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¿Quién destruyó la catedral vieja de Segovia?

La historiografía está llena de trampas. El último trabajo de la historiadora María Guadalupe de Marcelo pone fin a una que ha durado 387 años, desde que el cronista Colmenares la asentara en su monumental Historia de Segovia y que los historiadores posteriores han ido dando por cierta. Hasta ahora.

La Guerra de las Comunidades, de abril de 1520 a 1521, se zanjó en Segovia con una importante devastación de mansiones y casas, pero ninguna tan importante como la de la vieja catedral de Santa María. Iniciada en el siglo XII, con sucesivas reformas de modo que para 1520 estaría aún por acabar. A la caída de Segovia el templo estaba tan mal que se optó por construir otra, la actual, que heredó de su predecesora el claustro del XV, prácticamente lo único que queda de la vieja seo.

Recreación de la vieja catedral, junto al Alcázar. Ilustración de Viajar con el Arte.

No es para menos. Durante dos años la catedral vieja fue zona de guerra. Según Colmenares, los comuneros segovianos se atrincheraron allí para hostigar a las fuerzas realistas encastilladas en el alcázar. De uno a otro edificio no habría más de 20 metros. La catedral vieja, asentada sobre la muralla sur, ocupaba lo que es hoy la Casa de la Química y buena parte de la plaza Victoria Eugenia. Anexa a edificios episcopales, con su alta torre y recios muros, la ubicación de la catedral es una queja constante de los alcaides del alcázar, que la veían como un incordio para una eficaz defensa del castillo.

Y así fue. Con Segovia levantada en armas, la catedral se convirtió en un punto estratégico cuya ocupación prácticamente desactivaba la capacidad ofensiva de las fuerzas realistas del alcázar pues les cortaba el paso a la ciudad. A la vez, suponía un punto privilegiado para hostigar con artillería las almenas y murallas del castillo, dificultando las salidas para abastecer la fortaleza.

De ahí que tuviera mucha lógica pensar que los comuneros se hicieran fuertes en la Seo, como señalaba Colmenares, que atribuye la devastación sufrida por el templo al uso de elementos como el vigamen de la techumbre y bloques de granito como parapetos comuneros desde los que hostigar  a los realistas. Hay un pero, que no es verdad.

Ratenkrieg en la catedral

En la obra de Marcelo, El cerco del Alcázar de Segovia, Nuño de Portillo y la defensa de la catedral (Derviche 2019), se profundiza en las “probanzas“, los documentos por los cuales los soldados y los ciudadanos aportaban testimonio de sus hechos en pro del rey y del reino. Un documento que permitía optar a compensaciones, cargos, pensiones… La historiadora ha analizado los relativos al capitán de las fuerzas realistas, Nuño del Portillo, un hidalgo de la oligarquía segoviana, veterano de guerra y a lo que se ve todo un héroe de la causa de Carlos I. En estos documentos se constata que fueron los realistas los que de buen principio tomaron la seo y la convirtieron en un baluarte defensivo avanzado. Fueron ellos, los realistas, los que usaron el artesonado para sus parapetos y defensas y los que aguantaron fieramente en los muros de la iglesia hasta cinco ataques de la milicia segoviana.

Restos de la antigua seo en un grabado de 1550.

Desgraciadamente, las probanzas no son novelas militares, son someras en detalles, pero los disponibles son inequívocos. El bravo Nuño cuenta y aporta importantes testigos como la defensa realista estaba comandada por un capitán de apellido Peñalosa y él mismo. El primero daba por perdida la posición y se negó a cumplir las órdenes de la condesa de Chinchón, al mando de la fortaleza por encomienda real. Con un grupo que no superaría la veintena de hombres le tocó atricherarse en la iglesia a Nuño, que debía ser todo un Rambo.

