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Ecologismo que contamina: el caso del 5G

Hasta los años 80 aquel río era zona muerta. Las fábricas papeleras vertían lejías y residuos directamente al pobre río, que además pechaba con todo tipo de plaguicidas, aguas fecales, resto de obras, muebles abandonados. ¿Cómo no ser ecologista? Poco a poco logramos ir metiendo en la agenda política la necesaria inversión pública en la restauración del río. Fuera industrias contaminantes, más depuradoras, más celo en la gestión de plaguicidas y abonos. En cuestión de meses más que años, el río volvió a la vida y hoy es una alegría verlo. No fue sencillo ni exento de costes, Cerraron las papeleras y la producción agraria se encareció, pero el progreso inducido por nuevas y más eficientes tecnologías redundó también en expansión económica, calidad de vida, en definitiva, en progreso tanto material como cultural. La revolución verde es algo de lo que la gente de mi generación podemos estar plenamente orgullosos. Para mí es un objetivo vital y político irrenunciable.

Sin embargo, con el ecologismo hubo un punto de ruptura. Si al principio éramos amigos al final resultó que trabajaban para el bando del oscurantismo y de la destrucción ambiental. Sus dirigentes eran tecnofóbicos, alimentaban ideas místicas como que el cientificismo es una alienación, y preconizaban una «vuelta a lo natural». Era inútil que les demostrásemos que solo con eficiencia energética y tecnología podíamos recuperar el medio, que la agricultura intensiva precisa muchas menos hectáreas que la orgánica y que es mejor un aerogenerador de 90 metros que 50 de 40. Ellos decían que no a todo lo que no fuera deshumanizar el medio. Abandonarlo. Decían que lo nuestro «no era sostenible», que la única salida era un místico movimiento de «vuelta a lo natural, a cualquier precio». «¿Quieres decir volver a que las mujeres mueran de parto, a perder los dientes con cuarenta años y a enterrar uno de cada tres hijos como hacían mis abuelos?». «No, eso no, claro», contestaban,  y hablaban de cambiar el sistema productivo, de mercados planificados, fin del capitalismo y otras entelequias, que por lo visto, «es lo natural». Lo que pide el cuerpo, lo sano.

La cruda verdad es que nuestro sistema de vida no es sostenible ni nunca lo será. Muy al contrario, tratamos como sea de huir de la selección natural. Buscamos vencer las enfermedades, ser jóvenes más tiempo, vivir mejor. Y la única manera de compatibilizar eso con la preservación del medio es cambiando hábitos e implementando tecnología de minimización de impacto y tecnología de recuperación de la diversidad. Primero salvamos el río, luego si os complace hacemos política.

En mi opinión el movimiento político ecologista español, y el segoviano especialmente, está integrado por una mezcla de jetas y catetos. Los hay que viven del negocio de la consultoría y la judicialización obstruccionista de cualquier proyecto en complicidad con conmilitones empotrados en la administración pública empeñados en preservar su parcelita de poder a costa de burocracia ambiental. Y eso será cutre, pero hasta cierto punto legítimo, las típicas corruptelas… Pero luego están los borricos, que además de lo anterior, sostienen todo tipo de conspiraciones tecnofóbicas y alentadores de magufadas. Y ya se sabe que es peor un tonto que un pillo.

Algunos deberían estar en la cárcel, por ejemplo, los que amparados en la «medicina natural» preconizan movimientos terroristas del tipo anti-vacunas o defienden a estafadores que curan el autismo con estevia. Otros son meros analfabetos dados al alarmismo. «No comas pollo que lleva hormonas». Son carne de cañón de las multinacionales, que les venden yogures contra el cáncer, colchones anti-wifi y «filtros osmóticos» para el agua del grifo, y como a más tontería ajena más discreta la propia, parecen empeñados en que todos hagamos lo mismo que ellos.

Recurrentemente desde Ecologistas en Acción nos mandan un comunicado alertándonos de los males del 5G. Es una magufada más. Aquí en Maldito Bulo lo explican bastante bien.

