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La Doce Horas Deportivas

Hace unas semanas me crucé con varios grupos de niños que, en horario escolar, se dirigían a la III Olimpiada Escolar organizada por el ayuntamiento. Capitaneados por el profesorado, iban tan felices a encontrarse con otros colegios e institutos de la ciudad para tratar de convertirse en los más grandes.

Lo primero que me vino a la cabeza es la ilusión que me hacía en la infancia cualquier evento que me sacara un minuto o una mañana del aula, ya fuera ir al cuarto de al lado a por el bote de flúor morado radioactivo, al centro de salud a ponerme una vacuna contra una enfermedad extinguida o a darme tres vueltas a cinco km/h en un kart para recibir educación vial. En esa época habría firmado delante del FBI que disparé a Kennedy con tal de que me dejaran dar una vuelta por la calle mientras el resto seguía preso en clase.

Como bien saben —si han cometido la imprudencia de leerme estos años—, estudié en las MM Concepcionistas durante más de una década y guardo un recuerdo inmejorable de todo lo que viví allí; si la moda es criticar lo antiguo, conmigo no cuenten. Una de las actividades extraescolares que más disfrutábamos eran las Doce Horas Deportivas, un evento deportivo interno organizado por el profesor Juan Carlos Manrique (hoy Decano de la Facultad de Educación en la UVa) en el que se competía contra alumnos de otras edades, principalmente en fútbol y baloncesto. Tenía lugar un sábado de final de mayo o principio de junio, cuando el calor traía el aroma de las vacaciones.

Días antes nos llegaban los horarios de los partidos y ya podíamos tener un examen final que nuestra concentración estaba en aquella competición que era un arma de doble filo: si ganábamos a los mayores nos coronábamos y si perdíamos con los de cursos inferiores seríamos la vergüenza nacional; la prensa deportiva nos señalaría como los grandes perdedores. Yo, en el ámbito deportivo lo único que había ganado era una liga de baloncesto escolar en época alevín. Mi porcentaje de mérito en aquel campeonato de 1992 debió andar por el 2%; mi papel principal tuvo que ser algo parecido a sacar desde el fondo de la pista para que mi amigo Barreno, que era un poco chupón y asquerosamente bueno, driblara a los cinco del otro equipo, metiera la canasta y me chocara la mano con un «bien sacado, Alber».

En las Doce Horas Deportivas se reunían los ingredientes que necesita un chaval para ser feliz: amigos, deporte, rivalidad, compañerismo, piques, aplausos de las compañeras de clase que nos animaban si ellas no estaban jugando a la vez, y muchas risas, porque el ambiente era sano. Cómo no, en los ratos que descansábamos nos fijábamos en lo que hacían los más mayores, esos que pronto estarían ya en la universidad y nos sacaban una cabeza.

Cada uno queríamos también nuestro particular momento de gloria: ese instante que no admite vuelta atrás en el que tienes que decidir si pasársela a un compañero en mejor posición para anotar o chupártela. Meter el gol o la canasta decisiva y ser el héroe del partido como en las películas americanas, subidos a hombros y con la chica popular impresionada por la hazaña. El acierto conllevaba el éxito, los aplausos y el protagonismo al lunes siguiente en el recreo, y si fallabas ya podías fingir una rotura de ligamentos y salir en camilla para evitar los reproches.

Eventos como Las Doce Horas Deportivas eran los que complementaban el día a día escolar y nos ayudaban a sentir que nuestro colegio tenía una identidad propia, que se percibiera como algo especial. Promover además la competición desde pequeños —entendida como algo positivo y no con el sentido peyorativo que se le atribuye tantas veces— es necesario para aprender a gestionar las victorias, las derrotas, las alegrías, la frustración porque no salgan las cosas como se esperan y, por supuesto, para enseñar que siempre en la vida va a haber alguien mejor en una disciplina y que no pasa nada por ello. Todos esos valores deben inculcarse día a día en el colegio, no solo mencionarse en un momento puntual, sino aplicarlos a la rutina. Es la única manera de aprender sin que uno se dé cuenta de que lo está haciendo, la forma más eficaz de aprendizaje.

Feliz domingo, queridos lectores/as.

Author: Alberto Martín

Profesor universitario y escritor

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