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Tradicional Romería de ‘Malangosto’ 2021

Tradicional Romería de ‘Malangosto’ 2021.

Mar de nubes desde el alto de Malagosto J.C.A.

Por segundo año consecutivo y debido a la pandemia causada por el COVID no se pudo celebrar la tradicional ‘Romería del Malangosto’ el primer domingo de agosto como es tradicional.

Un año más el paso del Arcipreste por el paso de Malagosto, su ‘Malangosto, no contó con romeros.

Pero este año en ‘Rutas e historias en torno al Guadarrama‘ contamos con un romero literario en forma de texto galardonado con el primer premio de la V edición del Certamen de Narrativa del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.

El escritor segoviano David San Juan Pajares, que ya fue ganador del I certamen en el año 2017, se ha alzado nuevamente con el triunfo. Por cortesía de David, ofrecemos el relato.

Romería del ‘Malangosto 2014’.

Tú a Sotosalbos y yo a Lozoyuela’.

-Otro año que nos encontramos aquí, amigo Juan, ¡qué alegría! -¡No habíamos de faltar por nada del mundo, don Íñigo! Los dos hombres se abrazaron fraternalmente. El sol de agosto, desperezado hacía ya un tiempo en su carrera despejada hacia el poniente, comenzaba a achicar las sombras que proyectaban los roquedos testigos del abrazo de los dos amigos. Desde las cumbres que les servían desde antiguo de gozoso punto de encuentro, los piornos que pugnaban por trepar hasta el lugar parecían encaminar la mirada hacia los piedemontes de ambos lados de la cuerda, que semejaban más cercanos de lo que de suyo estaban por la incontestable limpieza del cielo que los iluminaba a esa hora de la mañana.

-Aquí estaremos bien —dijo el más joven de los caballeros, cediéndole al otro el turno para acomodarse en un berrueco rematado con una cruz de metal atirantada por los costados—. Cuénteme, compadre: ¿cómo le han ido las cosas desde la última vez que nos vimos?

-Pues no sé qué decirle, don Íñigo. No quiero hacerme mala sangre pero ya se habrá percatado usted de que cada vez cuesta más encontrar algo de creatividad entre la gente, algo de genio, aunque sólo sea un tanto así. Andan todos como embotados, sin ocuparse en asuntos elevados, satisfechos con lo mundano y material pero tristes y nerviosos, muy nerviosos e irritables —y continuó tras una breve pausa ante el silencio elocuente de su compañero—: ¿Es que ya no saben apreciar la belleza? ¿Son incapaces de ir más allá de sí mismos? ¿Qué andan persiguiendo los hombres de estos tiempos, don Íñigo? ¿Lo sabe usted?

-No, se lo aseguro. Y sepa que a mí también me duelen estas cosas. ¡Ha cambiado todo tanto! Fíjese que más que tristes e irritables, yo los veo hastiados, presos de una atonía que no pueden sacudirse por sí mismos. Muchos han perdido el gusto por la contemplación, desconocen el íntimo placer que produce el recrearse y meditar sosegadamente ante la visión de un monte, una pintura, un acontecimiento de la vida, la presencia presentida de Dios en una emoción inesperada…

-Les falta seso.

-Les falta trascender. Luchar por encontrar un sentido al mundo y a la existencia. Saberse parte de un todo distinto a ellos que los acoge sin preguntar y, a un tiempo, saberse capaces de protagonizar su propia historia. Están construyendo un mundo por el que transitan imponiéndose límites a su libertad y adormeciendo sus conciencias, sin siquiera caer en la cuenta de ello. Y sin importarles mucho. Han confinado sus almas.

Ambos contemplaron el paraje que los envolvía, como queriendo encontrar respuestas a sus cuitas. Sin haberse puesto de acuerdo, los dos desviaron la mirada al no muy lejano manadero del Cambrones y, desde allí, la extendieron por el praderío montano atravesado por centenarias cercas de piedra. Una sensación de paz y consuelo fue serenándolos como si aquéllas fueran bien templadas hilazas capaces de elevar mansamente desde el suelo sus maltrechas ánimas, del mismo modo que se erguía triunfante la cruz que les guardaba las espaldas.

Cristo del ‘Malangosto’.