Los medios de comunicación tenemos un papel fundamental en desenmascarar estas fake news que contaminan a una opinión pública especialmente lerda en las cuestiones tecnológicas.  Como decía el malogrado tío de Spiderman, todo poder conlleva una responsabilidad, y los medios debemos ser una fuerza de choque contra el irracionalismo y la tecnofobia aunque solo sea por una mera cuestión de supervivencia: el oscurantismo es el vehículo de las noticias falsas. Si equiparamos todas las voces, si apelando a la contrastación de pareceres damos a víctima y verdugo el mismo grado de credibilidad  lo único que hacemos es desinformar. Y nuestro trabajo es el contrario, por tanto, luchar contra la desinformación.

Los ecologistas lo saben y hacen las trampas oportunas elaborando fake news de manera sistemática. Por ejemplo apelar a un supuesto experimento «en base a cuyas investigaciones epidemiológicas la OMS declaró las tecnologías inalámbricas como cancerígeno de nivel 2B», en referencia a los controvertidos (y únicos) trabajos de Linner Hardell. Esto es falso y además silencia los múltiples experimentos de la OMS en sentido contrario (aquí unos cuantos).  Se basa en la falacia del principio de prudencia y que no se puede probar que algo que no da cáncer no lo da. Más. «En 2018 se puso en marcha un llamamiento científico firmado por más de 100.000 investigadores«. Falso también. Profundizando en la cosa te topas de bruces con que el aglutinador de estos «miles de investigadores» en España es un biólogo de Valladolid funcionario de Medio Natural, que aspira probar la incidencia negativa de las ondas de radio en plantas y gorriones, cuando en realidad simplemente ha observado que unas plantas próximas a un repetidor «tienen mala pinta» y a su alrededor la población de gorriones «ha descendido».

Con esta peña nos las tenemos que ver. En el trasfondo está el analfabetismo científico de la población. Ellos se valen de este triste hecho para inocular en las conciencias mensaje tecnofóbicos y su discurso, político que no científico, de que hay que «volver a lo natural».

Tengo que decir que, también por analfabetismo científico, los medios estamos muy solos en este trabajo. Nuestros políticos prefieren centrar «la cultura» en las humanidades, en los títeres, la danza y el cine. Cuando realmente si algo tiene impacto en nuestra vida no son los títeres ni el cine ni los debates sobre igualdad, sino los cambios tecnológicos. Muchos científicos, que deberían ser los primeros en salir a la palestra, prefieren vivir en sus torres de marfil y se descargan del necesario trabajo divulgativo dejándolo en manos de profesionales de la prensa que, en gran medida, procedemos de las letras y con amplias lagunas formativas. ¿Para qué molestarse en bajar hasta el populacho? Así pasa que la popularidad del magufismo entre los profesores universitarios, por ejemplo, es del todo alarmante.

Pero hay esperanzas. Esfuerzos divulgativos como el que desarrolla el Colegio de Médicos de Segovia y los médicos en general.  Ellos sufren la barbarie de la superstición en forma de pacientes estafados, a menudo lesionados, y ellos son hoy por hoy la punta de lanza. Pongamos la salud en sus manos, y no en el de cuatro catetos tecnofóbicos.

Fotos extraídas del blog Radiando. Para saber más:

Radiando Maldito.es Magonia

 

 

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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4 Comments

  1. Totalmente de acuerdo con este artículo, muy acertado. Es lo que ocurre en España y especialmente en Segovia.
    Se pone como excusa el ecologismo, lo natural, etc. Pero la realidad que hay intereses personales, que es lo que persiguen ciertas personas y grupos.

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  2. Inquisición ecologista subvencionada a costa del contribuyente.

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  3. «la agricultura intensiva precisa muchas menos hectáreas que la orgánica» No por ello se siembra menos y, hoy día se utiliza el herbicida mas peligroso que hay el Glifosato, este acaba con todo,por no hablar de los purines que estan envenenado las aguas de nitritos.

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    • El glifosato es uno de los herbicidas menos tóxicos del mercado. Su inducción al cáncer solo se ha probado en unas cantidades brutales y continuadas en el tiempo, como casi cualquier otro químico. Respecto a los purines, estos son, precisamente, adobes orgánicos. Su mejora dependerá en cualquier caso de la tecnología, transgéncios, ect… además del controlo del marco legistlativo. El argumento, con todo, es interesante. Sabe la cantidad de superficie arrebatada al medio que entrañaría cubrir la actual demanda alimentaria sin herbicidas ni abonos?

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