Cada domingo de mi infancia bajaba al kiosko del señor Alejandro frente del Instituto Primo de Rivera. Después, iba a comprar el pan a una pollería de José Zorrila donde un señor me bailaba las pesetas del cambio sobre el mostrador de cinc y me regalaba un colín. Decía que las de “Franco gordo” bailaban mejor que las de “Franco flaco”. Al subir con el “recao”, mi padre y yo, cronometrábamos cuánto tardábamos en hacer el autodefinido. Esto convirtió a El País en mi “magdalena” de la infancia, en mi “rosebud” de la adolescencia, hasta el extremo que no recuerdo una mañana de domingo feliz sin el periódico al lado. Aunque tuviera que desplazarme. Hasta en mis entrevistas de trabajo lo llevaba. A veces arrugado como lo lleva un corredor de encierros. Visible y orgulloso como quien lleva una bandera en un reloj gordo como Franco gordo.
Recuerdo a Savater ya en la universidad, no coincidía con su pensamiento, pero admiraba su forma de pensar. Esta semana el filósofo ha sido amablemente despedido. Llevaba tiempo pidiendo una relación abierta y Prisa ha decidido no aguantar más cuernos. Un periódico es una empresa, pero uno bueno, es algo más.
A los que otorgaron el cuarto poder al periodismo se les olvidó dotarlo de financiación. Es como si los jueces dependieran de la publicidad y “los likes”. Y la empresa decide, pero creo que es un error porque el periódico global pierde un referente ético para una generación y se hace más local. Un País más pequeño. Y menos lejano. Lo que gana en su relación con Moncloa lo pierde con sus lectores.
Hay un problema de fondo que viene de lejos. ¿Dónde están los nuevos referentes intelectuales o culturales del progresismo? ¿Dónde están los nuevos Sabater, Ovejero, Almodóvar o Víctor y Ana? Con Los Javis, Millás y Wyoming no creo que valga. Sorogoyen o Broncano (el entretenimiento también es cultural) son más bien “antipartidos” y eso, paradójicamente, favorece la sobrestimación de la política de la confrontación. C. Tangana cuenta en su documental “Esta ambición desmedida” que solo vota en caso de emergencia. “Solo me tomaría un café con alguien que haya dejado la política. Yo quiero llevarme mal con todos los partidos. Creo en el mercado y en el talento”. Las palabras del madrileño suenan más a Ayuso que al resto. Por mucho que le entreviste Évole. En el Día de la raza del 36 le gritaban a Unamuno “Mueran lo intelectuales traidores”. El día del mitin de Ángel Gabilondo en Vistalegre, en abril del 21, el candidato socialista leía en El País que Savater votaría a Ayuso, lo mismo que Azúa, mientras escuchaba, como solución, que Jorge Javier Vázquez iría a su cita electoral. Después de esas urnas, al catedrático de metafísica le dio una arritmia. Hay quienes prefieren no esperar a la somatización y lo expresan antes. Como Page, que, cual Tangana ajado, tiene una ambición desmedida. Una cosa es la infidelidad y otra conspirar con tu amante, porque entonces aparece Oscar Puente y te manda rápido al extrarradio, que pare eso lleva Movilidad, Transportes y Agenda Urbana.
El problema de Savater y Page es el mismo. Lo que hace que el socialismo que ha frenado a la derecha y acelerado los derechos sociales y la economía no sea visto como un socialismo PEC (acrónimo de Por El Culo, que es lo que dice la chavalería cuando algo mola mucho) es el pacto con el “Puigdemoni” y la digestión del nacionalismo de Junts como progresismo. Como aquellos señores que necesitaron oler y probar una mierda en la calle para alegrarse de no haberla pisado. Lo que parece mierda y huele a mierda, es mierda. Siempre. Y es mejor pisarla rápido que comerla lenta. Una pena porque la desintegración de Podemos deja ya un hueco que, en cuanto se disipe el humo de la pólvora y los egos, alguien tendrá que ocupar mediante la batalla del pensamiento y la izquierda de El País y el PSOE necesita ensancharse. La mejor organización es la que da cobijo a sus críticos generando espacios donde se reconozcan y hablen. Lo de las purgas y las cancelaciones que se lo lleven los de Podemos al cerrar la puerta al irse.













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