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Basura selectiva para salvar los bosques

El turismo nos permite asomarnos a maneras alternativas de gestionar ciudades. En la Costa Dorada hay una creciente implantación de la recogida selectiva de basura. De algún modo es volver a lo de dejar la basura en el portal, eso sí, detalladamente seleccionada en el hogar. Vuelta al puerta a puerta.

El ayuntamiento entrega a cada vivienda dos contenedores, uno de unos 20 litros para papel, envases y “resto” (o “fracción”, en cada sitio lo llaman de una manera), y otro de 5 para orgánica. 4 días por semana pasan a por la orgánica, 3 por la de envases. Para el papel y el “resto” solo un día. En un imán de nevera un gráfico te dice qué toca bajar hoy.

Es un modelo que se lanzó hace ya unos 10 años en el País Vasco y que ahora se está generalizando en el resto de España ante el fracaso relativo de la recogida selectiva en contenedor. En Segovia, según datos del Consorcio Medioambiental Provincial relativos a 2023, de 57.000 toneladas recogidas, casi la mitad (47,5%) van al vertedero. El 50% se convierte en compost. El material no orgánico reciclable (plástico, papel y metal, que logra separarse para su retorno al circuito) no llega al 2% del total.

Esta claro que el viejo modelo de contenedores resuelve poco. ¿Pero funciona el nuevo puerta a puerta? Pues sí, pero con problemas y con grandes dosis de crítica hacia los alcaldes. Funciona de aquella manera.

Piensen que las islas de contenedores prácticamente han desaparecido (salvo las de cristal, que siempre han funcionado relativamente bien). El ayuntamiento ha dejado unas pocas a modo de “emergencia” para cuya apertura se precisa una tarjeta-llave. Como sea que estas plazas turísticas están llenas de residencias de fin de semana, o de alquiler semanal,  tú llegas el viernes y el domingo no sabes donde tirar la basura. Buscas entonces dónde meterla y el panorama se convierte en papeleras callejeras convertidas en micro-vertederos, pirámides de mierda en los contenedores de los bares (que tienen un sistema distinto), o contenedores nuevecitos (los de emergencia con llave) que ya han sido forzados para acumular mucha más basura de la que pueden recibir. Para el vecino que le toca soportar alguno de estos micro-vertederos el alcalde se ha convertido en Satanás. Se ha dado el caso también de islas de contenedores calcinadas por vecinos descontentos.

Otro problema. Mucha gente no sabe muy bien dónde va cada cosa. Con el orgánico no suele haber problema, pero la diversidad alucinante de tipos de embalajes hace que no siempre sea intuitivo saber si esto es plástico, papel, papel impregnado en aceite o qué. Y otro problema: en las casas modestas y los apartamentos veraniegos las cocinas son especialmente pequeñas, no hay espacio para acumular tanto resto. Tampoco hay que olvidar la subida de las tasas de la basura, para un apartamento de 80 metros vienen a ser 175€ al año. Ni menos que la gestión de las basuras está adjudicada al mejor postor a grandes corporaciones que se niegan a reconocer la dimensión social de su trabajo, para ellas es beneficios contra costes. No hay más.

Debo decir que conforme avanza el verano el sistema va mejorando… algo… Son problemas solventables con un poco de buena voluntad (salvo el de las contratas) al tiempo que dejar la basura en el portal es más cómodo que el paseíllo hasta el contenedor.

¿Pero realmente hay buena voluntad? Esta es la cosa. El modelo funciona si y solo sí hay un compromiso responsable del usuario, más diría, de una abrumadora mayoría de usuarios. Una anécdota, en algunos institutos los profesores (bueno, algunos profesores) hemos intentado, y a veces hasta con éxito, otras no) implicar a los alumnos en la limpieza de entorno escolar. Una vez, una madre muy indignada me vino a ver para recriminarme que su hija no iba al instituto para recoger la basura de nadie. ¿Acaso no paga ella para que otros hagan ese trabajo?

Para algunas cosas España es un gran país. No compro el relato cuñadista de un país de pícaros anarquistas. Pero para otras… Tendemos a descargar nuestra responsabilidad individual en la colectiva. El bosque se quema porque el gobierno no trabaja, no paga bomberos suficientes, no lo hace bien (y sí, ciertamente, las cosas siempre se pueden hacer mejor). Pero cuando se trata de algo tan sencillo como separar y gestionar correctamente los kilos y kilos de mierda que generamos, entonces, miramos para otro lado. ¿Acaso no pago una tasa para que alguien haga ese trabajo? Y pasa que los problemas ambientales, mantener los bosques, limpiar la atmósfera, los ríos, los mares y las calles y los campos, solo se pueden abordar desde una implicación personal, directa e intransferible. Con buena voluntad y trabajo extra. Se le llama civismo.


 

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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