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Cómo volver a la luna

La víspera, mi padre, había comprado el primer televisor de la familia, Un Optimist con tres botones: encendido, VHT y UHF (que no funcionaba). Así que imperaban serias dudas sobre si las persistentes interferencias -la huidiza imagen de lo que se antojaban tres cajas apiladas con una escalera lateral como de piscina sobre un paisaje blanco con cielo negro, la cara de un chino apareciendo de repente- eran cosa de la señal de origen o de las escasas dotes ingenieriles de mi buen padre (después de todo, ¿quién había oído nunca hablar de la marca Optimist?).

La tele entró en mi casa con el primordial objetivo de convertirnos en testigos del primer paso del hombre sobre la luna. Así que yo dormía como un campeón de tres años y medio cuando tocaron a generala y nos congregaron ante el televisor. «Teneis que ver esto». Amodorrados y en pijama asistimos a lo que, para un crío de entonces, fue uno de los espectáculos más decepcionantes que concebirse pueda. Al final, tras un largo rato de cajas inamovibles, por la escalera de piscina apareció otra caja con patas, Armstrong. La caja con patas vagamente asimilable a un buzo dio un saltito ridículo y Jesús Hermida se lanzó a una apasionada loa a la tecnología y a España y sus autoridades que gracias a una antena en el Guadarrama hicieron posible (sinó, ¿de qué?) todo aquello…

La exploración lunar presencial terminó en 1972. No hemos vuelto desde entonces. Una vez demostrado por rusos y americanos (con la inestimable colaboración de España) que se podía plantar una bandera en el fondo de un cráter, se impuso la triste realidad. Mandar un kilo de lo que sea más allá de la atmósfera cuesta miles de euros y no hay, hoy por hoy, un aliciente económico que justifique el gasto. Es peligroso, ruinoso, trabajoso y más cosas terminadas en oso. Por ejemplo venenoso; un año sin gravedad y hasta el ruso más cachas vuelve con un 10% de masa ósea consumida, los niveles de radiación soportados al punto del cáncer.

No obstante, no faltan argumentos para perserverar en la gesta. La voracidad humana nos lleva a una depredación insostenible de materia primas irremplazables para cuya sustitución podría ser interesante la colonización de la luna, Marte, el cinturón de asteroides… La resolución de los retos científicos inherentes tiene un enorme potencial en términos de retorno tecnológico. Con todo, siguen siendo los argumentos del padre del invento, Andrei Tsiolkovsky, los más contundentes. El peligro de irnos al carajo como especie por razones internas y externas es alto, de ahí que no sea mala cosa buscar santuarios para diversificar «ámbito vitales», ¿después de todo, para que sirve el universo sin un sapiens que le dote de consciencia? Desde un punto de vista humano (forzosamente el nuestro), para nada. Es nuestra misión expandir la vida y el conocimiento sobre un universo -hasta donde sabemos- inerte.

Cuando menos, este es a grandes rasgos el leit motiv de no pocas novelas de ciencia ficción. Porque si presencialmente no hemos vuelto a la luna, en lo que a fantasía toca estamos allí desde hace siglos. El barón de Munchausen, el aeroestatista Hans Pfaall, Barbicane, Ardan y Nicholl, por no irnos a Luciano de Samósata.

Razones para ir y quedarse, soluciones tecnológicas y económicas, consecuencias sociales de un comercio extraplanetario… Son temas apasionantes que tocan dos recientes novelas que paso a recomendarles. En Luna Roja, el gra Kim Stanley Robinson, nos traslada al 2050 con los chinos sólidamente afianzados en el polo sur lunar. Hay incipientes flujos comerciales y sobre todo la creación de habitats razonablemente autosostenibles. En estas un físico especializado en criptografía cuántica se ve envuelto en una conspiración vinculada con el cambio de presidente en el politburó chino. A partir de aquí Robinson sirve un magnífico tecno-thriller anticipativo. ¿Cómo evolucionará esta China comunista en lo político y liberal-capitalista en lo económico llamada a ser la vanguardia de la humanidad en los próximos años? En el trasfondo late uno de los leitmotivs de Robinson, las condiciones de posibilidad de los cambios sistémicos en sociedades capitalistas, ya protagonistas de la trilogía que dedicó el autor a Marte (genial) o Nueva York 2140.

A destacar que la ciencia ficción subyacente se contextualiza en el paradigma «hard», es decir, fantasía racionalista donde desde la divulgación científica se explican -y a menudo detalladamente- los pormenores del contexto. Y no solo en lo tocante a tecnología, también el entorno social rezuma filosofía de la buena, análisis económicos y ecológicos precisos y fundados. Esto no es Dune, la Guerra de las Galaxias o Juego de Tronos.

Aunque sí se parece, hasta el punto que la solapa así nos lo anuncia con el chillón subtítulo de «Juego de tronos en la luna», la segunda recomendación, Luna Ascendente. Es el esperado final de la trilogía lunar de Ian McDonald. Aquí las cosas andan «más evolucionadas». La presencia humana en el satélite cuenta ya con unos cuantos millones de pobladores. Existen ciudades confortables, no siendo un paria, y hasta lujosas en la que no falta una liga regular de balonmano (el deporte favorito de los lunáticos junto con el parkour). Todo pivota alrededor de cinco familias que a modo de señores feudales dominan la economía lunar en medio de un capitalismo salvaje. Hay sexo, ciencia de la buena, bofetadas e intriga a chorro en medio de un «procés» secesionista salpicado de aventuras.

Es cierto que hay que tener un paladar un tanto especial para disfrutar de estas dos maravillas. Te tiene que gustar la novela de aventuras y la divulgación científica, no perder la paciencia ante exhaustivas descripciones de paisajes asombrosos y gadgets sofisticados. Si este es el caso, a por ellas sin más dilación.

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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