El reciente Debate del estado de la Comunidad ha puesto de manifiesto, una vez más, tanto por el gobierno como por la oposición, la falta de un proyecto político para dar respuesta a los grandes problemas que afectan a Castilla y León. La Comunidad sigue careciendo, después de tantos años de autogobierno, de un arraigo propio de identidad que la convierte en una amalgama de provincias con fuerzas centrífugas que impulsan su adhesión cultural hacia las comunidades limítrofes, lo que dificulta su gestión. Castilla y León tiene señas de identidad más propias de una región que de una comunidad autónoma. A ello se une el hecho de que los agentes políticos están más preocupados por el relato y la puesta en escena que por identificar y jerarquizar los problemas reales y establecer una hoja de ruta para su resolución. Esta anomalía explica que después de 36 años de gobierno del PP sigan prevaleciendo problemas estructurales con los que se encontraron cuando llegaron al gobierno, e incluso se han agravado en este tiempo; y que el PSOE haya sido incapaz de generar un programa de gobierno alternativo capaz de persuadir a los electores.
El gran problema de Castilla y León es la despoblación progresiva de amplias zonas de la Comunidad, como consecuencia del declive demográfico, el envejecimiento y la emigración, ante la ausencia e inexistencia de una política económica capaz de dar respuesta de una forma equilibrada territorialmente a la creación de empleo y al asentamiento de jóvenes que proyecten nuestro futuro. El medio rural en Castilla y León es un erial, que lleva asociado el deterioro de nuestro patrimonio cultural, ambiental y patrimonial. Mientras, los gobiernos de la Junta de Castilla y León siguen mirando al tendido sin ser capaces de abordar un plan ejecutivo para paliar y revertir los grandes problemas, a la vez que la oposición es incapaz de conseguir que el gobierno rectifique. Su plan alternativo se centra en cuestiones insustanciales no alineadas con las grandes líneas de acción que necesita la Comunidad. Muestra de ello son las propuestas de unos y otros en este último Debate del Estado de la Comunidad. Falta tono político, lo que se traduce en una ausencia de tono económico y social. No hay proyecto, ni líderes para impulsarlo, como consecuencia de la partitocracia institucional y el ‘apesebramiento’ que sufren los partidos, que han pasado de ser un medio instrumental para convertirse en un fin en sí mismos.
En los debates de política general sobre el estado de la Nación o de la Comunidad, en este caso, se suele recapitular por el presidente del Gobierno estatal o autonómico lo hecho durante los últimos años y la guía de los nuevos objetivos para los años siguientes. En esta ocasión, el presidente de la Junta presentó una serie de pactos, proyectos de ley, planes y un conjunto de medidas, inconexas y poco rigurosas, que no van encaminadas a crear valor y dar respuesta a lo que necesita la Comunidad. Su única finalidad era el impacto mediático: “apuesta por el diálogo”, para soslayar el impacto que producen en su imagen sus compañeros de viaje gubernamental; la promoción de sus supuestos logros; y, la evocación del ‘sanchismo’, como punta de lanza de su identidad y diferenciación ideológica, a la vez que medio de adhesión y solidaridad con su líder nacional. Nada que aporte valor a lo que necesita Castilla y León.
Mientras tanto, la oposición en su trinchera. El portavoz del grupo parlamentario que sostiene la acción de gobierno en las Cortes definió al líder de la oposición como un zombi político. Quizás sea una valoración muy dura, pero lo cierto es que, a la vista del debate, tanto él como el resto de los líderes políticos autonómicos de su partido, no han superado la mayoría de edad política. Son líderes más propios de su organización juvenil, encantados de haberse conocido y que disfrutan jugando a la política, y muchos de ellos tienen la oportunidad de vivir de ella. Para gobernar Castilla y León y dar respuesta a las expectativas ciudadanas se requiere otro planteamiento. No vale la retórica vacua y sin recorrido.
Un análisis retrospectivo de los últimos debates de política general de la Comunidad pone de manifiesto que la mayor parte de ellos se han quedado en buenas intenciones y no han pasado nunca de la retórica a los hechos reales. Estos hitos del juego político enmascaran lo que debieran ser las respuestas a los problemas reales. No obstante, proporcionan plataformas para la propaganda. Prueba de ello ha sido la visita que esta semana ha realizado el presidente de la Junta a Segovia para vender una de sus propuestas, “la ampliación del hospital de Segovia”, a la que no tardó en responder la oposición con su mensaje victimista en el mismo escenario. Un proyecto que no responde a una necesidad imperiosa y es fruto de la tensión emocional en un momento dado – la pandemia del covid-, y cuyos planes funcionales y alcance aún están por concretar.
Los proyectos han de abordarse con una visión estratégica, y no como una cuestión de oportunismo político. “No se puede poner el carro antes que los bueyes”. Para que nuestra comunidad esté en condiciones de solventar los grandes problemas estructurales, lo primero que ha de hacer es adecuar su estructura institucional a la nueva realidad territorial y demográfica, unido a un cambio de cultura política para abordar la gestión. Necesitamos tono, y todo indica que nuestra ‘frecuencia política’ está baja.













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