Hacía tiempo que no vivíamos un verano tan convulso como el actual. Incendios devastadores, crisis institucionales, tensiones internacionales y nuevos episodios de deterioro político se han sucedido sin apenas concedernos un respiro. Sin embargo, más allá de la acumulación de acontecimientos, todos parecen compartir un mismo denominador común: la creciente sensación de que el Estado llega tarde, las instituciones responden con dificultad y la confianza de los ciudadanos se erosiona día tras día. Ese es, probablemente, el verdadero incendio que hoy amenaza a España.
Por fortuna, no todo han sido malas noticias. Durante unas semanas hemos recuperado el orgullo de pertenecer a un país capaz de hacer las cosas bien. La selección española se ha proclamado, por segunda vez en su historia, campeona del mundo de fútbol. Un éxito cimentado en el talento, el esfuerzo colectivo, la humildad y el trabajo bien hecho. Un ejemplo que, paradójicamente, contrasta con demasiadas actuaciones de nuestra vida pública.
El episodio más dramático del verano han sido los incendios forestales. En el de Almería perdieron la vida trece personas; el incendio originado en la Comunidad de Madrid, que terminó extendiéndose a Ávila y Toledo, ha provocado uno de los mayores desastres medioambientales que se recuerdan; y en Segovia hemos sufrido el incendio de Brieva, de una magnitud desconocida hasta ahora en nuestra provincia. Mientras escribo estas líneas, el fuego continúa activo en los Arribes del Duero, en Zamora, y mucho me temo que el verano aún no ha dicho su última palabra.
Sería un error atribuir toda la responsabilidad al cambio climático. Las elevadas temperaturas han favorecido la propagación del fuego, pero también debemos preguntarnos si hemos abandonado la gestión forestal que durante generaciones permitió mantener vivos nuestros montes. La prevención exige recuperar los oficios tradicionales ligados al monte, especialmente en la España vaciada, donde durante décadas ganaderos, resineros, pastores y trabajadores forestales desempeñaron una función silenciosa pero imprescindible. Los incendios se extinguen en verano, pero se previenen durante el invierno. A ello debe añadirse una legislación más exigente frente a las conductas negligentes y, sobre todo, la voluntad política de alcanzar un verdadero Pacto de Estado que trascienda la confrontación partidista.
Si los incendios ponen en evidencia nuestras carencias en materia de prevención, la crisis vivida en Ceuta cuestiona uno de los pilares esenciales de cualquier Estado: la protección de sus fronteras y la garantía de su soberanía. La entrada masiva de cerca de 60.000 personas en una ciudad de apenas 80.000 habitantes constituye, a mi juicio, el episodio más grave sufrido por nuestro país desde la declaración unilateral de independencia promovida por el prófugo Carles Puigdemont. Una actuación impulsada, según se ha señalado, por las mafias dedicadas al tráfico de personas, pero difícilmente imaginable sin la connivencia del Reino de Marruecos y la manifiesta pasividad del Gobierno de España.
Resulta difícil comprender por qué no se recurrió a alguno de los mecanismos excepcionales previstos en nuestro ordenamiento constitucional para garantizar la protección de la población civil y restablecer el control de la situación. El Estado no solo debe ser fuerte; también debe transmitir fortaleza. Esa percepción constituye un elemento esencial de disuasión y refuerza la confianza tanto de los ciudadanos como de nuestros aliados internacionales.
Tan difícil de entender como esa respuesta institucional resulta aceptar que el Gobierno afirmase desconocer los preparativos de un episodio de semejante magnitud. Si los servicios de inteligencia carecían de información, estaríamos ante un fracaso evidente. Si la tenían y no fue trasladada al Ejecutivo, la responsabilidad política sería igualmente ineludible. En cualquiera de los dos supuestos, alguien debería haber asumido las consecuencias.
A esa sensación de fragilidad institucional se suma otro fenómeno igualmente preocupante: el progresivo deterioro de la ejemplaridad pública. El denominado «caso Zapatero» continúa ampliando sus ramificaciones mientras siguen sin aclararse aspectos esenciales que la ciudadanía tiene derecho a conocer. Lejos de ofrecer explicaciones convincentes, el expresidente parece más preocupado por explorar vías procesales que por despejar las dudas que afectan a su actuación. Quienes durante años le consideraron un referente moral de la izquierda contemplan hoy con desconcierto cómo aquella imagen se desvanece.
No menos inquietante resulta el indulto concedido por el Gobierno a Laura Borràs. Una dirigente que jamás mostró arrepentimiento por los hechos que motivaron su condena, que convirtió su situación judicial en un supuesto ejemplo de persecución política y que hizo un uso irregular de la contratación pública. Todo apunta a que esta decisión responde más a los equilibrios parlamentarios que a razones de justicia o de interés general. Si finalmente los Presupuestos Generales del Estado para 2026 salen adelante, será difícil evitar la impresión de que determinadas decisiones políticas han terminado formando parte del precio exigido para garantizar una mayoría parlamentaria cada vez más frágil.
Y, sin embargo, este mismo verano nos ha dejado una valiosa lección. Mientras buena parte de nuestras instituciones transmitían división, improvisación y desgaste, la selección española ofrecía justamente lo contrario: liderazgo sereno, trabajo en equipo, profesionalidad y discreción. Luis de la Fuente ha demostrado que el éxito no depende del protagonismo personal, sino de la capacidad para construir un proyecto colectivo. Quizá por eso millones de españoles se sintieron identificados con ese equipo. Porque representaba valores que muchos echan de menos en nuestra vida pública.
Frente a ello, el comportamiento de la selección argentina en la final proyectó una imagen impropia de un campeón. Más allá del resultado deportivo, el verdadero prestigio de un país también se construye desde el respeto al adversario, la deportividad y la ejemplaridad.
El verano, en efecto, arde. Arden nuestros montes; arde el debate político; arde la confianza en las instituciones. Pero los incendios forestales acabarán extinguiéndose. Lo verdaderamente importante será comprobar si somos capaces de apagar también el incendio de la desafección ciudadana.
España necesita recuperar instituciones fuertes, responsables y ejemplares. Necesita gobiernos que expliquen sus decisiones, que asuman responsabilidades cuando corresponda y que sitúen el interés general por encima de cualquier cálculo partidista. Solo así volverá a fortalecerse el vínculo de confianza entre gobernantes y ciudadanos.
Y si para recuperar esa confianza fuera necesario devolver la palabra a los españoles, las urnas nunca deberían contemplarse como un problema, sino como la mejor expresión de una democracia madura. Porque, como recordó Luis de la Fuente tras conquistar el Mundial, «todos juntos somos más fuertes». Hoy, más que nunca, España necesita creer de nuevo en esa idea.













Últimos comentarios