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¿Cómo hablan con Alexa los gangosos?

«Dave, esta conversación ya no tiene ningún objeto. Adiós». Así terminaba la compleja relación de Hal 9000, en realidad Felipe Peña, con la desdichada tripulación del Discovery 1 en 2001 Odisea en el espacio. Hal fue el asistente virtual más conocido e inquietante de los setenta, pero no el primero. De hecho, la interfaz lingüística  es inherente a las películas de ciencia ficción; resulta mucho más cinematográfico que el prota vaya hablando que no tecleando. Computadora, calcule la trayectoria de escape y póngame con la Tierra.

A primeros del siglo XXI hablar con la máquina era una utopía. El lenguaje humano es polisémico, recursivo, intencional…  Aunque la gramática sea pura matemática nuestro decir coloquial está atestado de «ehs», «uhs», interjecciones sin sentido literal, connotaciones no gramaticables, construcciones imposibles del tipo «sí, nunca te dije que aquello no fuera mentira», por no hablar del soniquete. Yo puedo decirle a mi socio «está muy bien esta información», pero según el tono que yo emplee el supuesto elogio puede desencadenar una bronca memorable.

Siri cambió las cosas en 2011. La asistente virtual de Apple permitía búsquedas con la voz. Luego llegó Cortana, de Windows. Dos incordios. Servían, básicamente, para que en una enconada conversación de bar alguien engolara la voz, sacara la maquinita y preguntara: «Siri, goles de Joaquín en el Betis». Silencio tenso en el bar y el de la barra con cara de «¿quién quería ver a un gilipollas?»

En 2018 -me dicen- la gama de asistentes virtuales de Amazon, Alexa, ha sido el regalo estrella en Estados Unidos. Es la locura, todo el mundo habla con su Alexa, todo el mundo intenta inventar una aplicación que garantice interesantes conversaciones con la máquina. En octubre se lanzó la versión en castellano. Hacen búsquedas, conectan aparatos, cantan nanas, leen poesía y recetas… No ha cuajado mucho todavía, pero es el futuro.

Así que dentro de menos de lo que pensamos acueducto2 deberá tener su «skill» de noticias o como se diga, un resumen de titulares. El interfaz lingüístico derivará hacia un secretario personal. Recordará la agenda del día. Programaré listas de llamadas y al primero que se ponga, Pablo José (yo le llamaré así, ni Alexa ni gaitas) me lo desviará al móvil. Por supuesto Pablo José hablará con otros asistentes virtuales, con los del banco, el del taller, el seguro… Me ahorraré ser yo el que hable con máquinas. Por supuesto, Pablo José hablará con la asistente virtual de mi mujer, a la que llamaré Doña Escolástica, para que gestione el listado de mandados conyugales. Un mundo nuevo de infinitas posibilidades y filón de monólogos, de estos que ya no se pueden disfrutar en el Excalibur.

Unos dirán que deshumaniza, y sí, pues no faltarán padres atontolinados que tras acostar al hijo ordenen: «Alexa marchando un tres cerditos para el chaval». Y lo que es peor, Alexa en lugar de avisar a los servicios sociales, cumplirá el pedido a rajatabla. Otros que al contrario, el asistente nos liberará de estúpidas gestiones y nos dará más tiempo para divertirnos ni que sea las redes sociales. Lo que está claro que estamos condenados a no poder vivir sin él.

La cuestión es que —y esta es la moraleja de hoy— algo tan a priori panoli como la comunicación verbal con la máquina entraña  muchos más cambios en nuestra vida que el procés o el bréxit o cualquier revolcón electoral. Seguro.

Pero seguimos apegados a la dudosa creencia de que es la política la madre de toda transformación, cuando lo cierto es que la política sirve apenas para gestionar los cambios tecnológicos que la moda nos trae. Vean Madrid; segunda semana de huelga del gremio del taxi. Todo cambio apareja perdedores. ¿Cómo hablarán con Alexa los gangosos? No somos nadie.

Desengáñense, encontramos reconfortante la idea de que el destino está en nuestras manos. Votando a este o aquel arreglaremos esto o aquello. Y es la tecnología la verdadera fuerza de cambio, la que da o quita empleos, la que te fuerza a emigrar de la aldea a la ciudad. Deberíamos comprenderla mejor. Pensarla, hablar con ella.

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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