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Aquellos maravillosos autobuses

El choque entre dos autobuses urbanos en San Agustín se zanjó “sólo” con daños en una rodilla de uno de los conductores, según las vagas explicaciones de la alcaldesa, Clara Luquero, esa misma mañana, cuando se apresuró a aclarar, antes de que se la preguntara —excusatio non petita accusatio manifesta, decía el latinajo— que los vehículos estaban “bien mecánicamente” y con las ruedas relativamente nuevas o más bien, menos usadas que las de otros vehículos, y un gran susto. Pues qué bien. No hay víctimas. A ver la próxima.

El problema es que tengo la severa sensación de estar viviendo escenas que ya he vivido. Me ha venido a la cabeza aquel día en que un autobús de la anterior concesionaria bajó lanzado la cuesta de San Juan y, a falta de frenos, se estampó contra la marquesina de la parada de la plaza Oriental. Otro “gran susto” sin lamentos por las personas que evidenciaba la agonía de un servicio prorrogado eternamente, con autobuses pidiendo el desguace y con el Ayuntamiento —este era del CDS y la concejala era la socialista reconvertida, Ana Pastor— dando excusas y prometiendo resolver un concurso de renovación que nunca completó ¿Le suena?

Un autobús averiado en Nueva Segovia (Archivo).

Qué quiere que le diga. Todavía hay algunas diferencias pero no parece que estemos en una situación muy distinta que entonces. Aparte de las denuncias que constantemente llegan a las redacciones sobre vehículos con las puertas atadas con cuerdas, plataformas que no funcionan, sistemas de aire acondicionado inexistentes, suciedad, marquesinas degradadas, escapes que indican que algo no carbura y otras lindezas a la vista, lo que haya debajo de los motores no debe ser mucho mejor. No. No es muy distinto a 2002.

Y puestos a recordar me acuerdo de que la llegada de los socialistas al Ayuntamiento fue valiente en este campo: rescate de la concesión que tenía carácter de monopolio hasta mayo de aquel 2004, nuevo pliego en unos meses y servicio nuevo, con flota y líneas nuevas en tiempo récord.

Si, si. En tiempo récord. Todo en un año. Sin zarandajas de años diseñando un pliego que al final está basado en una plantilla y parece más favorable a los intereses de las empresas que a los de la ciudad; sin técnicos que no aportan soluciones sino bloqueos —caramba, otra vez estoy cuestionando a los técnicos que todo el mundo sabe que son intocables, imprescindibles y, a las pruebas me remito, absolutamente ineficaces pese a que la regidora los promocione y defienda en vez de retirarlos, yo qué sé por qué— y sin concejales despistados que, por ejemplo, se enteren de que la Mesa de Contratación se había cargado a una de las tres empresas concursantes cuando la decisión ya estaba tomada como le pasó al de Transporte, Ramón Muñoz Torrero, el miércoles pasado.

En el Gobierno municipal han vivido de los réditos de aquella buena actuación —que, por otra parte, lo que hacía era dar cumplimiento a la Ley que obliga a que exista transporte público en las ciudades— durante cuatro mandatos aunque algo me dice que la moneda puede darse la vuelta y 16 años después lleguemos a las elecciones con el mismo servicio degradado hasta el extremo y la misma medicina que dio vida en forma de votos acabe siendo rechazada abruptamente por el cuerpo (electoral).

Y es que al ritmo que vamos ya se hace obligado corregir los cálculos y esa fecha “tabú” del 29 de junio que algunos imaginábamos, aunque parecía exagerado, para otra pomposa presentación de la flota bajo los arcos del Acueducto se ha quedado muy, muy corta y con el panorama de recursos abierta con la expulsión del concurso a la UTE de Globalia y La Sepulvedana —a la que, después de perder la línea de Madrid le va la vida en este contrato— la resolución del concurso puede ir para largo. Y cada día empieza a ser vital para una flota que agoniza, incluidos los vehículos más modernos.

Merece una pausa lo de rechazar la propuesta de La Sepulvedana y su socia, que si bien carece de experiencia en transporte urbano más allá del servicio que presta a la T4 del aeropuerto de Madrid, a La Sepulvedana le sobra. La decisión de la Mesa se tomó sabiendo que la jurisprudencia en este tipo de casos es variada, tanto en una dirección como en otra. Vamos, que los jueces —que va a haber pleitos parece un hecho inevitable— pueden decantarse por un lado u otro a partes iguales y eso abre un universo de recursos y recontrarecursos en montones de instancias judiciales, más allá de lo que diga el Tribunal de Contratos, calculo yo que a mediados de junio.

También es fácil imaginar el discurso de excusas del Gobierno municipal en los próximos meses: “los juzgados paralizan el proceso administrativo” o “la nueva Ley de Contratos —maldito Gobierno de España y sus leyes burocratizadoras— desborda la endeble maquinaria municipal, diezmada encima por las tasas de reposición”. Y el maestro armero, por supuesto.

Claro, que si se hubiera preparado la renovación del servicio para ejecutarse en junio de 2016, cuando tocaba, y se hubiera trabajado con seriedad en este asunto quizá no estaríamos en este déjà vu que comienza a hacer que el servicio de autobuses de 2002 y el de 2018 empiecen a ser demasiado parecidos. Lagarto, lagarto.

Autor: Fernando Sanjosé

Segovia (1967). Periodista.

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2 Comentarios

  1. Me quito el sombrero, don Fernando. Correcto análisis. Si no exprimiéramos las cosas hasta elecciones e hiciéramos el trabajo que nos encomiendan a lo largo de cuatro años, en vez de tener que estar todo el día dando bandazos en los apoyos para gobernar, regalando sueldos liberados y pensando en las batuecas o en la Guiomar de la Zambrano machadiana buscando levitar como Teresa Sánchez, otro gallo cantaría. ¡Salud!

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  2. Perfecto Fernando, tienes más razón que un santo, estamos igual que en el 2002, y lo digo con razón de causa

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