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Cartelera Segovia: C’est la vie

A lo tonto, C’est la vie se ha convertido en una mis películas favoritas. Tiene ritmo, gags hilarantes, contención, magistrales interpretaciones y una producción esmerada, a veces con textura de documental y ritmo de noticiero. Además, versa sobre un mundo que me atrae especialmente: la organización de bodas y banquetes.

 

En general, me gustan las comedias francesas. Más que las españolas. Tienen un punto de realismo y contención que echo de menos en el cine patrio, donde se tiende demasiado a la mortadelada, olvidando que Berlangas solo hay uno. Amo el humor negro, que no es el caso, pero últimamente me gustan más las comedias francesas que las españolas (vi 8 apellidos vascos y me confieso incapaz de entender un mal chiste de la aclamada cinta, simplemente no la puedo soportar; ni a los Javis, ni nada de todo eso). Que le vamos a hacer, y eso a pesar de que en la comedia francesa hay un odioso  regusto moralizante, un buenismo cándido, como si por el hecho de hacer cine de risa hubiera que añadir una justificación del tipo “la gente es buena”, “la vida es maravillosa”, y esas cosas… De hecho, este carácter moralizante es lo que me privó de ver Intocable, la anterior comedia del dúo Nakaché y Toledano, no puedo con el humor políticamente correcto.

C’est la vie es un buen ejemplo. Max (Jean-Pierre Bacri,) es un weding planner en horas bajas. Sesentón y permanentemente estresado por sus excéntricos y tacaños clientes, así como por su surrealista equipo, se enfrenta a su último reto; la boda por todo lo alto en un chateau de un ególatra pedante (impresionante actor).  Para Max va a ser un día difícil, su precario matrimonio se va a pique y su precaria amante, compañera de trabajo, le lanza un ultimátum, o deja a la legítima o se la pega con… Para postres la segunda del negocio es una borde malcarada que no para de pelear con el responsable de la banda que amenizará el evento. Los camareros no quieren lucir el uniforme a la Federica. El fotógrafo está zumbado. En una baja de última hora, Max tiene que contratar al peor camarero del mundo. Pero las cosas aún se pueden poner peor, una infección de última hora, un invitado que sale volando, un inspector de la Seguridad Social. Todo apunta al El Hundimiento del pobre Max. Pero al final, con un poco de ayuda de todos…

Qué quieren que les diga, a mí me ha encantado. Tiene la gracia de moverse con realismo por este mundillo tan raro y fascinante de la restauración social, donde todo tiene que resultar como en una película de amor y lujo pero con unas bambalinas esencialmente cutres.

Cierto es que parte de la comicidad de los chistes se pierde al traducirse al castellano, más que nada porque están basados en desparrames verbales de difícil extrapolación a nuestro idioma, pero el voltaje situacional es magistral.  Las tramas paralelas magníficas, con disparatados personajes, sin embargo, reales como la vida misma.

Y sobre todo, el ritmo. Si una buena comedia mantiene el ritmo, ya tiene medio camino hecho. Y C’est la vie tiene un ritmo endiablado, como corresponde a una cena de bodas. Y ya el novio haciendo el gilipollas amarrado a un globo de helio, eso ya… Palabras mayores. Desde la Cena de los Idiotas que no me reía tanto.

Autor: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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