En materia de medio ambiente y cambio climático, viene siendo ya habitual que los militantes de la izquierda política se despachen respecto de los argumentos contrarios a los suyos utilizando el ataque personal al dueño de la voz discordante, lanzándole anatemas, denuestos y amenazas de cancelación. Sin entrar nunca, eso no, en un debate abierto, receptivo y honesto. Esto ya se observa en los plenos y comisiones que celebra el Ayuntamiento de Segovia, y yo ya me he ganado alguna regañina de quienes no me conocen.
Yo tengo un gran respeto por la ciencia y, sin preciarme de ser gran especialista, no soy un completo ignorante de estas materias. Procedo del área de formación de ciencias, como hijo y nieto de científicos, y por mis estudios de Marina y de Ingeniería; he presidido la Comisión de Medio Ambiente y Fuerzas Armadas en el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional, y también he dirigido la Cátedra de la Mar, de medio ambiente marino, en la Universidad Camilo José Cela. Me he ocupado de la expedición antártica de 2007-2008 a bordo del buque de investigación oceanográfica Las Palmas; y tengo, en fin, algunos estudios y publicaciones sobre estos asuntos medioambientales. Por esta formación y trayectoria, la actitud y la conducta de la izquierda en estos delicados asuntos me parece irresponsable, además de poco respetuosa con la ciudadanía.
No cabe duda de que la ciencia avanza gracias al principio de contradicción, y al método de ensayo, del que resulta el acierto o el error. El escepticismo siempre es lícito: recordemos que hace solo algunos siglos, todo el mundo creía que la Tierra era plana, o que el Sol giraba alrededor de ella, y solo algún escéptico se opuso, y lo pagó caro. Por eso la cerrazón de la izquierda a admitir cualquier duda científica y a abrir cualquier debate público, me parece inadmisible, sobre todo porque es irrazonable, porque va contra la Razón con mayúscula.
Lo que quiero decir es que, si se puede poner en duda la existencia de Dios, que es el principio de toda la Creación y de todo el Universo, ¿por qué razón no se van a poner en duda todas las demás cuestiones que tocan a uno de los aspectos de esa Creación y de ese Universo? Por ejemplo, las causas del cambio climático. Y es que, en materia de clima y sostenibilidad, no todo es tan claro como quieren vendernos esos apóstoles del cambio climático. Hay dudas, muchas dudas, y la ciencia trabaja activamente sobre ellas. Y la duda principal es el papel de la humanidad en ese cambio climático: para la izquierda, ese papel es indudable y además determinante.
A pesar del supuesto “consenso científico” que nos quieren “vender” sobre las causas y efectos del cambio climático, resulta que ese supuesto consenso no existe, es un bulo. Porque, entre los científicos que no siguen los dictados de la izquierda globalista y de sus miles de asociaciones supuestamente ecologistas y defensoras del medio ambiente, se cuentan otros muchos científicos de la talla de John F. Clauser, premio Nobel de Física 2022, quien afirma que la ciencia climática actual está inundada de “pseudociencia” y que la narrativa popular sobre el cambio climático refleja una peligrosa corrupción de la ciencia que amenaza la economía mundial y el bienestar de miles de millones de personas. Ivar Giaever, premio Nobel de Física 1973, también ha denunciado las falsedades del cambio climático, denunciando que la temperatura del planeta no aumenta, que el nivel del mar no crece, y que el CO2 es beneficioso… Y, como ellos, muchos cientos de científicos que también dudan de las verdades reveladas por la ecología izquierdista: la misma Wikipedia los enumera bajo el título de científicos escépticos. Todos ponen en duda los axiomas que la izquierda política y sus ecologistas de cámara, pregonan como incuestionables, y sobre los que no admiten debate alguno.
Y, además de las dudas científicas, hemos de notar que también concurren en la polémica grandes, muy grandes intereses políticos (los de los globalistas e izquierdistas, los de los chinos, los de los estadounidenses…), y también grandes, muy grandes intereses mercantiles (farmacéuticas, fabricantes de automóviles, comerciantes de minerales y materias primas…). Y esos grandes, grandísimos intereses políticos y mercantiles son los que están condicionando un debate que debería de ser solamente científico. El dinero fluye por las alcantarillas de la ciencia y de la política, y no son pocos los políticos y los científicos que lo toman y se corrompen.
Parece ser que frente a la ciencia, sus principios y su método, se quiere fundar una nueva religión, la medioambiental de los globalistas e izquierdistas, que resulta ser inquisitorial, que dicta anatemas, que excluye del disidente, y que cancela al que osa oponerse a la única y verdadera fe, que es la izquierdista, pagada por los grandes grupos de presión globalistas. La voz del escéptico ha de ser callada de inmediato, su libertad de pensamiento y de expresión han de ser negadas, y su propia persona ha de ser tachada de negacionista. Esta es y seguirá siendo la pena que sufrimos todos cuantos no comulgamos con las ruedas de molino de la llamada Agenda 2030, que nos quieren hacer tragar los defensores de lo políticamente correcto, llevándonos a la pobreza y a la ignorancia -porque siendo pobres e ignorantes nos manejarán a su antojo-.
A pesar de todo, algunos escépticos resistiremos, en defensa de la ciencia y de la razón













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