Los ataques solían llegar en forma de boquete. A través de estos orificios entraban los comuneros y los defensores debían salir a por ellos pica y espada en ristre. Así capilla por capilla. Luego se taponaban con lo que se encontraba a mano. De modo que en rigor, la devastación fue obra de ambos bandos. No debieron ser poco desastrosas para la suerte del templo las minas. En la época, la toma de estas posiciones pasaba por excavar pasadizos subterráneos y desfondar paredes y abrir huecos. Las contraminas eran las excavaciones paralelas con las que los defensores anulaban los túneles. Como ven, la guerra de ratas o Ratenkrieg no se inventó en Stalingrado.

Huesos de canónigos para los cañones

La situación de los defensores llegó a ser desesperada. Sin apenas provisiones del exterior -solo consta el envío de 9 infantes de refuerzo y dos salidas al valle del Clamores, también de Nuño de Portillo, que se saldaron con la provindencial incautación de un rebaño de ovejas y media docena de cerdos-, el alcázar llegó a quedarse sin pólvora. Tenía una buena provisión de azufre, el carbón no es problema (se obtiene quemando madera), ¿pero de dónde sacar la potasa?

Pues de los huesos de canónigos y nobles enterrados en la Catedral, ricos en potasio. No se entra en el detalle en la probanza, pero Nuño es explícito al asegurar que gracias “al salitre” se logró asegurar un stock de pólvora con el que alimentar la artillería realista.

El origen de un mito

Este detalle macabro, la depredación de restos de finados para obtener pólvora, así como la brutal destrucción de obras de gran valor, amén de los materiales propiamente arquitectónicos (se perdieron retablos, libros, tallas…) debe estar en el origen de la falsa atribución de la defensa de la catedral a los comuneros.

Y es que Colmenares era un realista acérrimo. En la época, que fueran los soldados del rey los responsables de la destrucción del templo no debía ser la mejor propaganda para la corona, especialmente un siglo después de los hechos, en pleno auge del absolutismo que es cuando Colmenares escribe su Historia de la insigne Ciudad de Segovia y compendio de las historias de Castilla. De manera que, valiéndose de cierta ambigüedad de los pocos cronistas previos a él, que se limitan a explicar que los combates acontecieron de manera especialmente cruenta en el interior de la catedral, Colmenares se saca de la mano que los ocupantes de la seo fueron los comuneros. Bravo, Padilla y compañía no solo eran malos súbditos, tampoco eran cristianos muy allá. Cronistas posteriores, Lecea, el Marqués de Lozoya, dan por buena la versión que ha llegado a nuestros días.

Pero más allá del desmontaje de un mito, el estudio nos acerca a un segoviano la mar de interesante, un héroe de guerra que tras perder un brazo en la defensa de Segovia, terminó sus días buscando fama y riqueza en las Indias. Nos acerca también a esa oligarquía local, la baja nobleza urbana, todos emparentados de un modo u otro (el propio Nuño casó con la hija del prócer comunero, ejecutado por el rey, Juan de Solier), que durante dos años dirimieron sus pulsos de poder, intereses, fobias y filias, a arcabuzazo limpio. Una contra-historia la mar de adecuada ahora que se cumplen 500 años de un episodio capital en la historia y memoria colectiva, de Segovia. Un libro tan oportuno como necesario.

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Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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3 Comments

  1. Muy interesante el libro y el artículo; por fortuna, además del claustro (entonces casi recién construido), también se salvaron otros elementos como la portada de entrada al mismo, dos grandes rejas (la de la capilla mayor y la del coro, hoy en dos capillas de la catedral nueva), además de mucho arte mueble: esculturas, alguna pintura, textiles, plata, libros, incunables, el archivo, etc..

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  2. Lo destruyó el aprendiz, que se lío entre argamasa y mahonesa y como es tan soso quedó una mezcla muy insulsa. El obispo se sorprendió hasta que se dio cuenta de que el aprendiz era tonto del culo.

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  3. Según se cuenta, la imagen de La Fuencisla estaba en una hornacina de la antigua catedral, ¿Es cierto ese dato?

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