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Cartelera Segovia: El ascenso de Skywalker

En 2012 Disney compraba los derechos a Lucas Films para continuar la saga Star Wars con una tercera trilogía. Conocíamos así en 2015 a Rey (Daisy Ridley), una misteriosa chatarrera con potencialidad Jedi que se ve involucrada en la búsqueda de Luke Skywalker, retirado en un planeta secreto a modo de ermitaño no muy contento (considera a los Jedi arrogantes y fracasados). Se presentaba también la némesis de Rey, Kylo Ren, hijo de Han Solo y Leia Skywalker, que se ha pasado al lado oscuro e instaurado un régimen neo-imperial, que busca restaurar el legado de Palpatine (episodio VI). En el siguiente (2017), Los últimos Jedi, muere Luke pero la resistencia republicana logra una crucial victoria.

En el Ascenso de Skywalker asistimos al final del ciclo, que en realidad, es una copia del segundo (episodios del III al VI). El héroe que se ve abocado a serlo (episodio VII). Toma de consciencia del héroe en cuanto que tal (VIII), y batalla final (episodio IX). Entre medias Disney colocó una precuela del episodio III, Rogue One (2016), que estaba bastante bien, y un conato de inicio de spin-off a cargo de un joven solo, Han Solo (2018), bastante floja.

Para la tercera trilogía Disney puso al mando a todo un maestro del blockbuster de gran formato, J.J. Abrams (responsable de otras sagas como Star Trek, Misión Imposible, el Proyecto Cloverfield). Solvencia contrastada.

A la hora de la verdad, El ascenso de Skywalker ha cosechado una mayoría de críticas en contra. Si bien si vamos a lo importante diría que el mundo Star War es una saga suficientemente rica, muy trabajada ya, de manera que garantiza entretenimiento, fabulosos escenarios, trepidantes persecuciones y batallas y un final por todo lo alto. ¿Vale la pena verla? Sin duda.

Ahora bien, ni el más recalcitrante friki podrá decir que El ascenso de Skywalker es una gran película. La razón parece estar en dos cosas. El guión, si se le puede llamar así, es un mero calco de la segunda trilogía, cambian los actores (y para peor), pero los conflictos son exactamente los mismos. El segundo es un nefasto montaje de por lo menos toda la mitad inicial de la película. Da la impresión de que Abrams llegó a la sala de montaje y salió con una película de 300 minutos. Le sobraba la mitad para dejarla en un formato de 140 y se empleó a fondo. Parece una película hecha con retales (pero qué retales).

Y aquí llega el desastre. De buenas a primeras asistimos a una película donde impactantes escenas de acción y efectos especiales se encandenan sin transición ninguna. Por poner un símil, imaginen un western que empieza con el típico duelo en una polvorienta calle principal, a continuación viene la persecución de una caravana por una partida de indios, luego una partida de póker, luego una estampida de vacas para seguir con Custer fumando la pipa de la paz. Todo encajado como a martillazos con una línea de guión digna de Jess Franco o de Ed Wood. Tengo cinco actos tremendos y los voy a encadenar aduciendo que en 16 horas se va a montar la mundial.

No sé mucho de esto pero me parece de libro que una película no puede ser una sucesión clímax, luego clímax, luego clímax. Entre uno y otro tiene que haber valles, anticlímax, transiciones. En cine bélico son las escenas donde un soldado habla de su novia de Arkansas, asiste a un compañero agonizante o reflexiona sobre la futilidad de la existencia… Momentos que permiten encarrilar el ritmo, preparar la siguiente escena trepidante y darle un poco de lógica al guión y credibilidad al personaje. En el ascenso pasa que, o bien no hay transición, o si la hay casi es peor, pues viene a ser un “caray, que existencia tan futil”, para pasar sin solución de continuidad a los mamporros. Lo mínimo de lo mínimo para justificar el sueldo del guionista. Claro, los diálogos son merlucismo en estado puro.

En toda la primera mitad, pues, el cierre de Star Wars es un volcado en bruto de escenas de acción débilmente hilvanadas por el típico “buscamos un objeto mágico”. Ahora es de día, luego de noche (vale, estamos hablando de planetas diferentes así que por poder ser…), ahora me tiro un rato para llegar a la siguiente  etapa, pero de la tercera etapa a la cuarta me planto en un chas. Lo que era un misterio del copón termina siendo un “¡Ah, era eso!”. De pronto se muere alguien y en la siguiente no estaba muerto que estaba de parranda. Un sindiós. Eso sí, ¡qué escenas!.

Ya digo que en la parte final la cosa se endereza. Hay fanfarría, emoción, grandiosa batalla final… Pero como película diría que está esperando el montaje del director y su conversión en serie.

Conclusión, para disfrutarla, porque disfrutable lo es, doy fe, hay que verla como vimos la primera. Como la ve un crío de 10 años. Después de todo, ¿cuántas películas se contentarían con exhibir una única escena de acción, bien rodada y con efectos apabullantes, de las 10 que tendrá El ascenso…?

 

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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