A lo lejos, varios hatos de vacas terrenas pacían con sus crías, indolentes durante siglos al paso de viajantes, peregrinos y senderistas que habían hecho de aquella tierra su pasajera morada espiritual. Una tierra señoreada por orgullosos peñascos, testigos displicentes de viejas correrías y pasados episodios guerreros, que seguía ofreciendo amorosamente sus mejores frutos a los esforzados hombres de campo que la explotaban y cuidaban con regalo: afanados quiñoneros de estos días, herederos de los pastores, gabarreros y menestrales de antaño, en los que aún pervivía la osadía de los primeros pobladores y los pecheros de otros tiempos.

-Es hermosa la sierra.

-Mucho. Está hecha para ojos de poeta, para corazones de poeta. ¿Cuántos de ellos, de nuestra época a esta parte, se han sentido inspirados a su paso?

-Ya he perdido la cuenta.

-…la luna parece un río…

-…los álamos apenas con hoja…

-…entre las piedras frías del Guadarrama yerto…

-No hay duda—concluyó el llamado don Íñigo—; desde aquí se percibe un poso distinto de las cosas a poco que sepa uno mirar. Parece incluso que el aire pesa más, tiene otra densidad.

-El paso, el peso y el poso… del tiempo y de la vida. ¡Caramba, no está mal traído, compadre! Si fuera más joven, poco me faltara para componer un ramillete de alejandrinos con semejante juego de palabras. O unas serranillas, si Vos me obsequiare permitiéndome invadir su terreno por una vez.

-Siempre igual, ¿eh? No cambia usted, don Juan. ¡Qué humor!

-¿No habría de tenerse con todo lo que está ocurriendo?

-Sí, tiene usted razón.

Las miradas de los dos caballeros buscaron ahora los cauces de los arroyos que, aunque menguados por el estío, seguían alimentando los fértiles campos de las vegas donde iban a morir engrosando otros caudales. A sus mentes bullidoras en imágenes, siguiendo quizá los derroteros de la de otro antiguo y atormentado autor, acudió la del mundo sufriente que tenían a sus pies, la de muchos hombres desorientados por el sinsentido del dolor y la muerte que se viene tan callando. Ambos guardaron silencio, un silencio de introspección en el que evocaron sus vidas, tan colmadas por momentos; en otros, tan insensatamente desperdiciadas en vanos afanes. Como tantos. Hay ocasiones en que la contemplación de la montaña trae la melancolía, que también es sentimiento dulce y elevado como el amor, al corazón de los hombres. Quizá lo provoque el anonadamiento que se siente en la altura, donde la persistencia del cielo puede llegar a inspirar a las almas más sensibles. Desvalimiento, dolor, experiencia de vida, ¿de dónde, si no, nace el estro de los poetas?

-Los hombres pasan; el monte permanece…

-Usted pasó la peste de su época, don Juan. No debería pillarle de nuevas lo de ahora.

-Prefiero no hablar de aquello.

Las rocas sobre las que estaban sentados apenas proyectaban ya sombra. Otras amagaban con caer a última hora sobre sobre el ánima de los dos amigos.

-Este año no suben, claro.

-No, esta vez somos los únicos romeros.

-Nosotros no contamos: llevamos acudiendo aquí desde mucho antes de que a ellos se les ocurriera.

-Otra cuenta que he perdido.

-¡No es fácil sustraerse al hechizo de estas sierras, don Íñigo!

-Ni al de sus serranas, ¿verdad, don Juan?

-¡Ay, las serranas! Las serranas y sus portazgos… Ya nada es como era. Fíjese cómo son las cosas que es que ya ni las hay, compadre; ni recias ni donosas; ni aguerridas ni complacientes; ni gentiles ni destempladas. Ya no quedan ni en Mataelpino, ¡qué le voy a contar yo a usted que no sepa!, ni siquiera en este puerto angosto. Y la que decían la Chata, ya sabe, hace tiempo que dejo el chozo y sus peajes.

-¿Llegó a traerle alguna garnacha al cabo?

-¡Ni por pienso! No me lo hizo pasar mal la muy ingrata. Bien se entretuvo conmigo cuando arrecido me hallaba suplicándole albergo. No, no, que bien servida quedó con mis favores.

-¿La sigue echando de menos?

-Quia, ni por pienso —repitió el otro, ofendido, sin poder evitar dirigir una furtiva mirada al chozo que se adivinaba en la distancia—. ¡Plugo al cielo no volvérmela a echar a la cara! No era ella fruta temprana como sus serranas y sus vaqueras, tan graciosas ellas, tan lozanas, ¿eh, don Íñigo?

