Cada verano asistimos a las mismas imágenes: las portadas ocupadas por el humo procedente de los incendios, los helicópteros y avionetas sobrevolando nuestros montes, y la preocupación de los vecinos contemplando cómo el fuego amenaza pueblos, viviendas y vidas. Pero cuando llegan las primeras lluvias, el problema desaparece de la agenda política… hasta el siguiente verano.
Y, sin embargo, el problema nunca desaparece. Conviene empezar por una afirmación incómoda, pero absolutamente cierta: incendios forestales siempre vamos a tener. No existe ningún país capaz de evitarlos. Lo que sí diferencia a unos territorios de otros es la capacidad para impedir que un pequeño incendio termine convirtiéndose en un gran incendio forestal. Ese es el verdadero debate. Lo afirmo no solo como diputado o responsable político, sino desde la experiencia de más de treinta años como Agente Medioambiental. He participado en la extinción de muchos incendios y he comprobado que la diferencia entre un incendio controlado y una tragedia casi siempre se decide mucho antes de que aparezcan las llamas.
El cambio climático está modificando completamente el comportamiento del fuego. Las olas de calor son más intensas, las sequías más largas, los vientos más extremos y la vegetación acumula una enorme cantidad de combustible tras décadas de abandono del medio rural. Los incendios son hoy más rápidos, más violentos y más imprevisibles que hace veinte años.
Precisamente por eso resulta incomprensible que la Junta de Castilla y León siga respondiendo con recetas propias del siglo pasado. Seguimos escuchando anuncios sobre más medios de extinción, más campañas de verano o más inversiones cuando el fuego ya está encima. Pero los grandes incendios del siglo XXI no se derrotan únicamente con helicópteros. Se derrotan durante el invierno.
La provincia de Segovia constituye un magnífico ejemplo de esta nueva realidad. Nuestros pinares, rebollares, sabinares y masas forestales representan uno de los principales patrimonios ambientales de Castilla y León. También uno de los más vulnerables. Los incendios registrados en los últimos años han demostrado que cualquier comarca puede verse amenazada cuando coinciden condiciones meteorológicas extremas y un territorio insuficientemente gestionado.
Los incendios de los últimos años han afectado a espacios de enorme valor ambiental y económico. El incendio de la Sierra de Guadarrama, o el del Valle del Pirón con afección a municipios como Brieva, Basardilla, Caballar, Pelayos del Arroyo, Santo Domingo de Pirón o Torreiglesias, ha vuelto a recordarnos que nuestros montes son cada vez más vulnerables y que protegerlos exige mucho más que desplegar medios de extinción cuando ya existe un frente de fuego.
El reciente incendio volvió a poner de manifiesto la extraordinaria profesionalidad de quienes trabajan sobre el terreno, como verdaderos héroes, que nos cuidan: técnicos, agentes medioambientales, bomberos forestales, bomberos Speis, fuerzas y cuerpos de seguridad, personal municipal, etc. pero también dejó al descubierto las carencias estructurales del sistema. Porque cuando un gran incendio alcanza un comportamiento extremo ya no existen milagros. La verdadera batalla se ha perdido meses antes.
Por eso cuesta entender algunas prioridades políticas. Resulta paradójico que el presidente de la Junta, Fdez. Mañueco anuncie cerca de 90 millones de euros para reparar los daños de los incendios, mientras durante años no se ha apostado con esa misma intensidad por evitarlos. La política de la Junta parece asumir que siempre será más fácil pagar después que prevenir antes. Y esa es una forma profundamente equivocada de gestionar un problema que sabemos que va a repetirse cada verano. La pregunta que muchos profesionales nos hacemos es muy sencilla: ¿por qué ese dinero no se destinó hace años a prevenir los incendios que hoy estamos intentando apagar? ¿por qué si la Junta dispone de 3600 millones de euros extras de financiación del Estado, no invierte más en políticas de prevención?
¿Cuántas hectáreas podrían haberse tratado mediante trabajos selvícolas? ¿Cuántos kilómetros de pistas forestales podrían haberse acondicionado? ¿Cuántas áreas estratégicas de gestión del combustible podrían haberse creado? ¿Cuántos puntos de agua podrían estar hoy operativos? ¿Cuántos montes privados podrían haberse incorporado a programas de gestión?
La prevención nunca genera grandes titulares, pero evita muchos más euros de extinción restauración ambiental e indemnizaciones posteriores. Nunca gana elecciones porque sus resultados no salen en los telediarios. Nadie inaugura un monte que no ha ardido, ni una hectárea que se ha salvado gracias a un tratamiento selvícola realizado seis meses antes. Sin embargo, ahí es donde se decide el éxito o el fracaso de una política forestal seria. Un monte que no arde no sale en televisión. Pero cada euro invertido en prevención ahorra muchos más en extinción, restauración ambiental, indemnizaciones y pérdidas económicas. Necesitamos un Plan Forestal ya.
La prevención no consiste únicamente en abrir cortafuegos. Significa mantener vivos los montes durante los doce meses del año. Significa recuperar aprovechamientos forestales, la biomasa, la resinación, impulsar la ganadería extensiva, favorecer los mosaicos agroforestales, gestionar la biomasa, mantener pistas forestales y facilitar que nuestros pueblos sigan viviendo del monte.
Las estadísticas son contundentes. Sin embargo, seguimos destinando la mayor parte de los recursos a apagar incendios en lugar de evitar que alcancen dimensiones incontrolables. La prevención exige otra forma de gobernar. Exige entender que los trabajos forestales deben realizarse durante los doce meses del año. Exige recuperar la gestión forestal. Exige disponer de herramientas de detección tempranas.
