Tengo esa sensación, horrible, del que espera una operación de las feas con fecha programada, el que sabe que no ha preparado el examen de su vida que está al caer, del novio no del todo convencido calzándose el chaqué. Puñetas, llega el 28 de abril y a estas alturas tengo delante mío las papeletas que me han ido mandando los partidos y no me decido a meter una en el sobre. Si, si, pienso llevarme la papeleta desde casa que como tenga que elegir en la cabina del colegio electoral voy a preparar una cola que ríase usted de las que se han liado estos días en las oficinas de Correos. (Bochornoso espectáculo, por cierto).
Coincidirá conmigo en que hay que ir al colegio, hay que votar. No vale dejar plantado al cirujano, el examinador o la novia. Un voto que no se ejerce es, a mi noble entender, una mierda pinchada en un palo que no sirve absolutamente para nada. No me cuente milongas de que “me tienen harto todos, yo paso”. No vale, amigo. Hay que tomar una decisión que es mucho mejor que dejar que otros la tomen por ti.
Vale, trataré de hacer un proceso lógico. Miro el espectro de los líderes, los que quieren ser presidente y chico, no me salen virtudes. Tengo para todos: el que me da miedo ya sólo por cómo mira y me temo que por lo que calla esperando su momento; el soberbio que me parece que no es sincero casi nunca, el que me parece a mi que tiene sus principios pero si no le gustan al elector, tiene otros, el repijo que si le pillo de joven —¡Ay, los felices 80!— le rayo, seguro, el Ford XR2 ese nuevecito que conduciría entonces para alejarse a toda velocidad de la realidad; el revolucionario capaz de olvidarse de la revolución si encuentra habitación en palacio… Si. Echo en falta a políticos de raza (seguro que ellos echan en falta a periodistas de los buenos, pero eso no viene al caso), de “los de antes”. Pero ya no están. Los que van a gobernar mi país son los que hay. A seguir pensando.
Ah, no. No me ponga trampas. Me voy a quedar en el nivel “líder” y no me voy a bajar a los candidatos por la provincia. Entiéndame. Además, en estas elecciones generales se cuentan escaños y los que tiene cada sigla y su disciplina de voto. Aún estoy por ver un parlamentario por Segovia que rechiste en una votación o siquiera se despiste en el bar del Congreso para evitar tener que apretar el botón del si o el no, lo que toque esa mañana según las directrices recibidas en el Grupo parlamentario. Tampoco es fácil ver a un votante que no vote a las siglas que haya elegido sólo porque le estomague mucho, mucho, el candidato que le han puesto. Lo de votar tomando aire a la entrada del colegio y no exhalar hasta estar de nuevo en la calle.
Vale. Visto que no voy a elegir por afinidad con los programas y líderes, haré lo que parece que es la tónica general en estas elecciones. Votaré para que no salga el que menos me gusta, hala. Vamos a ello.
Opción A: Que de ninguna manera repita gobierno Sánchez y los suyos. Mmmm. En una provincia como esta y mirando el Cis —anda que yo, menudas referencias tomo— puedo optar por lo fácil, que es votar al partido a priori mayoritario de la derecha. En ese caso puedo cargar las tintas con mi voto al PP de Casado y a por el tradicional 2-1, o puedo ir a por el pleno jugando fuerte, depositar la papeleta de Ciudadanos confiando en que los naranjas suban su porcentaje lo suficiente como para rebasar el del PSOE, pero no tanto como para que el PP deje de ser el primero. Zas: PP dos, Cs uno y los de Sánchez, a verlas venir como tercera fuerza provincial pese a no variar su porcentaje. O en el peor de los casos (recuerde, esta es la opción A de “no quiero que gobierne la izquierda) me valdría el resultado de 1-1-1. Bueno, es una opción aunque no estoy teniendo en cuenta cuanto roto puede hacer Vox en estas cábalas de voto a la derecha. Se corre el riesgo de “disgregar” tanto el voto por la derecha que el tiro salga por la culata y el PSOE acabe siendo la fuerza más votada. Lo mismo no me sale el pronóstico.
Opción B: A por la victoria socialista que Casado no me gusta, Rivera tampoco y Abascal, menos. Pues papeleta con el logo del puño y la rosa, a esperar que la derecha se haga trizas repartiéndose a partes lo más iguales posibles los votos de ese lado del espectro y zas: vuelco político en la provincia con los socialistas logrando dos diputados que, como dice un socialista local sería romper la tradición y “¿Te imaginas?”. El órdago en este caso sería votar a Unidas Podemos —si, si, van juntos en estas elecciones, compruébelo en las papeletas— pero eso parece que difícilmente se traducirá en un escaño para los morados (no me hace falta el Cis para intuir esto) y si una resta de papeletas al PSOE en esta opción que, le recuerdo, es la que se basa en que “no quiero que gobierne la derecha”.
Opciones C, D y siguientes: “No quiero que gane ninguno de los anteriores” y buscar el diputado de Vox, pero mire, esta hipótesis no la voy a analizar ahora porque no quiero contemplarla y tampoco me voy a parar mucho, de momento, en las posibilidades de Centrados —esta no es la guerra de un partido provincialista, creo yo— por mucho que sus candidatos animen a los suyos apuntando que “es cuestión de 20.000 ó 30.000 votos y se puede hacer”. ¿Pero no ven lo que me está costando decidir el mío, que es uno sólo?
No me diga que ha llegado hasta aquí esperando encontrar la receta mágica sobre el voto perfecto o que, siquiera para saciar su morbosa curiosidad, le cuente a quien voy a votar yo. Mire, pregúnteme el domingo a las 20.02, que será la hora a la que salga del colegio electoral tras decenas de ruegos del presidente, los interventores y los apoderados de que vote de una vez y me marche a casa.
Qué difícil es esto. Y qué serio. Medite este sábado, por favor.














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