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María Teresa y el mito de la eterna juventud

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La misma María Teresa, antes y después.

Ay Déu meu senyor… Me dije en viéndola, y lo dije así, en vernáculo, porque es como me sale cuando no doy crédito. ¿Es ella o la madre de Cifuentes?

En primer lugar, reconozcamos que María Teresa Fernández de la Vega, nuestra vecina granjeña, la vice, tiene todo el derecho del mundo a estirarse la cara y a dejársela lisa como un bombo de Calanda. Cada uno se destroza como quiere. Eso sí, creo que fue Kant, en “Lo bello y lo sublime”, que alertaba cuando un viejo trata de pasar por joven cuando no toca. Si hay algo peor que un lechugino, nos dice, es un anciano haciéndose el lechuguino para aparentar juventud. Y esa es la impresión que me causa la vice y su look de Barbie setentona. Antes María Teresa tenía un elogiado estilo propio. Supongo que se cansó y ahora es una caricatura de la madre de Barbie.

Más que un estiramiento, es un pretensado, sí. Pero a tenor de los antecedentes feministas de la vice, no creo que perpetrarse tamaño allanado proceda de la necesidad de lucir bonita. No. Más bien, cansada de sus arrugas se diría que se hartó. Luego, bueno… digamos que no parece que el esteta que la aconsejó se luciera. Un desastre.

La cuestión es que a mí las arrugas me gustan. Habló de las arrugas del rostro y hablo de los que ya somos viejos, pues viejo me siento desde hace años. En el caso de la vice le daban personalidad. Transmitían autenticidad, algo que valoro en estos tiempos de tontainas plastificados. De GH17 y presentadores embotecidos, patéticos espectros luchando contra las leyes de la naturaleza. Dan asco, unos y otros, por más que tengan la piel fina como la seda.

Fuera arrugas, rejuvenecerse. La juventud es adorable, la madurez no. Sacralizar lo joven me parece incluso más estúpido que mitificar lo anciano.

Hace ya unos años me quedé en el paro. Superados los 45 sabía que yo era carne de cañón, que nadie en ningún rincón del mundo apostaría por mí. Yo era demasiado “viejo”. Es el drama de colegas que cargados de deudas y con más de 40 pierden el trabajo. El mundo empresarial les rechaza. Y ya pueden aparentar 105 años o 22. Ya pueden estirarse la piel o el moño. Es igual, hay un dígito en el DNI, primera criba del proceso de selección: viejo ergo “no apto”.

Probablemente también es un mito pensar que un tipo de 50 sea más sabio que uno de 25, solo porque ha vivido el doble. Lo que no es ningún mito es que tiene experiencia acumulada. Sabe hacer y pensar cosas que el otro aún no. Se aprende a castañazos. El cincuentón hace y piensa (o debería) más eficazmente las cosas porque ha pasado por la experiencia previa del castañazo. Y pensar y hacer esas cosas, y trasladarlas luego a la siguiente generación, son importantes y necesarias en todos los ámbitos que conozco. Estos mamones, jefes de un consejo de administración, que van y dicen a los de personal “no me contratéis viejos”, serán los primeros en tirarse de los pelos si mañana en su silla ponen a un recién salido de la universidad. O tal vez sea que en su trabajo la experiencia, los años, no importan… Total, para rascarse la barriga y sangrar balances comerciales, vale cualquiera.

Dolorosos ejemplos a mí lado. Gente que vale un potosí reemplazada por recién graduados o directamente por nadie. Luego las cosas salen como salen. Con el culo.

España, y supongo el mundo en general, vive entregada al mito de la eterna juventud. A la sacralización de valores como la “energía”, la “innovación” y valores supuestamente aparejados a la piel lisa.  Vive entregada al mito de la experiencia como innecesaria o aún fastidiosa. Así va. Y es por eso que me siento viejo, porque cuando el mundo se te vuelve más y más gilipollas es que te estás haciendo mayor, demasiado mayor. El único consuelo es que, mayor o viejo, no me veo entrando en el club de los gilipollas. No todavía.

Autor: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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1 Comment

  1. ¡Coño! Besa, lo de ‘a la vejez viruelas’ pasó de moda y, digo yo que con su jubilación bien podrá 😉

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