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Idiotismo y patriotismo

A propósito del 12 de octubre, de la fiesta nacional de España, se oyen año tras año memeces retumbantes. Ese no va al desfile de las FAS porque lo considera exaltatorio de lo militar, y claro, lo militar no mola. El otro le dice al que no va que es un traidor a la patria. Aquel se niega porque considera que su verdadera patria es El Bierzo, o Cantimpalos del Sur; el de aquí ve en la fecha un síntoma de flaqueza laicista y el de más allá como que se conmemora un genocidio que no va con él. Idiotismo.

No nos aclaramos con el patriotismo. En parte es normal. La idea de patria es mucho más enrevesada de lo que parece. Está cargada de connotaciones históricas, antropológicas y filosóficas. Que se remontan a la noción de clan, de tribu, de territorio… De la cavernas a Junqueras comprenderán que han pasado muchas cosas, no todas buenas.

En general conviene definir el patriotismo como ese sentimiento de afinidad con el paisanaje y que se manifiesta en sentir orgullo compartido ante determinadas cosas, y debería manifestarse también en sentir bochorno ante otras (de lo contrario, estamos hablando de chauvinismo). Visto así, el patriotismo no solo no tiene nada de malo sino que es incluso beneficioso para una comunidad pues permite ejemplarizar lo que se hace bien y lamentar lo que no y, de paso, construye a su alrededor un sentido de colectividad. Un nosotros superador de la intereses meramente individuales. Que siempre va bien.

Naturalmente, si nos vamos al patriotismo militar, la cosa se complica. Aquí se entremezcla a fondo el concepto patria con el de interés general. Inculcar al soldado un sentido de patria es inculcarle una razón trascendente de porqué hace lo que hace. Imagina que conduces un blindado en un remoto pueblo del centro de Asia. Sabes que en cualquier lado hay uno con ganas de enviarte a casa envuelto en un plástico. Si no hay nadie en tu puesto, el problema cambiará de magnitud y acabará afectando a cientos de millones de personas. Y ese es precisamente tu trabajo, estar ahí defendiendo los intereses generales de tu país. Por patriotismo, profesional si se quiere, pero patriotismo. El mismo concepto vale para tantos y tantos oficios donde el servicio público manda, donde el personal se juega el físico, desde el médico que se expone a una infección al poli que tiene que entrar en una casa a sabiendas que dentro lo mismo se encuentra un flipao con una bomba en la mano. Tu trabajo es el servicio público; tu deber, el interés general.

En cambio, ese mismo concepto de estar ahí “por la patria” es complicado de extrapolar a la ciudadanía. Una cosa es que alguien voluntariamente acepte la primacía del interés general y otra muy diferente supeditar el bienestar de los ciudadanos a “los intereses de la patria” dictados por el poder.

Por supuesto que se pueden y se deben pedir sacrificios personales en aras de un interés general superior. Pero hay que racionalizar  ese interés. Hay que probarlo y articularlo jurídicamente. El Estado puede obligar a un ciudadano a que abandone su casa, su tierra, su trabajo  siempre y cuando demuestre que de esa privación deriva el bienestar de miles y es ajustada a derecho (es decir, el afectado tenga la posibilidad de demostrar lo contrario en igualdad de condiciones). Ya no es un sentimiento, es una razón de Estado amparada por la ley.

La política solo puede basarse en la racionalidad de lo útil sustanciada jurídicamente. Se politiza sobre lo que resulta más útil en un momento dado partiendo de un corpus de derechos cívicos jurídicamente codificados (y cuántos más derechos, mejor, siempre y cuando recordemos que todo derecho conlleva el deber de respetar ese derecho en el otro). Hay pues que discernir política y patriotismo. Son cosas diferentes; lo primero es vinculante lo segundo voluntario.

Pienso sinceramente que entre las cosas de las que cabe enorgullecerse en este país están nuestras actuales fuerzas armadas. Respetar sus códigos de honor, de patria, de disciplina, es lo mínimo que le puedes pedir a un representante político porque esos códigos cobran su verdadero sentido, no cuando estás en la barra de un bar pontificando de esto y aquello, sino en circunstancias donde realmente se precisan esos códigos para cumplir con el trabajo encomendado. A fin de cuentas se trata de un servicio público. Como debería ser el del político; una profesión que antepone el interés general al individual. Desgraciadamente, y con los políticos que tenemos, nos resignamos a que su interés particular no tope con el colectivo. Porque de lo contrario… ¡Vamos apañados!

Autor: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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2 Comments

  1. Nihil obstat 😉

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  2. Níhil óbstat quominus imprimatur.
    Sr.Besa, es Ud. brillante en el razonamiento y su traslado a la prosa.
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