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“Quant costa aixó?” o el precio del poder

Lo mejor de los catalanes es la rapidez y naturalidad con la que, antes que nada, preguntan por el precio. Quant costa tot aixó? Así se han convertido los catalanes en una raza necesaria. Cuando un grupo de personas va por el mundo y es repentinamente agasajado, a los más de ese grupo se les plantea esa inquietud… Quant costa tot aixó? Inquietud en aumento conforme el agasajo se torna más grandilocuente. Llegados ahí resulta impagable el amigo catalán que con, aparentemente, la mayor ingenuidad formula la pregunta clave.

Obstáculo inherente a la continuidad de Sánchez ha sido pagar por la mesa del Congeso. Un precio harto barato, porque por otro lado tanto Junts como ERC precisaban formar grupo . Y aunque estoy seguro de que el PP les hubiera puesto un precio asequible, a ellos les daba apuro ir por allí. Mejor el PSOE.

La minuta ha quedado en montar comisiones sobre los atentados de la Rambla (el independentismo sostiene que fue una operación de bandera negra del CNI para eclipsar el procés). Y otra sobre el espionaje a políticos. Lo de desjudicializar el procés (hay todo un porrón de cargos de confianza del segundo nivel imputados por malversación) ya iba en el programa del PSC (no en el del PSOE) en la estrategia, de momento impecable, de Salvador Illa para conseguir la Generalitat.

Y la cooficialidad de catalán, vasco y gallego (no el valenciano) en el Congreso, tal cual pasa en el Senado. Esto del valenciano es muy gracioso y se ve venir que costará hostias como paellas, pero mejor lo explico otro día. Vamos a la cuestión.

¿A qué se va a uno a un parlamento? A parlamentar. Y para eso es preciso buscar un lenguaje común. Puede ser que ya lo tengamos, pero también podemos complicar la cosa y buscar intérpretes que conozcan muchas lenguas y hagan de bocas y orejas, más disfuncional, caro y estúpido, pero territorialmente admirable. Especialmente cuando ya se tiene lo primero.

Conste que siempre me ha parecido ridículo cuando el presidente de la sesión cortaba el intento de este o aquel de hablar en vernáculo. En rigor, siendo francos, lo que hacía era advertir al nota que lo que dijera no entraría en el acta (total, como si alguien escuchara), que por él, por el chairman, podía seguir hablando en maltés o siberiano, pero que en orden de no dilapidar recursos… Pero tratándose del parlamento español, eso es demasiado sentido común. No dan tanto de sí las bancadas.

Los siete samurais de Junts en Madrid. abajo, Sánchez.

En cualquier caso, en Cataluña, lo de oficializar el catalán ha recibido todos los elogios. Al menos en lo que toca a la prensa institucional, Ara, La Vanguardia… Los editoriales se felicitan por este éxito de la nostrada llengua. Y más se felicitan por el hecho realmente importante: la ruptura de la línea irredenta de Junts. Esa postconvergencia que desde Waterloo lleva seis años rabiando contra la dictadura fascista instalada en España que encarcela a los líderes de la Resistence y tortura a los heroicos catalanes que osan vestir de amarillo. De repente, esa España fascista ya no lo debe ser tanto y el republicano Tardà espetaba a sus primos de Junts que bienvenidos a las filas de los “traïdors, botiflers i nyordos”. Epítetos que los de ERC llevan oyendo desde hace varios años de boca de los herederos de Pujol. Si, estos mismos cuyo antiguo líder gestionaba carretadas de pasta en Andorra en tanto el actual vive instalado en un palacete belga mientras el de los republicanos penaba en una cárcel. ¿Qué más tiene qué pasar para que tantos cientos de miles de votantes abran los ojos? Ya no lo sé. El mundo es así.

La cosa está en que las acusaciones de “nyordos, traïdors i botiflers” han socavado seriamente a ERC. Pero también a los pactistas de Junts, que los hay. De hecho, la posconvergencia está muy dividida. Y no solo entre la facción irredenta y la pactista. Están los del peix al cobe (pájaro en mano), pero también egresados de facciones de facciones que quedaron tal que Impulsem, PDCAT, borrallistas, rulleros… Un cristo de capellanías, como bien se vio durante la formación de listas de las municipales y que pone de manifiesto el verdadero credo político del partido. En expresión acuñada por el combativo periodista del Diari de Girona, Albert Soler, Junts per la pasta.

Es por eso que yo veo una gran oportunidad en el acuerdo Frankenstein que intenta Sánchez para seguir con las patas en la Moncloa. El apoyo a los socialistas tiene un corrosivo impacto en las filas del independentismo catalán (que no en el vasco, curioso). Tan es así que en las próximas catalanas existe la remota esperanza de una mayoría absoluta del constitucionalismo lo que, gaudeamus, desalojaría al nacionalismo de Cataluña y en lo que sería una de las mayores alegrías de mi vida. Verlos fuera.

Y no son tontos, después de todo ser nacionalista no  siempre es sinónimo de idiota. En Junts lo saben, bueno, no exageremos, algunos saben que les iría mejor con el PP mandando en Madrid (y ya no te digo con apoyo de VOX). Y la suma da: 350 menos siete partido entre dos, 171.5, medio diputado más de lo que tiene Abascal-Feijóo. (Sánchez también lo sabe).

Pero yo creo que se impondrá el pájaro en mano. Son así. Después de todo el “quant costa tot aixó?” tiene una contrapregunta desarmante. ¿Cuánto estás dispuesto a pagar? Y este, al final, es el problema ya no de Junts per la pasta sino del independentismo. Nadie quiere pagar nada. Más bien, de lo que se trata es de ingresar. Y ahí sí que Sánchez se maneja sin problemas. ¡Será por dinero!


Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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