Este fin de semana las elecciones en Alemania pueden constituir un punto de inflexión para la política europea. Se espera que el Partido Socialdemócrata, actualmente gobernante, quede en tercer lugar, superado por la ultraderecha de Alternativa para Alemania y la Unión Demócrata Cristiana, que liderará sin mayoría suficiente para gobernar por sí sola. Esto obligará al partido más votado a formar alianzas. Aunque parece poco probable una coalición entre democristianos y la ultraderecha, este escenario podría, a largo plazo, beneficiar a la extrema derecha, siguiendo el ejemplo de Meloni en Italia, donde la paciencia resultó ser una estrategia ganadora.
La evolución electoral de Alemania no es un caso aislado, sino parte de una tendencia más amplia en Europa y el mundo. En países como Italia, Austria, Hungría, Países Bajos y Noruega, la extrema derecha ha ganado terreno de manera significativa. En Reino Unido, España y Portugal también se observa un crecimiento de las fuerzas ultraconservadoras. Esta dinámica responde al hastío y desprecio del ciudadano común hacia la política y los políticos, con quienes los nuevos partidos de extrema derecha buscan identificarse. Su auge está relacionado con la percepción ciudadana de que la acción política actual está más orientada a la conservación del poder y la defensa de intereses particulares que a la resolución de los grandes problemas sociales. A ello se suma la amenaza que, para sus valores tradicionales, suponen la migración, las políticas proteccionistas medioambientales y el rechazo al movimiento woke, combinados con errores estratégicos de gestión de los gobiernos que ponen en entredicho sus expectativas.
El ascenso de la ultraderecha también responde a un contexto geopolítico complejo. La rivalidad entre Estados Unidos y China, el resurgimiento de Rusia como actor desafiante y la falta de liderazgo político y económico en Europa han generado un escenario de incertidumbre. En estos últimos días la guerra comercial impulsada por Estados Unidos para debilitar a Europa, con la imposición de aranceles a sectores clave de la economía europea, y su posicionamiento táctico con respecto a la guerra de Ucrania, con un incremento notable del gasto militar para defender su soberanía, pueden tener un efecto desestabilizar en la política europea.
Es importante recordar que Europa es una amalgama de Estados con culturas, idiomas y tradiciones muy diferentes, lo que dificulta su unidad de acción. La UE no es un Estado único capaz de competir con EE. UU. o China en igualdad de condiciones y, ante desafíos cada vez más intensos, requiere, ante todo, unidad de acción entre los 27 países que la integran.
Las elecciones alemanas marcarán un antes y un después en la política del continente. En Francia, donde la ultraderecha sigue ganando fuerza, podría producirse el próximo gran cambio. Europa está en riesgo de perder los valores democráticos que la han definido desde la Segunda Guerra Mundial. La política tradicional ha caído en una espiral de polarización, discursos vacíos y estrategias cortoplacistas que ignoran los problemas reales de la ciudadanía, generando rechazo en la población ante una acción política carente de esencia. De ello son víctimas —o corresponsables— tanto la socialdemocracia como la derecha conservadora moderada, garantes del bienestar y el progreso de Europa en los últimos 70 años.
La ideología ha dejado de ser el principal referente en la preferencia de voto. Moisés Naím, en su libro La revancha de los poderosos, destaca que la identidad visceral del votante se ha convertido en el principal factor de conexión con sus representantes. La ideología ya no cuenta, o cuenta menos, especialmente cuando hay una desconexión entre el discurso de los partidos y sus acciones.
Si los partidos tradicionales no encuentran una manera de reconectar con los ciudadanos y abordar los desafíos económicos, energéticos y sociales de manera efectiva, el cambio de rumbo en Alemania podría ser solo el principio de un nuevo ciclo político que transformará a Europa en los próximos años. El mapa político europeo, incluido el de España, puede cambiar de forma radical en ocho años. El tiempo despejará la incógnita.












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