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La legislatura del odio

La decimoquinta legislatura comienza con un telón de fondo de tensiones y confrontaciones políticas. Algunos analistas predicen que podría ser breve, mientras que otros creen que durará al menos tres años, una vez que se aprueben los presupuestos del próximo año. Esto último es una suposición basada en la situación actual, similar presupuestariamente a lo que ocurrió durante el mandato de Mariano Rajoy.

En cualquier caso, el antagonismo se ha convertido en un objetivo en sí mismo. Tanto el presidente del Gobierno como el líder de la oposición parecen sentirse cómodos en la trinchera de la hostilidad, desplegando sus mejores artes en la guerra política entre los dos grandes bloques que configuran el mapa sociopolítico. Para lograrlo, han colocado a sus guerreros más tenaces en posiciones clave. Ambos creen que esta estrategia de polarización y populismo les proporcionará ventajas en el próximo proceso electoral. Esta es su visión política, si observamos sus acciones.

Ann Hironaka, profesora de la Universidad de California, sostiene la tesis de que, en sociedades avanzadas y fuertemente polarizadas como la nuestra, los conflictos políticos se convierten en odios civiles interminables, a diferencia de las guerras civiles que se producen en países políticamente más débiles. En nuestro país, estamos comenzando a experimentar los efectos de este odio, que se manifiesta en un hostigamiento verbal lleno de exabruptos que incendian las redes sociales y medios de comunicación y que, una vez expresado, permite a quienes lo ejercen regresar a su zona de confort, aunque no sin antes sufrir sus efectos negativos en términos de degradación personal y social.

Este es el contexto en el que se desarrolla la legislatura que acaba de comenzar, un contexto que recuerda a la última legislatura del presidente del Gobierno en 1993, cuando el portavoz de la oposición declaró en el Parlamento: “A partir de ahora, vale todo”, haciendo referencia a la lucha contra el terrorismo que el Estado llevaba a cabo en ese momento contra el grupo terrorista vasco. Esta estrategia le permitió ganar las elecciones por un margen estrecho, pero no fue socialmente neutral en términos de estabilidad social. Debemos aprender de esos errores. El odio civil no es solo un hecho, sino una elección. Al igual que se puede decidir no cooperar, también se puede decidir cooperar. Tanto el presidente del Gobierno como el líder de la oposición deberían ser conscientes de esta opción y de sus consecuencias para el bienestar de los españoles.

En esta etapa reciente, la política se ha convertido en una competencia por el poder, a menudo a expensas del interés ciudadano. Todo vale con tal de obtener y mantener el poder y proteger a los afines. No siempre es fácil entender la atracción del poder. En una sociedad democrática, como señala el sociólogo Daniel Inerarity, “el poder compartido es la fuerza transformadora más grande, si no la única”. El verdadero espíritu transformador requiere cooperación y acuerdos entre las partes, de lo contrario, las decisiones y sus efectos serán efímeros en términos de evolución social y cambios políticos.

En cuestiones de Estado, como la reforma constitucional, la estructura territorial, la amnistía o la caja única de la Seguridad Social…, los acuerdos son imprescindibles y requieren mayorías cualificadas para tener un poder transformador duradero. Un claro ejemplo de esto es la génesis de nuestra actual Constitución. La polarización política divide a la sociedad en tribus que siguen ciegamente a sus líderes, como si fueran fanáticos de un equipo de fútbol. La política es algo más sublime. Requiere acuerdos, entendimiento y la capacidad de comprender las posiciones de los demás y aceptar sus argumentos, siempre en un marco de equilibrio. Este debería ser el espíritu que guíe la legislatura que acaba de comenzar, en lugar de la tensión exacerbada que ya estamos viendo en la acción parlamentaria, la política en general y el ámbito judicial.

Sería lamentable que esta legislatura se caracterizara por la desconfianza social, la debilidad y desafección política. Esto sería un importante retroceso, pero no se puede descartar dada la situación actual de polarización. La democracia no requiere unanimidad, pero sí necesita el debate de ideas para formar posiciones de gobierno sólidas y avanzar en cuestiones sociales importantes, además de la crítica política. Lo que realmente desespera y desanima a gran parte de la ciudadanía es la crispación y la confrontación sin sentido, que va en contra de los intereses de la sociedad. La desconfianza en las instituciones y la desafección hacia la política y sus representantes son riesgos importantes al utilizar la polarización como estrategia política y el populismo como herramienta de adhesión, independientemente de su origen. Los dos principales líderes políticos de nuestro país deberían ser conscientes de este peligro. Por ahora, parecen estar preparándose para la batalla desde sus trincheras, al menos según sus declaraciones y la formación de sus equipos. Esto sería un gran error que los españoles no merecen y que dañaría la calidad de nuestra democracia, que a menudo no es valorada lo suficiente a pesar de los beneficios que nos proporciona.


Author: Andrés Segovia

Política provincial, autonómica y nacional

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