-Ya no estamos para lances amorosos, amigo —sentenció el aludido con una sonrisa en la que se confundían la resignación y la añoranza—. Desde hace mucho, además.

Los dos hombres se levantaron y se dirigieron unas últimas palabras amistosas tomados de las manos: habían echado el día conversando con sabias razones y hallando gran placer el uno en compañía del otro. Así ocurría año tras año en aquel mágico lugar del Guadarrama y en la misma fecha desde hacía mucho, mucho tiempo, tanto que ni ellos mismos, como volvieron a admitir, llevaban ya la cuenta de sus encuentros.

-Adiós, don Íñigo. Estas piedras, este cielo, nos siguen uniendo en espíritu. Usted y yo, como todos los que han seguido nuestros pasos, de alguna manera pertenecemos a él.

-Mire, compadre, que no está bien pecar de modestia. Sabe tan bien como yo que este Malangosto y hasta el aire que lo envuelve es patrimonio suyo y como tal se le reconocerá por siempre. A él sí que están atados su nombre y sus amoríos.

-Favor que vuestra merced me hace, señor Marqués.

-Venga ya, no amueles, Arcipreste. Y apéame el tratamiento, que soy mucho más joven que tú.

Chozo en el nacimiento del río Cambrones.

Un último abrazo les sirvió de despedida. El que se dirigía hacia el sur volvió la vista al poco de emprender su camino y vio cómo su compañero, detenido unos metros más allá de las rocas que sostenían la cruz medianera, miraba con ojos atristados y soñadores hacia el chozo de la Chata dando vueltas en la mano a un objeto brillante y de buena factura. Don Íñigo reconoció inmediatamente la garnacha de oro que el arcipreste subía todos los años entre los pliegues de su capa y que se empeñaba inútilmente en ocultar a la vista de su amigo. Aquél le saludó alzando la mano cuando se apercibió de que lo estaba observando y, ya sí, enfiló el camino de descenso hacia Sotosalbos. El marqués sonrió benévolamente y, regalándose una postrera y serena mirada en derredor suyo, se sintió feliz y agradecido por la vida. Y disipando esos pesarosos pensamientos que cada tanto lo asaltaban al considerar lo mucho que había cambiado el mundo en los últimos tiempos, continuó ligero su jornada por el camino que bajaba a Lozoyuela”.

Author: Juan Pedro Velasco Sayago

Blog de montañismo y excursionismo sobre el Guadarrama, a cargo de Juan Pedro Velasco Sayago. (Coordina el Blog 'Retrosegovia', publicando temas relacionados con la tarjeta postal ilustrada de Segovia).

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5 Comments

  1. Muchas gracias Juan Pedro, por mantener en estos tiempos difíciles, el recuerdo de nuestras tradiciones, sobre todo las que van ligadas a la religión.
    Solo queremos que desde el respeto a los demás, respeten también nuestras tradiciones, que al final son las suyas, siempre estaremos en deuda con esta ruda sierra que tanto queremos los que pateamos y triscamos nuestro querido Guadarrama. Y que ha forjado el carácter del piedemonte segoviano.
    Un saludo y felices montañas

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  2. Espero que cuando a “todos” se nos pase el MIEDO, volvamos a caminar y pedalear (si tienen a bien los gerentes de P N del Guadarrama) y rememorar el paso del Arcipreste de Hita por tan sublime Collado.
    Gracias Sr. Tapias por seguir pratricinando tan singular EVENTO.

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    • La Romería no es del señor Tapias. Ni es necesaria su presencia en este evento.

      En esa Romería lo que hace falta es ver gente de a pie, de los pueblos de la zona y no tanto politiquillo con sus pelotillas de su turno revoloteando alrededor.

      Lo que menos falta hace allí es dividir a la gente en zonas Vip y no Vip con cintas. El Puerto no es suyo.

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  3. Feliz encuentro. Para saber bien lo que es el encuentro hay que haber hozado la caricia de los nudos de la cachaba de la Chata. Como yo sentí….. en solana tostadera.

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  4. Gracias, Juan Pedro, por acordarte de este “romero literario”. Es un placer colaborar un poquito en mantener las tradiciones y el amor por la Sierra y los que nos precedieron. Un abrazo.

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