tienen que aplicarse controles eficaces, que existen, para evitarlo
Lo tremendamente grave es que el Consejo General del Poder Judicial, del que en parte depende la solución de estos problemas profesionales, lleva años secuestrado, sin paliativos, por el Partido Popular, lo que impide su normal funcionamiento y degrada su prestigio y el de sus componentes.
El empeño indisimulado del PP en controlar el CGPJ con mayoría conservadora de sus componentes, demuestra su pretensión de influir políticamente en su labor. Después de recurrir a todas las artimañas posibles, incluido el recurso de un mediador europeo, que también ha sido un fracaso, no le queda más remedio que llegar a un acuerdo para su renovación y en caso contrario tendrá que tomar la iniciativa el Gobierno, unilateralmente, planteando al Parlamento alguna fórmula para conseguir la renovación sin más contemplaciones-













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