Nada parecido a los dos eclipses solares parciales que he visto en mis 60 años de vida. Los anteriores los viví con curiosidad, pero el de ayer, salvo imprevistos, el último que veré, me resultó sorprendente, en momentos sobrecogedor. Ver el plasma de la corona solar, el disco, las gotas rojas que de improviso aparecen… Bellísimo.
Por lo demás, no me dio ninguna taquicardia, ni me explotaron los ojos, ni me quedé dormido de repente, ni tantas otras idioteces que, para rellenar, los medios cuelgan de un pobre médico en las típicas descontextualizaciones de 20 segundos que algunos insisten en llamar periodismo. El desdichado, seducido por salir en la tele, largará un sesudo prólogo advirtiendo que no pasará nada. Pero el periodista sabe sacar esos 20 segundos de impacto. Insiste, y al final, lo que saldrá en la tele es el buen señor sosteniendo La Majadería. Los eclipses dan infartos, Retortillo de Mameses es el mejor lugar del mundo para ver eclipses, el rojo se muda en verde, las vacas dar por terminada su jornada laboral y dejan de dar leche.
Y aunque hubo gente, tampoco parece que se colapsara Castilla, con esos dos millones de visitantes, la mitad extranjeros, que dice la Junta, escogieron estos pagos para eclipsarse. Salía la gente a las calles con vistas, muchos aplaudieron en el clímax anular, y a comentarlo por redes. Yo lo vi desde la terraza, cervecita en mano. No había nadie más en los balcones vecinos. Solo una pareja, haters solares, asomada a un balcón de sombra, sin vistas, ¿publicitando así su disidencia frente al ovejismo colectivo? ¿Una célula terraplanista en Palazuelos? Hecha esta salvedad, creo que los vecinos se esparcieron por los caminos, allá donde tan a menudo vemos en su esplendor esos tremendos atardeceres segovianos. Por allí se escucharon los aplausos. Horas antes vi franceses, alemanes, buscando en vano dónde comer en un pueblo cerrado por agosto.
Los eclipses tienen mucho que ver con el nacimiento de la ciencia. Imaginémonos hace 3.000 años. Algo hay en nuestra cabeza que nos obliga a buscar significados. El sol se esconde tras la luna, lanza destellos, desaparece, ¿qué significa?, se pregunta el hombre antiguo. Y surgen las historias. Sol y luna han hecho el amor;se han peleado y ha ganado el sol; luz y oscuridad buscando imperar sobre los hombres. El dragón celestial, los lobos Sköll y Hati mordisqueando al señor de los cielos.
Pero los significados buscan, también, el sentido y la coherencia. Y hace milenos unos miracielos empezaron a anotar en tablas de arcilla la posición de luna y sol, a diario. Con los años llegaron a predecir ciclos como el de Saros, la repetición de eclipses cada 18 años y once días (eso quiere decir que en otra latitud y acabado ese lapso, se producirá un “eclipse gemelo” al de ayer). Eso pasó en Babilonia hace 3.000 años. Y más importante, se cuantificó y espacializó la órbita, lo que permitía infalibles profecías. ¿Y si después de todo se trata de un movimiento mecánico? ¿Y si el sol y los planetas siguen un patrón eterno? Más preguntas y más significados. ¿Quién ha diseñado el patrón? ¿Cómo es eso posible?
Nuestra especie es única en eso, todo debe tener un significado. Si ocurre algo anómalo, es por algo. Y si no tiene significado, ¿que significa no tener significado? Qué pena y qué vergüenza que tanto talento se desperdicie en peleas, sinrazones y conflictos.














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