Un monte no es un jardín y nadie puede pretender eliminar toda la vegetación. Eso sería ambientalmente absurdo y técnicamente imposible. La prevención consiste en gestionar el combustible vegetal allí donde resulta estratégico, planificar las actuaciones y aumentar de forma sostenida la inversión anual.
Y exige abandonar definitivamente la política de reaccionar cuando ya es demasiado tarde. El abandono del medio rural y la pérdida de actividad forestal tradicional han dejado nuestros montes sin muchos de quienes mejor los conocían y gestionaban. No habrá montes seguros si seguimos resignándonos a que desaparezcan los pueblos que durante generaciones fueron su mejor defensa
Tan importante como gestionar el territorio es profesionalizar definitivamente el operativo. Castilla y León cuenta con magníficos técnicos, agentes medioambientales, cuadrillas forestales y personal de emergencias. El problema nunca han sido los profesionales. El problema es que el sistema continúa sin adaptarse a los incendios del siglo XXI. Necesitamos técnicos especializados en grandes incendios forestales. Necesitamos reforzar el papel de los agentes medioambientales en la prevención, la dirección inicial y la investigación de causas. Necesitamos cuadrillas con empleo estable durante todo el año, formación permanente y entrenamiento continuo, reconocidas como bomberos forestales.
Y necesitamos que las ELIF, brigadas helitransportadas en Coca y Las Casillas, evolucionen hacia un modelo similar al de las BRIF del Ministerio: brigadas altamente especializadas, perfectamente entrenadas, con procedimientos homogéneos, capacidad de despliegue inmediato y dedicación permanente. Invertir en profesionalización no es un gasto. Es salvar vidas y nuestros montes.
Los incendios ya no son únicamente un problema forestal. Son emergencias complejas que requieren especialistas. Igual que nadie pondría a dirigir una intervención sanitaria a quien no es médico, tampoco podemos afrontar los grandes incendios del siglo XXI sin profesionales específicamente formados para ello.
Existe además una asignatura pendiente de la que apenas se habla: los montes privados. Casi la mitad de la superficie forestal de Castilla y León pertenece a propietarios particulares. Si queremos reducir el riesgo de grandes incendios, ellos deben formar parte de la solución. Sin su implicación será imposible reducir el riesgo. Necesitamos un auténtico plan de gestión forestal privada, con ayudas estables, asesoramiento técnico, concentración parcelaria, gestión asociativa y financiación europea que incentive la limpieza y el mantenimiento de los montes.
Europa ya remunera muchos servicios ambientales a través de la Política Agraria Común. ¿Por qué no crear ayudas específicas para la gestión forestal preventiva? Durante demasiado tiempo hemos aplicado un principio indiscutible: quien contamina paga. Ha llegado el momento de incorporar otro igual de razonable. Quien limpia y gestiona el monte cobra.
Porque un monte bien gestionado protege a todo el pueblo, no solo a quien figura como propietario.
Y todavía olvidamos otro elemento esencial: la sociedad. La mayoría de los incendios siguen teniendo origen humano, ya sea por negligencias, accidentes o conductas irresponsables. La concienciación ciudadana no puede limitarse a un anuncio institucional cada verano. Debe implicar a colegios, ayuntamientos, asociaciones, medios de comunicación y a todos quienes disfrutamos del medio natural.
Los medios de comunicación también tienen una enorme responsabilidad. Durante los grandes incendios realizan un trabajo imprescindible de información, pero la sensibilización no puede limitarse a los días en que existe humo. La cultura de la prevención debe formar parte de nuestra educación ambiental durante todo el año.
Hay otro aspecto sobre el que apenas se habla y que resulta decisivo: la formación de la ciudadanía. Además, nuestros municipios necesitan formación específica. Alcaldes, concejales, trabajadores municipales y vecinos deben conocer cómo actuar cuando llega una emergencia. Saber qué hacer salva vidas. Saber qué no hacer también.
El debate sobre los incendios forestales no puede reducirse a quién tiene más helicópteros o quién comparece antes ante las cámaras. La verdadera diferencia entre una buena política forestal y una mala política forestal se mide por las hectáreas que nunca llegan a quemarse.
Y esa diferencia no se construye en agosto. Se construye durante todo el año. Porque incendios seguiremos teniendo.
Lo que no podemos seguir permitiendo es que la falta de planificación, de prevención y de voluntad política convierta cada verano en una sucesión de catástrofes anunciadas.
Los montes no necesitan más discursos cuando arden. Necesitan gobiernos que trabajen para que ardan mucho menos. Por eso los incendios del futuro no se apagarán únicamente en agosto. Se apagarán, sobre todo, en noviembre, en enero, en marzo… cuando estemos gestionando nuestros montes, formando a nuestros profesionales, implicando a los propietarios y manteniendo vivo el medio rural.
Los incendios seguirán existiendo. Lo que está en nuestras manos es decidir si queremos seguir contando hectáreas quemadas cada verano o empezar a contar hectáreas salvadas durante el invierno. Ese es el verdadero cambio de modelo que necesita Castilla y León y también la provincia de Segovia. Porque los héroes seguirán estando cuando haga falta. Lo que necesitamos ahora son gobiernos capaces de evitar que tengan que jugarse la vida con demasiada frecuencia. La mejor política de extinción seguirá siendo siempre una buena política de prevención.”













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