Lo tengo bien claro. El que mayor tajada se llevó del debate a cinco televisivo —menudo tostón carente de política y lleno de poses— entre los líderes de los principales partidos políticos fue Santiago Abascal: mensajes directos, tocando ejerciendo de populista descarado la fibra de lo que duele de verdad al personal: empleo, emigración, unidad nacional, coste de las autonomías, diferencias entre territorios… Todo con un tono serio y “reflexionado” y dirigido a los lugares donde la extrema derecha encuentra nicho de votos en toda Europa, las clases populares para los que eligió despojarse de la corbata, otro acierto de sus asesores. La fórmula es la misma que sirvió hace un siglo —maldita historia— y que vale ahora para que en nuestro entorno más inmediato esté creciendo, mucho, la ultraderecha. De acuerdo, todo aderezado con medias verdades o, directamente, mentiras, pero con un envoltorio acertado para el objetivo y sus intereses.
Al votante de a pie no le da tiempo a comparar cifras. La música le suena bien y, sobre todo, se sale de la monótona sevillana que cantan “los de siempre”. Abascal fue a recoger votantes y tengo la sensación de que los ganó. Esta mañana me he cansado, incluso me he irritado, de escuchar aquí y allá la frase: “No digo que me guste lo que representa pero estuvo muy bien”. ¿Le parece peligroso? A mi me genera un intenso hormigueo nervioso en la tripa.
Si ya he nombrado ganador, tengo claro el perdedor. Albert Rivera no sabe donde va y tampoco parecía estar en su medio favorito. En realidad jamás le he visto hacer un debate bueno y lo de esta madrugada de martes no corrigió esa sensación. Vale que hoy las redes están llenas de memes del naranja ladrillo en mano —coincido con Luis Besa en que en los partidos miden buena parte del resultado en el número de veces que reclican (perdone el palabro) la foto del líder, bien o mal— pero qué quiere que le diga, no supo pegar a Sánchez, golpeó incluso más a Casado insistiendo en el error (según las encuestas, de 25 escaños) de no haber aceptado la propuesta de España Suma, digo yo que tratando de frenar la sangría que pronostican los mismos sondeos a ver si hay suerte y puede volver a marear a Sánchez con posibles pactos después del 10N, o de repente se sumaba a los crochés de Casado a Sánchez como la vieja esa que se mete en una discusión de otros o más bien como si se acordara sobre la marcha de frentes de ataque que sus asesores habían olvidado ponerle en el papel. Mal.
Vuelvo a la parte alta del ranking, donde yo he colocado a Pablo Iglesias en el segundo puesto. Le vale el tono de telepredicador, de “yo encarno la izquierda, la defensa del obrero” y de cierta sensatez. Claro, que le pierde su ambigüedad respecto a Cataluña, su obsesión con el Ibex 35, las eléctricas, los ricos convertidos en cocos y la subida de impuestos como solución a todos los males. Pero, sobre todo, le pierde esa súplica continuada a Sánchez pidiendo una coalición postelectoral en la que se unan “su experiencia [la de Sánchez] y nuestra valentía”. Le preguntaba antes si Abascal le parece peligroso. También le pregunto por este.
Bueno, pues me quedan el tres y el cuatro, que son los que realmente tenían que batirse el cobre: Pedro Sánchez y Pablo Casado, por ese orden. Aparte de que no me gusta la gente que no mira a los ojos (en la tele eso se traduce por el que se pasa la vida mirando al suelo o calla ante preguntas directas comprometidas) porque me genera desconfianza, lo cierto es que el socialista apareció vestido de presidente del Gobierno, no saliente o en funciones, sino futuro. Y nadie oso levantar el dedo para proclamar que “el rey está desnudo”.
“Voy a hacer” repetía en cada bloque a la vez que soltaba sus leyes, propuestas, creación de no sé cuántos ministerios y acciones de un eventual Gobierno sin que ninguno de sus “contrincantes” osaran en ningún momento quitarle el manto de presidente. Punto y minipunto para Sánchez, pese a las medias verdades, pese a tener la osadía de comprometer cosas como que “traerá a Puigdemont a España para que sea juzgado” arrogándose le presidencia ejecutiva y de paso la judicial. “Anda ya, te has pasado, que eso lo hacen los jueces”, apunté en mi libreta cuando escuché la salida de tono. También hice una marca cuando se lío a tirar de Franco como objeto electoral y se lío a prohibir fundaciones y exaltaciones. No estaba en cuadro en ese momento pero supongo que el de Vox sonreía mientras sumaba votos en ese momento por aquello del efecto rebote. Y eso que había cortado en seco el intento de chascarrillo de Sánchez cuando le acusó de ser fascista.
¿Y Pablo Casado? Pues para mi gusto poco incisivo, sin creerse demasiado que pueda ser presidente del Gobierno y en ese doble papel de defender los logros de anteriores Gobiernos del PP en materia de gestión económica pero a la vez renegando de toda la suciedad de la corrupción que, no lo olvidemos, motivó la moción de censura que echó a Rajoy y nos llevó donde estamos. “El PP ya ha pagado aquello”, parecía gritar en algunos momentos sin lograr sacudirse el muerto. El popular también se mostró profundamente contrariado ante los múltiples ataques de Rivera al que, muy pronto, le recordó que el enemigo común era Sánchez, pero el liberal, ya se ha dicho, iba a su bola.
A mi corto entender, Casado perdió una oportunidad de oro para presentarse ante los españoles como “el único capaz de ser alternativa al PSOE” y se quedó sólo en un buen líder de la oposición.
Pues no. El debate no me ha permitido elegir aún la papeleta que meteré en la urna. No me gustó ninguno de los que aspiran a dirigir el país. Lo que si me han aclarado esos 150 minutos —y sus cortes de publicidad, incluyendo varios de casas de apuestas— es que echo de menos uno, dos, o tres políticos de cierto nivel, que para ver poses hay otros campos en los que desenvolverse. Lo mismo pido mucho.














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