web analytics

La Sargentada estudia convertirse en un premio al constitucionalismo

Si Cádiz fue la cuna del constitucionalismo español, La Granja fue la tumba del absolutismo. Una efeméride que la Sociedad Castellarnau se empeña en recordar cada 12 de agosto y desde hace doce años en el ánimo de darle un reconocimiento a la Sargentada, o motín de los sargentos de 1836. Lo cierto es que la fama no termina de llegar al desconocido pero importantísimo episodio. De manera que la Sociedad Castellarnau, organizadora del lúdico recordatorio de la sargentada, estudia ahora instituir un premio, el Premio Sargentada, que reconozca a personalidades españolas que hayan destacado en la defensa del constitucionalismo.

Valentín Quevedo, uno de los impulsores de la fiesta, fue el encargado de pregonar esta duodécima edición de la sargentada, a la que siguió la tradicional escenificación de las aleluyas, guiñol y concierto de canciones festivas a cargo de los de Castellarnau. Quevedo se lo puso fácil, replicó el pregón que la historiadoa Isabel Burdiel, premio nacional de historia y autora de una de las más completas biografías de Isabel II, realizara en 2004.

Rebelión en La Granja

Es de esas historias que encandilan a los cronistas y no es para menos. La Granja 1836. El cuarto regimiento de la Guardia Real ha regresado del frente del Norte tras ser vapuleado por las tropas carlistas, en tanto la columna absolutista del general Gómez recorre impunemente la península. Los soldados liberales vuelven a su acuartelamiento para encontrarse con cuatro meses de atraso en los haberes, sin noticias de los licenciamientos prometidos, en tanto la situación nacional es totalmente convulsa.

Reina en calidad de regente María Cristina, en nombre de su hija de seis años, Isabel II. La regente coincidía con su marido y tío, Fernando VII, en el absolutismo. Su apoyo a los liberales era «estratégico», en la idea de defender el trono de su hija ante el pretendiente carlista, apoyado por los absolutistas, Carlos María Isidro de Borbón, que esgrimía la ley sálica como principal  argumento legal. En realidad, la política de la regente, llegada al trono con la promesa de restaurar la liberal constitución de 1812, no iba a favor de los liberales. Ya en 1834 aprobó decretos desvirtuando el papel del Parlamento. En mayo de 1836 destituye al progresista presidente del Gobierno,  Juan Álvarez Mendizábal. Es el detonante de un rosario de sublevaciones. Hay una revuelta en Málaga, cuyos ediles juran la Constitución de 1812. La escena se irá repitiendo a lo largo del verano en Sevilla, Badajoz, Valencia…

Maria Cristina, rodeada de sargentos, jura la Constitcuión de 1812.

Lo que no quita para que llegado agosto y tal cual era costumbre, la regente dejase Madrid para trasladarse a su palacio de verano, el Real Sitio, en compañía de su marido secreto, el sargento Muñoz (luego duque de Riansares) y el grueso de la corte, embajadores, nobles, funcionarios… El 12 de agosto los ánimos están caldeados en los cuarteles de la Guardia Real. Se han impuesto multas a la soldadesca por entonar canciones liberales, la oficialidad no está, desplazada en su mayoría a la ópera de Madrid para no perderse la interpretación de una diva de formidable físico. Sería los retrasos de la paga, los aires de sublevación o el vino, encabezados por sus sargentos, los soldados salen del pajarón, su cuartel, camino del palacio y en llegando solicitan ser recibidos por María Cristina. Hay un primer encuentro, encabezado por el sargento cuellarano Higinio García junto al también Sargento Lucas y un soldado, en el que la regente les aplaca con buenas palabras. No es suficiente, los sargentos quieren más, y amenazando con matar al marido de la reina se amotinan ya abiertamente, exigiendo que María Cristina reconozca la Constitución de 1812.

Héroes y villanos

Por la madrugada, ya el 13 de agosto, María Cristina firma su reconocimiento de la Constitución y pocas horas después restituye a Juan Álvarez Mendizábal dando alas a la facción liberal. La revolución cesa. Le seguirá el «trienio moderado», marcado por la Primera Guerra Carlista, y en 1840, el fin de la regencia de María Cristina (que parte para seis años de exilio) sustituida por Espartero. Así pues, con la sargentada concluyó el absolutismo en España. Un episodio tenso pero incruento. Es fama que solo murió, y de infarto, el embajador francés.

¿Y qué fue de los sargentos?. Pues mal, explica Valentín Quevedo. El Sargento García se convirtió en héroe nacional, falleciendo en Cuéllar en 1843. Sus compañeros de armas lo tuvieron peor. Mal vistos por la oficialidad, se cuenta que al cuarto regimiento lo vendieron en el frente del Norte. Lo enviaron a morir frente a los carlistas. La clasista sociedad de la época no estaba para sargentadas.

Celebración de la sargentada 2019.

Author: Cultura

Share This Post On

Submit a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *