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Hablan las piedras: Juan de Vera y los escudos de Segovia

Seamos claros. Una cosa es darse el pisto ejerciendo de segocicerone ante unos colegas de Madrid con la milonga de que la Casa de los Picos vino a ser marketing de renaming para enmascarar las sospechas judaizantes del antiguo propietario, y otra descifrar los escudos y soltar que la tal casa fue el solar fundado por los segovianísimos linajes De la Hoz y Tapia, progenitores del marquesado de Quintanar y los condes de Santíbañez, cantera de alcaldes y concejales. Una cosa es, ya en la Catedral, advertir con deje de esclarecido intelectual al foráneo que, amigo, eso que pisa es una tumba, y las letras son en latín y es por eso que no se entiende…  Y otra bien diferente señalar que la tumba es de la viuda del prócer Rodrigo del Río, Guarda Mayor del Rey y regidor de Segovia, en cuya lápida de 1464 se lee que asociado a un mayorazgo dejó renta para una misa diaria en su sufragio. Que la dicha misa comportaba un estipendio perpetuo para el deán y cabildo de cuarenta fanegas mitad de trigo y mitad cebada y seis pares de gallinas “bibas e gordas”.  Lo curioso es que la renta se pagó trinco-tranco durante 400 años, con la mera salvedad de que allá por 1637 un heredero consiguió, no sin litigar, rebajar el estipendio a 30 fanegas y ocho gallinas. Así hasta 1825 en que se acabó lo que se daba con Pedro Pablo (tomen aire que va el apedillamen al completo) Rodríguez de Toro Alaiza Quijada Medrano Abendaño La Llama Rodríguez de Oropesa Heredia y Cáceres, para abreviar, conde de los Villares (con “V”, ojo). A gallina por apellido.

Para lo primero, para desempeñarse de listillo local, cualquiera vale. Es cuñadismo segovianista. Lo segundo, en cambio, es pilotaje nivel Crack, fogueado en la escuela erudita de Juan de Vera y teniendo por Catón el Piedras de Segovia, reeditado este año por Ediciones Derviche.

Juan de Vera.

Juan de Vera (Segovia 1899 – Segovia 1980). De familia de abolengo, de profesión y formación científico matemática, jefe químico del Instituto Provincial de Sanidad, profesor de bachillerato… También prócer, fue vicepresidente de la Diputación entre 1961 y 1967, así como director de la Academia de San Quirce. Pero si el hombre pasó al panteón de grandes segovianos fue por su pasión por la historia y el patrimonio, de la que dejó constancia en centenares de monografías y artículos, en las que tuvo no poca mano la que fuera su segunda mujer, la archivera Manuela Villalpando.

Sus obras más conocidas son Castillos de Segovia (a pachas con Villalpando), y reeditadas ambas por Derviche, Casas Blasonadas de Segovia y, precisamente, el Piedras de Segovia, apuntes para un itinerario heráldico y epigráfico de la ciudad. El primero editado en los años 70 y el segundo a en 1950, por lo que encontrarlo era prácticamente imposible.

Piedras de Segovia es una maravilla de erudición, no apto para todos los públicos pero obligatorio para todo el que quiera profundizar en el patrimonio segoviano y salir a lo grande en las incursiones familiares por la vieja Segovia. En edición facsimil, ampliada y con prólogo de Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, pasa revista a más de 400 blasones, escudos heráldicos de bajorrelieves de mansiones, lápidas funerarias, todos ellos con su numerito y oportuno grabado. Empezando por el Azoguejo y hasta los barrios de extramuros.

Más allá del vanitas-vanitatis, los blasones devienen marcas personales de las familias segovianas pudientes de la época, a su través Juan de Vera extrae la información de cesiones, compras, fusiones, trazando un lienzo del entramado social de los siglos de esplendor de la Segovia que construyó los palacios y las iglesias. Especialmente interesante resulta el estudio de las lápidas de las iglesias. Vale la pena, libro en mano, pasar por cualquier templo y repasar el quién es quién de entre los finados, con transcripciones de las epigrafías y abundantes notas que nos los contextualizan en la historia. En definitiva, un lujo de erudición segoviana, catálogo y guía difícilmente superable de lo que nos cuentan las piedras cuando nos paramos a escucharlas.

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Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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