En la vida interna de los partidos, hay estilos de dirección que no nacen del compromiso con una idea ni del propósito de transformar la realidad, sino de la necesidad constante de mantenerse. La diferencia no es menor. Cuando el poder se convierte en un fin en sí mismo, se desdibuja el proyecto, se instrumentalizan las estructuras y se asume como natural la contradicción entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que finalmente se hace. Esto es lo que aparentemente refleja el ruido emitido por el reciente congreso provincial del PSOE en Segovia.
Este tipo de liderazgo no se construye de forma aislada. Requiere complicidades. Necesita rodearse de quienes no actúan desde principios, sino desde conveniencias, y que están dispuestos a acompañar cualquier decisión siempre que les asegure un lugar, aunque sea a costa del deterioro colectivo. La ética se convierte entonces en un lujo prescindible y la coherencia, en un obstáculo.
Los partidos necesitan referentes que piensen, digan y actúen con coherencia en su acción política. Que representen algo más que su supervivencia personal. Que devuelvan a la política su sentido de responsabilidad, su vocación de servicio y su anclaje ético. Porque cuando se pierde esa brújula, el coste es mucho más alto que una crisis pasajera: es el vaciamiento de la confianza, la pérdida de identidad y la renuncia a ser útiles a la sociedad.
Pero si hay un episodio que retrata con crudeza el deterioro institucional del partido en el ámbito provincial es la dimisión de uno de los colaboradores más cercanos del líder, quien tras años operando entre bambalinas bajo sus directrices ha decidido abandonar la organización… no sin antes hacer públicas unas declaraciones que, además de señalar directamente a quien durante tanto tiempo sirvió sin reservas, lo retratan a él mismo en toda su contradicción.
No es lo más grave el contenido de sus acusaciones, por oscuras y ambiguas que resulten: lo más inquietante es la manera en que se ha despojado de toda dignidad política. Quien durante años se ocupó de ejecutar maniobras internas, urdir acuerdos tácitos, manejar equilibrios opacos y hacer “el trabajo sucio” —según sus propias palabras— no puede ahora presentarse como víctima. Su confesión pública no es un acto de valentía, sino una forma burda de redimirse a costa del escándalo. Acusar para exculparse. Señalar para no asumir. Ese es el acto realmente indigno.
Este tipo de episodios, más allá de sus protagonistas inmediatos, afectan gravemente al partido. Debilitan su credibilidad, erosionan su estructura territorial y multiplican las suspicacias entre quienes aún creen que la política puede ser un espacio de construcción colectiva. El partido no puede permitirse ser rehén de una cultura orgánica basada en favores, enfrentamientos intestinos y decisiones tomadas desde el cálculo personal.
El camino hacia la recuperación exige mucho más que relevos tácticos o discursos populistas. Implica una ruptura clara con las prácticas del pasado reciente. Requiere, sobre todo, que quienes han sido artífices del desgaste den un paso al lado, con serenidad y responsabilidad, para que otros perfiles, más centrados en el servicio público que en la estrategia interna, puedan encabezar una nueva etapa. Porque los partidos no se revitalizan desde el cinismo, sino desde la ética. No se reconstruyen con ruido, sino con coherencia. Y no se reconectan con la sociedad mientras se sigan colocando intereses particulares por encima del proyecto común.
Todavía hay margen para salvar lo que queda. Pero no será posible sin una profunda reflexión interna. Y sin el coraje, por parte de quienes han dirigido hasta ahora, de saber retirarse a tiempo. Con dignidad. Con respeto. Con el mínimo necesario de amor por lo que una vez dijeron defender.














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