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Campeones del mundo: dos estrellas y un eclipse

Menos mal que las estrellas mundialistas llegan cada muchos años, porque no sé yo si el Acueducto de Segovia aguantaría dos finales más con equipazos como la Argentina de Messi, a cara de perro, a faca viva y a resolver sobre la bocina.

Sobre 9.000 paisanos se congregaban ante la pantalla desplegada por el consistorio, todo muy bien organizado y hasta con servicios. Imagen que se repetía en decenas de pueblos de la provincia, Palazuelos, Cuéllar, Trescasas, Espirdo, Hontoria, en todos ellos se consumieron litros de todo y kilos de uñas para terminar dando rienda suelta a la euforia. Catarsis.

Pues ya tenemos segunda estrella y esto es otra cosa. Una la puede tener hasta Inglaterra, pero dos te mete de lleno en el club del “cuidado conmigo”. El G7. Los que tienen la bomba atómica, ni que sea una de cuero y rellena de aire en lugar de uranio enriquecido.

Pero dejemos la poesía y vayamos al turrón. España ha culminado un mundial memorable, jubilando a dos estrellas del calado de CR7 y Messi, eclipsando a Mbappé y descubriendo al mundo a un colosal portero de discoteca, Lisandro Paredes, expeditivo zaguero con enorme futuro controlando los accesos a las discos y soltando tortazos a adolescentes “que te miran mal”.

Como bloque España ha sido el mejor de largo de las 48 selecciones del mundial. Lo ha dicho L’Equipe (que hablan de la mejor selección del siglo XXI) y hasta Clarín (España, justa ganadora). Partía como favorita y frente a su juego de bloque, desde los tiempos remotos del Cholo, se sabe que la manera de pararla es con intensidad. Concepto que trasplantado a América es recadito a modo de propina si no viene a cuento, y coz el hocico cuando sí, marcar zona y recordar la santa consigna: si pasa la bola no pasa el jugador. Cara de se me me murió la vieja cuando entras en el minuto 75 y el pelotudo del referí no me quiso pintá de amarishoo. Era el guión esperado, como que el centro del campo español, esos tercios imbatibles, no iban a dejar girar a Messi; que toque el abuelo (y poco) pero de espaldas, en caso de duda se la pasas a Rodri, que siempre está de apoyo (por algo es el mejor del mundo). Maniatado el astro, quedaba lo principal, entrar en un Port Stanley  atestado de piernas y con el árbitro anulando un golazo por miedo y otro por el flequillo outside de Lamine. Siempre cuesta mandar a los grandes a la lona. En el gol de Ferrán la pelota debe pasar entre diez piernas, ocho brazos y cinco cabezas. Solo un cañonazo desafía tamaña pared. Pero pasó. Y le pasó al gafao de la banda, que llevaba no sé cuantos palos y a un tal Vozinha tatuado en las pestañas. Se lo merece, el chaval. Fue justicia poética.

En 110 minutos Argentina había atacado nada. Si es cierto que muy de vez en vez, Unai tuvo que dejar los formulario del IVA junto al poste, colgar el tik-tok (o lo que demonios hiciera)  y marcarse alguna carrerita anticipatoria, así que bajo todos los acueductos de España la gente empezaba ya a bordarse la segunda estrella. Pero no. Pudo haber tragedia. Con uno menos, aquel equipo de cuarentones, que no tiró al arco en 110 minutos, lo tenía claro, había que llegar a los penales, donde ya se encargaría el Dibu de estos gallegos lloricas, Otamendi dixit (Otamendi, ese otro astro de la traumatología). Estando con 10, eso supone balón parado. Y lo hacen de bien que te mueres (que pregunten en Londres).

Sobre el 116 Messi saca a colación su formación de sacamuelas estampando un pelotazo contra la jeta de Merino. Un héroe, los más, de ver semejante misil hundirían la cabeza bajo los talones, Merino (ascendencia segoviana) ni pestañea, le quedará la piñata como la cadera de Sahikira, pero ahí la bola no pasa. Pocos segundos después, tras otro córner perfecto, Giuliano Simenone -manda cojones, Gema, que sea un colchoneti el que casi nos la clava pero es lo que tiene Argentina, que le restas el Atleti y queda en Uruguay- la caza y arrea un chutazo desde el área pequeña. Pero como escribiría Clarín “no hubo chance”. La bola sale alta. Había que aguantar seis minutos más y un excelente Nico Williams puso la cuchara entre los dientes al personal. Mantener la bola. Sufrir. Ganar. Gracias Rodri, gracias señor De la Fuente, cuyo peinado gustará más o menos, pero es claro que es un entrenadorazo de leyenda. Gracias chavales.

Y ya. Luego, en las celebraciones había que ver al zopenco de Trump pegándose a Pedri para salir en la foto. A mi madre, saltando en la terraza. Los petardos de colores recalentando otra noche tropical, mi hermana cantando el lololó en versión chunda-chunda. Despliegue de banderas rojigualdas en Cataluña, donde veraneo. Caravanas de coches gastando el pito y el de la moto quemando caucho a las cinco de la mañana. Trabajadores felices -el triunfo de un país- que miran el reloj, calculan si mañana el jefe será muy estricto, y se dicen, venga va, quince minutitos más que esto pasa una vez en la vida… Pues no, van dos… Qué extraña y tonta es a veces la felicidad.


 

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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