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Las terrazas de la discordia

Tengo para mí que el gran culpable de esta polémica de las terrazas no es otro que el Conde de Vezoya, colega editor del satírico Adosado de Segovia. En calidad de segoviano putativo debo decir que hace cosa de veinticinco  años, cuando aterricé por aquí, me llamó la atención el poco uso de los autóctonos de este recurso hostelero sin parangón que es la terraza. Al final he elucubrado una teoría que paso a compartir, a sabiendas que no ha de faltar quien me llame fascista, podemita, que cojeo de esto o tengo hiperdesarrollado lo otro. Todo por la ciencia.

Cuando yo llegué aquí, decía, mis amigos me desconsejaban vivamente sentarme en la terraza. “¿Es más caro y total para qué, para trincar un catarro?” En Roma lo que los romanos, así que a contraquerer levantaba el culo y me iba para la barra. El caso es que el modo de consumir chatos de los segovianos es poco terracero. Con las generaciones han desarrollado una habilidad octópoda para comer el pincho con una mano, con la otra la caña o vino, con la otra el cigarrillo y con la otra, si es menester, un cacho pan con el que rebañar la salsa del morrete o lo que toque (aprovecho para informar que si me ven de habitual desaliñado y con varias medallas en el niki, no es por desidia de mi santa madre, más bien porque no termino de hacerme con la técnica). A ello añadan que en su proverbial inteligencia, las segovianas sujetan un bolso y la rebeca. En los últimos años, además, el móvil. Es una manera muy celtarra de consumir en cuadrilla, que topa con mi gandulería greco-mudéjar, más dada a la libación por desaparrame que al chato pie a tierra de los lugareños.

La terraza era, además, territorio de guiri, o peor, madrileño. Un pecado. A mediados de los noventa el citado Conde de Vezoya lanzó una bestial cruzada. En Segovia había tantas terrazas de estas para madrileños que ¡no se podía ni pasar! Aquello era una escandalosa apropiación de lo público para lucro de esos judíos mercachifles hosteleros, que en su afán de amasar enormes fortunas no paraban mientes en ocupar hasta el último milímetro del espacio urbano. Esta visión vezoyesca topaba contra mi percepción personal. En Segovia había apenas terrazas, en la plaza y poco más. Faltaban trerrazas. Ojo, no dijo yo que no haya quien abuse y haya vecino que para entrar en casa tenga que levantar a seis familias de chinos. De todo habrá. Digo que el sector estaba en francas vías de desarrollo.

Pasó lo del tabaco y el cambio climático, que alguna cosa buena tendría que tener. Así que al final el progreso se fue abriendo camino y las terrazas dejaron de convertirse en territorio guiri. Segovia se llenó de mesas a 80€ el metro cuadrado que cobra el consistorio en zona guapa. Hubo sus más y sus menos, en tiempos de Arahuetes se quiso añadir a la ordenanza la obligación de acumular bajo techo y a diario las sillas y mesas, lo que era tanto como prohibirlas, al menos, en el centro histórico. No cuajó el tema pero sí unas especialmente duras condiciones para el terracero: a día de hoy no se admiten cortavientos ni cerramientos en el centro para proteger las vistas, lo que conlleva un bestial gasto en estufas callejeras, que tampoco es que den mucho de sí. El negocio en invierno cae en picado.

Arriba, una terraza en Valladolid, terraza en Avd. Acueducto. Rueda de prensa de la AIHS.

En esto, ya este mes de agosto, un curtido compañero preguntó a Roberto Moreno, presidente de la AIHS, su valoración sobre un globo sonda lanzado por el Gobierno para endurecer el consumo de tabaco en las terrazas. Moreno, él mismo propietario de una de las mejores terrazas de Segovia, puso el grito en el cielo y mostró su preocupación porque en Segovia no se regulaba ya de una vez alguna manera de cerrar las terrazas.

Lo dijo porque desde hace varios años hosteleros y ayuntamiento vienen negociando una nueva ordenanza. Hay quince borradores, explicaban en la AIHS. El último es de hace más de un año y contemplaba suavizar la prohibición de cerramientos. Pero cuando todo apuntaba a una feliz resolución del pleito, silencio absoluto: no se ha vuelto a saber más.

Esta ausencia de noticias inquieta a los hosteleros. Quiero pensar que ante las elecciones, Clara Luquero retiró todo punto  polémico, que si no se ha vuelto a saber del asunto es por pase a jubilación de la concejala al cargo. Aunque lo cierto es que Luquero muy partidaria del terraceo tampoco es. “No estoy por la labor de permitir ranchitos privados“, dijo en respuesta a la petición de Moreno, a lo que añadió una sugerencia a volver a la obligación de retirar las sillas.

Los hosteleros han entrado al trapo como toros. Les va mucho dinero. El 22 de agosto, en rueda de prensa, Moreno nos largaba a la prensa todo un blues del hostelero, lamentándose de lo duro de la empresa, del montón de impuestos que se pagan, que todos andamos más pillados de créditos que el gobierno de Níger, la ruina que es tener que desmontar la terraza cada vez que hay un sarao o mercado y amagando con un cierre patronal… enfín. Particularmente le indignaba lo del “ranchito”, exhibiendo con razón un montón de fotos de ciudades turísticas con cerramientos (donde por cierto, los hay razonables y discretos y los hay de fusilar al arquitecto). Lleva razón Moreno, los cerramientos pueden ser visualmente neutros. No hay que demonizarlos de entrada. Aunque por lo mismo pienso que habrá zonas en que habrá que hilar fino; tampoco me imagino un invernadero en medio del Azoguejo.

Hace poco otro hostelero del Real Sitio me enseñaba su nueva terraza, por supuesto, cerrada a los cuatro puntos. El colega la describía embelesado en términos de joya del diseño. Claro, para él es la posibilidad de incrementar su giro, lo cual me parece un factor más que digno de veneración estética.

“El 90% de la economía Segovia depende del turismo gastronómico”, exageraba Moreno. Dudo que llegue al 20% (desgraciadamente, la principal fuente de ingresos de Segovia es la Seguridad Social y luego la Junta) pero, desde luego, me indigna que mucho paisano desdeñe la importancia del tema en términos de puestos de trabajo y  de negocio. “Estos hosteleros, siempre pensando en su dinero”, oigo decir y me tengo que rascar para no empezar a dar capirotazos, el dinero, claro, el dinero… ¿De qué vivimos aquí los que no somos jubilados ni funcionarios?

Espero pues un punto de encuentro entre ambas partes. A nadie beneficia debilitar a la hostelería. El Conde de Vezoya puede decir misa, pero de economía sabe poco.  Eso sí, aconsejo a los hosteleros más temple. Más comunicación, más interacción, más ponerse en la piel de Luquero y menos salidas de pata de banco por unas declaraciones agosteñas forzadas por los medios. Entiendo que uno pierda las ganas de guasa cuando le tocan la cartera, pero esa es razón de más para reaccionar con cabeza.

Author: Luis Besa

Luis Besa. Periodista,

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